Parabólica.MX escribe Fernando Maldonado
En política no hay coincidencias ni sorpresas, sino sorprendidos. La llegada de Pablo Salazar a Morena Puebla lo demuestra.
No se trata de un ajuste administrativo, sino de una intervención quirúrgica para corregir el desastre acumulado de Olga Lucía Romero Garci-Crespo.
Es evidente que no llegó para acompañarla; lo hizo para ocupar el espacio que ella perdió por incapacidad; por una ambición mal calculada y por un pleito hereditario que terminó devorándola.
Durante meses la enviaron a recorrer Tehuacán con la ilusión de que pudiera consolidar una candidatura, pero no solo no creció: se desplomó. Su conflicto por la herencia de la próspera empresaria Socorro Romero Sánchez la convirtió en un activo tóxico para el partido y para el proyecto del gobernador Alejandro Armenta.
Cada operativo, cada escándalo y cada muestra de soberbia la alejaron del poder que acarició con anheló.
El reacomodo fue inevitable. Primero llegó Claudia Hernández para poner orden en la comunicación; después, Pablo Salazar para reorganizar la estructura partidista.
El mensaje interno fue contundente: Olga había dejado de ser una dirigente capaz de conducir al partido y ya no era una figura confiable. Mientras ella se desdibujaba, otros nombres comenzaron a ocupar el espacio que dejó vacante: Jacobo Aguilar, Alejandro Barroso, Marco Balseca y Lizbeth Lozano.
Todos ellos, curiosamente, con cercanía a Aguilar Pala, el operador que impulsó la llegada de Pablo y que hoy ocupa un lugar en la mesa donde se perfilan las futuras candidaturas.
No solo cambió la operación interna de Morena; también comenzó a redefinirse la sucesión en Tehuacán y, en esa mesa, Olga ya ni siquiera figura como referencia.
La dirigente estatal fue considerada una opción por inercia: por ser mujer, por ocupar la presidencia del partido y por aparentar cercanía con el grupo gobernante.
Pero el poder suele marear, y Olga Romero terminó perdiendo el equilibrio. En lugar de fortalecer a Morena, se consumió en su conflicto familiar; en lugar de convertirse en un respaldo para el gobernador, terminó siendo un costo político; en lugar de operar políticamente Tehuacán, acabó convirtiéndose en uno de sus principales problemas.
Lo más revelador es que, según versiones que circulan dentro del propio partido, ahora busca construir acuerdos discretos con Ignacio Mier para intentar conservar influencia en la plaza y hacer contrapeso al grupo de Alejandro Armenta.
Si esas versiones son ciertas, el deterioro político es evidente: no solo perdió fuerza, también perdió lealtades y hoy necesita buscar un nuevo padrinazgo porque quienes antes la impulsaban, la relegaron.
Por eso la llegada de Pablo Salazar tiene un significado que va mucho más allá de un simple nombramiento.
Representa un movimiento correctivo y confirma que el grupo que realmente toma las decisiones ya marcó distancia definitiva. Morena Puebla necesita operación política, no simulación; presencia territorial, no sesiones fotográficas; lealtad al proyecto, no acuerdos construidos por debajo de la mesa.
Olga conserva el cargo, pero hace tiempo dejó de conservar el poder. Tehuacán la exhibió, los escándalos la desgastaron, Pablo la desplazó y los perfiles cercanos al grupo dominante ya ocupan el espacio que ella perdió. En el organigrama sigue apareciendo; en la realidad política, hace tiempo dejó de estar.
@FerMaldonadoMX