Lunes, 08 Junio 2026 20:36

Mundial

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Machomenos escribe Israel León O’Farrill

Palabras clave: machismo, futbol, vi@lencia, identidad, fanatismo.

Se aproxima ya la copa del Mundo, una que, a diferencia de otras que recuerdo, trae aparejadas numerosas situaciones incómodas. Desde el manifiesto desdén expresado por el habitante de la Casa Blanca sobre el evento, pasando por el desaguisado protagonizado por el presidente de la FIFA que, a la fuerza de agradar al agente naranja, intentó, de forma bastante ridícula, que los representantes de Israel y de Palestina se dieran la mano; y qué decir del alto costo de los boletos, del caso de la selección de Irán que cambió de sede de entrenamiento o la controversia sobre el castigo a los estadios de nuestro país como consecuencia del grito “¡puto!”, coreado por los connacionales en encuentros amistosos de 2025. ¡Qué orgullo para nosotros! Es más, este es un punto interesante que trataré un poco más adelante.

Pero, quizá lo más grave que podemos esperar, es el aumento de la violencia de género a partir de este evento. Según consta en una nota del semanario Proceso, organizaciones “de Estados Unidos, México y Canadá, países que acogerán el Mundial de Futbol 2026, han puesto en marcha varias campañas contra la violencia de género de cara a la celebración de los partidos que tendrán lugar entre el 11 de junio y el 19 de julio. (…) La iniciativa, que busca dar visibilidad y evitar casos de violencia sexual durante los eventos deportivos, está encabezada por tres organizaciones: la Red Nacional de Refugios de México, la organización Refugios para Mujeres de Canadá y la Red Nacional para Poner Fin a la Violencia Doméstica estadounidense”. De acuerdo con la nota, durante este tipo de eventos, el número de llamadas telefónicas denunciando la violencia de género aumentan considerablemente y “puedan llegar a ser un 30% más altas durante estas competiciones e incluyen casos de violación, abuso y acoso, pero también de violencia verbal”. Para muchos adoradores de este deporte, semejante preocupación parecerá exagerada; sin embargo, no podemos negar las múltiples violencias relacionadas con ese y otros deportes, ya sea entre aficiones, entre individuos que asisten a los estadios, bares o restaurantes y, de refilón, entre familiares y amigos cuando los resultados son adversos al equipo de su preferencia. Por si fuera poco, el consumo de bebidas alcohólicas, que tradicionalmente acompañan las justas deportivas -vaya contradicción-, tiende a ser un detonante de todo tipo de violencias.

Alfredo Ramos en su libro “Perforar las masculinidades” (2024), al hablar de futbol, afirma que “el vínculo entre futbol y masculinidades, nos recuerda a cuestiones como la violencia, la heterosexualidad presupuesta, la homofobia o el racismo. La pregunta es si podemos pensar en prácticas vinculadas al futbol que nos permitan promover imaginarios diferentes (incluso disidentes) de la masculinidad”. En efecto, a través del llamado “juego del hombre”, podemos vislumbrar algunas de las expresiones más evidentes del machismo, entre ellas, la homofobia, expresada claramente en el grito que hoy busca castigar la FIFA. También la violencia entre aficiones que suele estallar dentro y fuera de los estadios. Y es en este punto que Ramos agudamente puntualiza que la identidad con un equipo, al que difícilmente un aficionado puede renunciar expresa “uno de los más claros objetivos de la masculinidad normativa: la estabilidad. Convertirse en algo fijo, naturalizado, al que se le pueden detectar esencias, ser objetivo, universal y no histórico, coyuntural o particular, es una de las grandes premisas de la masculinidad como contrato social, como ansia de orden”. Esto es, pertenecer a un club, no importa si es el del equipo favorito o al “clan” de los aficionados al futbol en sí. Por eso, para muchos machos, el hecho de que existan ligas femeniles es un insulto al espíritu mismo de este y, de plano, de todos los deportes. Y es que, en esencia, prácticamente todas las disciplinas deportivas fueron creadas por y para hombres. Es lógico que fanatismos de este calibre engendren violencias diversas, tanto al interior de esa “hermandad” futbolística, como al exterior, es decir, contra todo aquel o aquella que ose intervenir o sobrepasar los límites impuestos por el “clan” .

Como perspicazmente han observado algunas y algunos líderes de opinión, serán muy pocos los que se beneficiarán económicamente de esta justa deportiva y, como alertan estas organizaciones, quizá los que sufran las violencias derivadas sean los más, en especial, las y los cercanos a los aficionados. Ya veremos qué tanta razón tenían en vaticinar estas estadísticas terribles; mientras tanto, el futbol sigue dando de qué hablar, tanto en la cancha como fuera de ella, gracias a su misoginia, su clasismo, su racismo, su homofobia y su fanatismo disfrazado de “misticismo”.      

         

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