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Machomenos escribe Israel León O’Farrill
Palabras clave: machismo, maternidad, manutención, estereotipo.
En estos días se celebró a las madres en nuestro país. Días antes y el mero día, aparecen en las redes cientos de mensajes relacionados con ellas, algunos simpáticos, muchos verdaderamente cursis y otros, bueno, que refuerzan el estereotipo machista que tenemos de ellas. Sea porque las retratan como amas de casa, como confesora, como maestra a domicilio pues ayuda con las tareas, como terapeuta o de plano como alcahueta para ayudar a hijos e hijas con los galanes, siempre es quien está y quien se hace cargo del cuidado de hijos e hijas, tanto en su alimentación, salud y formación en general. De hecho, de acuerdo con datos publicados en una nota de La Jornada en mayo de 2025, del “total de mexicanas, 68 por ciento ejerce la maternidad desde una gran diversidad de condiciones: 74.4 por ciento son casadas o unidas; 7.3 por ciento son madres solteras (cerca de 2 millones); 15.3 por ciento están separadas o divorciadas (casi 4 millones), y 3 por ciento son viudas”. Esto es que más del 20 por ciento son mujeres que se hacen cargo solas de sus hijas e hijos, o apoyadas por abuelas o abuelos, hermanas o primas.
¿Los padres?, bueno, de acuerdo con el portal de CIMAC noticias, en nota publicada también en mayo de 2025, en “México hay 4 millones 180 mil hogares con padres ausentes según cifras del Inegi. Esto quiere decir que esos más de 4 millones de familias cuentan con un sustento económico gracias al trabajo de una madre autónoma. Las condiciones en las que trabajan estas madres las someten a una doble violencia: por un lado, viven las consecuencias del abandono paternal y, por otro, atraviesan los estragos de un mundo laboral que no está diseñado para la maternidad”. Y, según la misma nota, 7 de cada 10 son económicamente activas, es decir, ellas mantienen el hogar además de hacerse cargo de crianza, salud y todo lo demás. Por tanto, como se ve, le quedamos debiendo a las madres con celebrarlas un solo día. Suena en verdad terrible, ¿o no?
Pero, al menos en México, el tema de las madres es un tanto peculiar, pues aquí, la madre, es sagrada, en especial para la comunidad harto machista. A la madre todos los honores, regalos y flores; se les lleva gallo con mariachi y toda la cosa; se les lleva a comer y a pasear. Y, se les dibuja como la representación de la sensibilidad y la comprensión. Como dice uno de tantos mensajes que vi hace unos días: “De ellas heredamos la sensibilidad, ciertas necedades y la manera de sentir la vida. Su mayor legado es la nobleza de amar profundamente a los nuestros”. Claro está, ellas son sensibles y los padres son los fuertes; ellas son nobles y ellos, cuando están, son sobrios y sensatos. Además, en el imaginario más macho de nuestro país, muy al estilo de la Época de Oro del cine nacional, son impolutas -probaron varón, pero sólo para tenernos, nunca han tenido una vida sexo erótica-, son abnegadas y aguantadoras. Su lugar eterno es la cocina, la lavada y echarán tortillas para vender en los momentos difíciles. Y aunque una enorme cantidad de ellas tenga que trabajar el día de hoy, siguen llegando a casa a limpiar, cocinar, supervisar tareas y otros menesteres, pues aunque exista varón en casa, muy pocos son los que se involucran en esas tareas. De acuerdo con esta visión idílica, las madres están en un altar y han de ser adoradas, respetadas y explotadas también, pero con mucho cariño, faltaba más.
Habrá quien lea esto y diga que eso ya no sucede, que en su familia todos apoyan y que las madres no ejercen ese estereotipo que refrenda el machismo a través de generaciones. Bien por ustedes. Pero hoy hay millones de mujeres que celebran este día sin el padre de las criaturas y que día con día se cuestionan de forma legítima en qué momento se les ocurrió tener hijos y cuándo y cómo desapareció la media naranja y con él el apoyo, el cariño y la manutención. Es tiempo de cuestionarnos qué rol jugamos dentro de la crianza de hijos e hijas, de hermanos, primos y sobrinos, pues ya no debe ser un tema de madres, sino de crianza colectiva. Si esto fuera posible, dejarían de existir días de la madre, del padre, de las y los abuelos y existiría el “día de la crianza”. Eso sí que sería novedoso. En fin, celebremos la existencia de las madres, pero busquemos a como dé lugar el cambiar las estructuras, aunque sea un poco, para que su dedicación sea menos de mártires y más de integrantes de una familia, fundamentales, claro está, pero no en quien recaiga todo el peso de la crianza.
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