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Machomenos escribe Israel León O’Farrill
Palabras clave: machismo, dolor, estereotipo, cultura, salud
En conversaciones diversas con amigos y conocidos, es frecuente escuchar que cuando hay dolor, hay que aguantarse y resistirlo a lo “macho”. Y sí, en principio, todos los varones que están leyendo esto se darán cuenta de que es algo muy masculino, es decir, algo que se nos inculca por el hecho mismo de ser hombres: uno no debe quejarse (de la vida, del trabajo, del dolor) y mucho menos llorar -no sea que uno termine siendo homosexual por eso-. Sumado a lo anterior, existe la idea de que el hombre, al ser el proveedor, no puede ni debe dejarse vencer por la enfermedad o el dolor pues entonces dejaría de cumplir con esa función. ¿Qué tanto afecta esto a los varones en su vida cotidiana? ¿Qué tantas enfermedades, padecimientos y sus consecuencias podrían ser evitadas si nosotros como hombres estuviéramos conectados con lo que sentimos y fuéramos honestos con nuestro dolor? Y aquí no sólo está en juego el dolor físico, también el dolor “anímico” o el “espiritual”, usualmente asociados con pérdidas, ya sea por la muerte, divorcio o el abandono, entre otras vicisitudes.
A cuento de esto, en un interesante artículo llamado “Experiencias con el machismo y el dolor: veteranos latinos” derivado de un estudio realizado por Roberto Cancio y publicado en el American Journal of Men’s Health en el que entrevistó a una muestra de veteranos de guerra de raíces latinas en Estados Unidos para determinar las características culturales de esta relación machismo- dolor, encontró respuestas interesantes. Para él, el machismo tendría respuestas “positivas” en cuanto a la forma en que los pacientes veían su relación con el dolor y es que, según encontró, algunos de los pacientes vieron en la necesidad de estar bien para su familia y no dejar de proveer, la voluntad de tratar sus dolores tanto con terapias y tratamientos físicos como mentales. “’Tienes que ser fuerte y tener el valor de encargarte de todo [afirma un entrevistado por Cancio]. Yo solo finjo que todo está bien. Tengo una hija y tengo que pensar en ella. Depende de papá para que la alimente y la vista. Sí me duele, vale, me duele. Arreglemos esto porque tengo cosas que hacer y responsabilidades’ (…) Entre los encuestados, las limitaciones funcionales sirven como factores motivadores para buscar tratamiento y encontrar maneras de recuperar una salud óptima ( Sobralske, 2006 ). Zoucha y Purnell (2003) afirman que, para muchos latinos, la buena salud consiste en no sentir dolor y poder trabajar; sin embargo, como sugirieron los participantes, no es la ausencia de dolor lo que constituye ser latino. Se trata más bien de la capacidad de superarlo. Este proceso de negociación entre la masculinidad y el dolor es estrictamente interno, influenciado por la comprensión externa de la masculinidad”. Sí, en efecto, suena a algo muy latino. Sin embargo, es probable que esa misma relación hombre- guerra- dolor la encontremos con otras personas con otros orígenes “étnicos” en ese país, como “blancos”, afrodescendientes o de origen asiático. En realidad, el machismo, con sus diferentes variantes, estará presente en todas estas culturas.
El machismo, por más que pudiera presentar circunstancias “favorables” como sugiere el estudio de Cancio, en su conjunto tiene consecuencias terribles tanto para las mujeres, como para los hombres, como hemos señalado en esta columna. El estudio de Cancio nos deja ver algo que me parece esencial: la interseccionalidad relacionada con el machismo, el coraje, la valentía y el dolor asociados con la experiencia militar. Esto es que, tanto la cultura, la historia de vida, como el contexto, así como factores de clase y raza, han de moldear la forma en que el machismo se integra a la vida de estas personas y, en consecuencia, la forma en que lidian con el dolor. Indudablemente algo similar sucede con nuestra vida cotidiana y nuestros dolores, aunque no fuéramos a la guerra. Por ejemplo, uno de los participantes del estudio afirmó que su familia, en especial las mujeres, le ayudaron a superar el problema: “No pude ver a mi amá a los ojos... No quería que [la familia] viera que yo no era yo, el mismo Emmanuel... realmente lo es... se trata de ser fuerte, ser macho, quiero decir, pasó hace casi cincuenta años, pero tú... no puedes vencerlo, pero puedes controlarlo. Mis hermanas y mi amá nunca me preguntaron nada. Fingían que yo era normal. Sé que sabían que no lo era, pero era bueno para mí, ¿sabes?, bueno para mí fingir... nunca preguntaron nada... todavía se metían conmigo, mi hermana mayor todavía me pellizcaba y me golpeaba, me decía que me aguantara o que fuera un hombre con las cosas pequeñas...” Enfatizo aquí algunas frases: “ser macho”; “que fuera un hombre”; y en el anterior testimonio “yo sólo finjo que todo está bien”; depende de papá para que la alimente y la vista”. Como se ve, el contexto, las presiones sociales, las historias cultural y personal, son determinantes para que seamos o no honestos con nuestros dolores y los enfrentemos o no. Reflexionemos qué tanto ocultar o ignorar el dolor por un machismo absurdo puede llevarnos a sufrir más y a hacer sufrir a quienes nos rodean sin sentido. El reconocer el dolor, aceptarlo y tratarlo no tiene género; por el contrario, somos seres humanos, maravillosos, que nos enfermamos, tenemos accidentes y, por ende, experimentamos dolores diversos, tal cual. Es justo que estemos en contacto con nuestros cuerpos, nuestros sentires y dolores.
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