Ambos integrantes del Equipo USAR de la Cruz Roja Mexicana emprendieron misión humanitaria
Sin pensarlo demasiado. Bastó el sonido de una alerta para que Miguel Ángel Martínez tomara una decisión que cambiaría las siguientes semanas de su vida: dejar su hogar, despedirse de su familia con una nota de voz y preparar su equipo de rescate. El destino era Venezuela, país que acababa de ser sacudido por una serie de sismos que dejaron edificios colapsados y decenas de personas atrapadas entre los escombros.
Junto con Alberto Peña Martínez, ambos integrantes del Equipo de Búsqueda y Rescate en Estructuras Colapsadas (USAR) Nivel Pesado de la Cruz Roja Mexicana, emprendieron una misión humanitaria que los llevaría a trabajar durante diez días en uno de los escenarios más complejos que puede enfrentar un rescatista.

Del 25 de junio al 8 de julio, los dos poblanos formaron parte del contingente mexicano desplegado en Venezuela. Ahí, hombro a hombro con especialistas de distintos países, participaron en labores de búsqueda que permitieron rescatar con vida a tres personas y recuperar los cuerpos de 37 víctimas.
Una decisión que se toma con el corazón
Miguel Ángel Martínez recuerda con claridad el momento en que recibió la noticia del desastre. Se encontraba brindando atención durante el inicio de los partidos del Mundial cuando llegó la alerta, no lo dudó.
Avisó a su familia mediante un mensaje de voz, reunió su equipo especializado y partió con el resto del grupo de Cruz Roja Mexicana hacia una emergencia que requería experiencia, disciplina y, sobre todo, voluntad de ayudar.
Para él, responder a una misión internacional no es un acto improvisado, sino el resultado de años de preparación física, técnica y emocional.
"Me ha costado mucho tiempo, trabajo, esfuerzo, sudor, lágrimas, cansancio, dolores musculares, dolores de cabeza, estudio y desvelos. El camino no es fácil", relata.
Las grandes ligas del rescate
Participar en una operación internacional de estructuras colapsadas representa el máximo nivel para un especialista USAR para Miguel Ángel, este tipo de intervenciones las describe como "las grandes ligas del rescate", donde convergen equipos altamente capacitados de diferentes partes del mundo que trabajan bajo protocolos internacionales para encontrar sobrevivientes en condiciones extremas.

Cada movimiento debe ser preciso. Cada minuto puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.
En Venezuela, los rescatistas mexicanos compartieron labores con especialistas internacionales, enfrentando jornadas agotadoras, estructuras inestables y un ambiente donde el cansancio físico nunca puede imponerse a la concentración.
Ayudar sin buscar reconocimiento
A pesar de la magnitud de la misión y de los resultados obtenidos, Miguel Ángel asegura que ninguno de los integrantes del equipo participa esperando aplausos ni ovaciones.
"No estamos ahí por las entrevistas, ni por los elogios, ni por los regalos. Todo lo hacemos de corazón", afirma.
Explica que entre los rescatistas existe una convicción compartida: cuando suena una alarma, la primera reacción siempre es levantar la mano para ayudar.
"Nunca pensamos qué vamos a recibir cuando regresemos. Desde el momento en que decimos quiero estar ahí, sabemos que podemos aportar algo y que nuestro equipo está preparado para cumplir la misión."
Humanidad entre los escombros
Durante diez días, los rescatistas convivieron con el dolor de familias que esperaban noticias de sus seres queridos. Algunas recibieron el milagro de un rescate con vida; otras, la oportunidad de recuperar a quienes quedaron atrapados bajo toneladas de concreto.
Aunque las cifras hablan de tres sobrevivientes localizados y 37 víctimas recuperadas, detrás de cada operación hubo horas de trabajo silencioso, coordinación internacional y una enorme carga emocional para quienes participaron.
Puebla también salva vidas
Miguel Ángel Martínez y Alberto Peña Martínez regresaron a México el 8 de julio con la satisfacción de haber cumplido una misión que pocos tienen la oportunidad y la preparación de realizar.
Su historia recuerda que detrás de cada uniforme de rescate hay personas que dejan temporalmente a sus familias, suspenden su vida cotidiana y viajan miles de kilómetros para auxiliar a desconocidos.
Cuando ocurre una tragedia, ellos no preguntan de dónde son las víctimas, qué idioma hablan o cuál es su nacionalidad.
Simplemente responden al llamado porque para quienes dedican su vida al rescate, la mayor recompensa no está en los reconocimientos, sino en la posibilidad de encontrar una vida entre los escombros y devolver la esperanza a una familia.
