“Los enemigos están durmiendo; tomemos las armas y juntos rompamos el sitio”, sus palabras más famosas
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en su arenga a los héroes y heroínas de la Independencia, nombró a una mujer, Antonia Nava, quien participó activamente en el conflicto de 1810 junto a su esposo, Nicolás Catalán.
Según la Wikipedia, nació en Tixtla, Guerrero, el 18 de noviembre de 1779 y falleció en Chilpancingo, el 19 de marzo de 1843. Es mejor conocida como “La Generala”, quien estuvo desde el comienzo hasta el final de la lucha por la independencia.
Fue una militar destacada en el campo de batalla junto a su esposo y a las órdenes de José María Morelos y Nicolás Bravo.
Nicolás y Antonia tuvieron ocho hijos, cinco varones y tres mujeres. Su esposo fue designado comandante del estado de Guerrero, mientras vivían en Jaleaca, Tixtla, cuando estalló la guerra en septiembre de 1810. Tenían 30 años de edad.
Por su apoyo a Nicolás Bravo en Jaleaca y a su propio esposo en el campo de batalla, Antonia fue conocida por los soldados como “La Generala”, siendo un ejemplo de resistencia y coraje para el ejército.
En noviembre de 1818, Vicente Guerrero puso a Nicolás Catalán y a Pedro Ascencio al mando de la toma de Coyuca en Guerrero. Durante la toma participó Nicolás Catalán, el hijo de Antonia, como sargento primero quien murió en combate.
Con la muerte de su hijo, Antonia Nava fue llevada por la tropa ante José María Morelos. Aunque el general Nicolás Bravo quiso consolarla, Nava se negó y dijo que no estaba ahí para llorar, sino para entregar a sus hijos como soldados. En honor a ese joven, el pueblo actualmente se llama Coyuca de Catalán.
Nicolás Bravo decidió que se matara a un soldado por cada diez para que los demás tuvieran comida para sobrevivir. Antes de que Catalán ejecutara la orden, un contingente de mujeres encabezadas por Antonia Nava, su cuñada María Catalán y Catalina González se dirigieron ante Bravo pues consideraron injusto que fueran los soldados los que se sacrificaran por la supervivencia del batallón, y decidieron que en lugar de soldados, ellas debían ser sacrificadas.
Aunque el sacrificio no se llevó a cabo, la intención sirvió para elevar la moral del ejército. Antonia motivó a la tropa que intentaran romper el cerco. Diciendo que mejor morir peleando que aceptar el sacrificio de soldados: “Son las 11:00 de la noche, los enemigos están durmiendo; tomemos las armas y juntos rompamos el sitio”. Los soldados salieron y rompieron el sitio en la noche del 14 de marzo de 1817, el batallón fue acompañado por mujeres.
Antonia Nava y dos de sus hijos estuvieron presentes en la firma del Plan de Iguala el 24 de febrero de 1821. Más tarde, el 27 de septiembre de 1821 participó montada a caballo en la entrada del Ejército Trigarante en la Ciudad de México, junto a sus cuñadas Dolores y María Catalán, y sus hijos.
Antonia Nava de Catalán, junto con otras mujeres involucradas en la guerra, lograron figurar como heroínas, lo cual alentó a otras mujeres a unirse a la guerra y dar valor a otros soldados a lo largo de los años incluso durante la Revolución Mexicana. Antonia persiste al olvido a pesar de la poca información sobre ella. Su nombre está inscrito con letras de oro en el Palacio Legislativo de San Lázaro.