Lunes, 31 Agosto 2026 20:32

Poder femimacho

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Machomenos escribe Israel León O’Farrill 

Palabras clave: machismo, mujeres, reproducción, poder, estructuras.

En la imagen que acompaña la nota “Mujeres militares de Israel “celebran” con fotografía junto a un palestino sometido” publicada en La Jornada, vemos a dos mujeres que, sonrientes, posan junto a un hombre palestino “no identificado, que está sentado en el suelo con la cabeza agachada. No está claro cuándo ni dónde se tomó la fotografía. (…) La publicación fue acompañada de un mensaje en hebreo que dice: ‘dos años y ocho (meses), cuatro guerras… Miles de recuerdos, un millón y una experiencias. Y aquí llegó el final de un capítulo de mi vida que jamás olvidaré’”. De no ser porque en la imagen vemos a dos mujeres, cualquiera pensaría que es algo que harían varones. Sin embargo, ¿qué hace que esas jóvenes actúen de esa manera? ¿Son capaces de cometer semejantes atrocidades? Claro que sí, desafortunadamente. En múltiples ocasiones he escuchado la idea de que los machirrines son educados por mujeres machas lo cual es una forma más de denostarlas al atribuirles la culpa también de esa formación. Y sí, existen muchas mujeres que han contribuido de forma decisiva para que el patriarcado permanezca, alimentando el estereotipo. El fenómeno más reciente lo vemos con las mujeres que activamente buscan que se retire el voto femenino. Que haya mujeres soldadas israelíes que se comporten como los peores soldados varones genocidas es una mera consecuencia del sistema a través de una exitosa reproducción de las estructuras patriarcales. Lo mismo sucede con aquellas madres machas que educan machitos y machitas en el hogar, es decir, hombres y mujeres que son formados de forma enteramente machista.

Nos dice Coral Herrera en su blog que el “patriarcado es una estructura jerárquica en la cual todos sufrimos el poder que ejercen los demás sobre nosotros, y nosotros ejercemos el poder sobre los que tenemos abajo y arriba. Las mujeres somos también patriarcales porque somos educadas en él, y nadie nos enseña a ejercer el poder sin abusar, sin violentar, sin aprovecharnos de nuestros privilegios. Lo que nos enseñan es a competir y a aplastar a los demás, y en concreto a rivalizar con las demás mujeres para tenernos aisladas y enfrentadas entre nosotras (unidas y organizadas somos muy peligrosas)”. Efectivamente, lo que vemos en la imagen, es una clara demostración de poder que ejercen esas mujeres frente al palestino detenido y oprimido, tal y como lo harían si fueran hombres. Este es un fenómeno muy común y lo he visto a lo largo de mi vida con demasiada frecuencia. Primero, desde la política, cuando observé que las mujeres iban haciéndose de espacios en el poder y se comportaban igual que los varones en los mismos espacios: con abusos, elaborando y pronunciando discursos violentos y comportándose de forma despiadada. Entrar a la política era entrar al mundo de los hombres y había que ser igual o peor que ellos. Lo he presenciado en cargos académicos y administrativos, en universidades y empresas y he sido testigo de actitudes verticales, agresivas y punitivas. Incluso escuché de mujeres colegas decir que entidades como una facultad, un instituto o una empresa debían ser dirigidas por varones debido a que las mujeres son demasiado “temperamentales u hormonales” y, por tanto, no aptas para mandar. Y, sin embargo, en la menor provocación decían querer el poder y hacían lo que fuera para obtenerlo.

El combatir el patriarcado es una dinámica que no sólo atañe a las mujeres feministas. Es un trabajo que nos corresponde a todos los sectores de la población, hombres y mujeres. Pero nos debe quedar claro que no sólo se trata de sustituir a las personas en las mismas estructuras del sistema, es decir, cambiar hombres por mujeres sin cambiar modos, actitudes, formas y comportamientos machistas. De lo contrario, lo único que estamos haciendo es diversificarlo y, de esa manera, perpetuarlo. Coral Herrera lo pone en estos términos: “La sabia Audre Lorde nos explicó que nunca desmontaremos la casa del amo con las herramientas del amo. Es decir, que no debemos imitar a los hombres y reproducir la estructura en la que se relacionan, sino que, como dice Carla Lonzi, hay que repensar el concepto de poder para cambiar esa estructura tan injusta y violenta”. En efecto, pero yo iría más allá: nosotros como hombres debemos dejar de imitar a otros hombres, es decir, debemos dejar de seguir el modelo patriarcal y empezar con la construcción de nuevas estructuras que permitan una convivencia más sana entre las personas, más allá de su género. Pienso en la mujer que vi el otro día en la tienda ayudando a su compañero de refresquera a llenar los estantes, cargando y apilando rejas de refrescos. ¿También lo tiene que alburear y acosar a los demás trabajadores de la tienda? O si maneja el camión, ¿también será requisito comportarse como un cafre al volante? Y si alguien le reclama, ¿bajar a batirse a puño limpio? Lo que no está bien de un lado, no lo tiene que repetir el otro para obtener legitimidad. La imagen de las soldadas tiene implicaciones enormes en lo moral y en lo humano; pero también son reflejo de estructuras que, aun con ellas ahí, parecieran intactas. Es apremiante señalar lo anterior pues el mundo se está yendo al garete y mucho está en estas relaciones de poder que, a todas luces, pasan por el patriarcado.

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