Jat escribe por Jatzume Hernández Romero
Los sonidos que despiertan la nostalgia
¿Te imaginas una ciudad sin internet, sin gas LP, sin agua potable o sin electricidad? Hoy viajaremos en el tiempo para recordar algunos oficios que casi han desaparecido y otros que ya solo viven en la memoria.
Uno de los oficios más recordados y con una de las historias más bonitas es el del sereno, el cual se originó en el siglo XVIII, en Valencia, España. Los hombres que ejercían esta labor se convirtieron en un emblema de la ciudad, ya que desempeñaban un papel muy importante.
Ellos eran los encargados de encender el alumbrado público con velas, informar el estado del tiempo y vigilar las calles durante la noche. Parte de su indumentaria era un uniforme que los distinguía, además de un "chuzo", una especie de garrota o bastón; un silbato para avisar a bomberos o policías en caso de alguna emergencia; un farol y, por supuesto, un manojo de llaves.
¿Y para qué las llaves? Aunque hoy parezca algo inconcebible, en aquellos tiempos el sereno era quien abría las puertas de las casas. Por ejemplo, si regresabas de una velada muy alegre con los amigos y habías olvidado las llaves, bastaba con aplaudir dos veces y gritar: "¡Sereno!", para que él respondiera: "¡Voy!".
También vale la pena recordar al afilador o amolador, quien además de afilar utensilios metálicos, herramientas agrícolas y cuchillos, se encargaba de reparar diversos objetos. En aquella época nada se tiraba; todo se remendaba, se remachaba o se arreglaba.
Por ejemplo, si una olla de porcelana se había agujereado por el uso, no había motivo para desecharla. Bastaba con acudir al amolador y él te la arreglaría. Pucheros, tarteras, sartenes y muchos otros utensilios podían tener una segunda oportunidad.
Era un personaje característico de las calles. Recorriendo los barrios con su pesada rueda de piedra montada sobre una bicicleta, anunciaba su llegada con el inconfundible sonido de su "chiflo", una especie de flauta de pan que todavía hoy muchas personas recuerdan con nostalgia.
Aunque en algunos lugares aún podemos encontrar uno que otro afilador, su forma de trabajar también ha evolucionado. La rueda ya no suele ir montada en una bicicleta, sino en una motocicleta. Sin embargo, lo que prácticamente ha desaparecido es la reparación de ollas, paraguas y otros objetos, pues en la actualidad muchas cosas simplemente se desechan.
Por cierto, ¿ustedes todavía llegan a ver lecheros? Hace muchos años, cuando aún no existían los envases de cartón para leche ni la leche pasteurizada como la conocemos hoy, había que esperar cada mañana el paso del lechero. Él recorría las calles con baldes de hojalata repartiendo leche bronca de casa en casa y pregonando que la suya era la mejor por provenir directamente de la granja, aunque, según cuentan, en algunas ocasiones la diluían con agua para que rindiera un poco más.
Tanta fama alcanzaron los lecheros que, incluso dieron origen a la popular frase: "Serás hijo del lechero".
Y ya que hablamos del agua, recordemos que cuando aún no existía el suministro de agua corriente en las viviendas, era necesario acudir a fuentes o pozos para conseguir este líquido vital. Sin embargo, para muchas familias resultaba más sencillo pagar para que alguien la llevara hasta sus hogares. Así nació el oficio del aguador, quien realizaba varios viajes al día para abastecer a todas las casas que requerían este servicio.
De igual forma, al no existir el gas LP ni las cocinas de gas para preparar los alimentos, estos se cocinaban en fogones alimentados con carbón. De esa necesidad surgió el oficio del carbonero, dedicado a conseguir este combustible y repartirlo hasta las puertas de los hogares por una módica cuota.
Por último, uno de mis favoritos y que, afortunadamente, todavía podemos encontrar en algunas calles es el cilindrero. Su hermoso instrumento deleita y alegra los espacios públicos con un sonido inconfundible que parece transportar a quienes lo escuchan a otra época.
Como dato curioso, este oficio nació en Europa y llegó a México a finales del siglo XIX. Su nombre proviene del instrumento que cargan: un cilindro de madera con púas y fuelles que reproduce melodías al girar una manivela.
Este oficio se popularizó gracias a familias de migrantes alemanes, destacando la famosa casa de instrumentos musicales Wagner y Levien. Esta empresa rentaba los pesados instrumentos, de más de 60 kg, a personas interesadas en ganarse la vida tocando en plazas públicas y calles principales.
Quizá no extrañamos únicamente estos oficios, sino la forma de vida que representaban. Una época en la que las calles tenían sonidos propios, en la que se conocía por su nombre a quien tocaba la puerta y donde muchas cosas, antes de desecharse, encontraban una segunda oportunidad.
Hay tantos oficios que han desaparecido o están a punto de hacerlo, algo que puede entenderse como una consecuencia natural de la evolución de la sociedad, la tecnología y la globalización. Sin embargo, no debemos olvidarlos, pues en algún momento formaron parte de nuestra historia y, de alguna manera, siguen viviendo en la memoria de quienes alcanzaron a conocerlos.
Porque mientras alguien recuerde el sonido del cilindrero, el silbato del sereno o el chiflo del afilador, esos oficios nunca desaparecerán del todo.
@Jatzume1