Códigos de Guerra escribe Fernando Jiménez
“Las narrativas invisibles detrás del poder político”
La discusión legislativa abierta por el diputado Alejandro Carvajal sobre regular la Inteligencia Artificial e imponer un impuesto a las empresas por cada "robot" o algoritmo que sustituya mano de obra humana parte de un diagnóstico profundamente erróneo. Aunque la intención declarada sea financiar programas de desempleo y proteger el trabajo local, la propuesta evidencia una peligrosa ceguera ante la escala y la velocidad de la disrupción en marcha. Pretender contener el avance tecnológico con cargas tributarias es el equivalente moderno a intentar apagar un incendio forestal con una pistola de agua: un intento burocrático por simular control ante un fenómeno que sobrepasa por completo la capacidad de reacción del Estado tradicional.
Nos encontramos frente al mayor parteaguas en la historia de la humanidad. La aceleración tecnológica ya no responde a una progresión geométrica donde la Inteligencia Artificial, la robótica avanzada y la computación cuántica están rediseñando el mapa global. Los pronósticos que aseguraban que los trabajos manuales serían los últimos en verse afectados han quedado completamente obsoletos. Hoy la automatización no se limita a robots con aspecto humano; abarca logística autónoma, transporte público sin conductores, plantas industriales automatizadas al 100%, sistemas de mantenimiento y drones agrícolas.
Esta oleada coincide de manera quirúrgica con una crisis demográfica que está reconfigurando la economía mundial. El agotamiento del bono demográfico y el vertiginoso decrecimiento poblacional en lugares como China o Corea del Sur han acelerado la presión por sustituir fuerza laboral por automatización para sostener la productividad. La robótica y la IA irrumpen en el momento justo en que la humanidad llega a su límite demográfico, creando un cóctel de consecuencias reservadas donde la máquina suple a una masa laboral en vías de extinción.
Si a este escenario sumamos la carrera por la soberanía energética —ejemplificada por el desarrollo del nuevo imán nuclear chino para alimentar infraestructuras masivas— y la inminente masificación de la computación cuántica, el costo marginal de automatizar procesos cognitivos y físicos tenderá a cero. Las herramientas actuales que hoy nos maravillan se convertirán en prehistoria en cuestión de años. Frente a un salto civilizatorio de esta magnitud, donde la tecnología es una condición de supervivencia económica global, penalizar la adopción de la IA en México equivale a decretar una obsolescencia autoinfligida en pleno marco del T-MEC.
Tratar de frenar este proceso mediante restricciones o impuestos solo desplazará la inversión hacia regiones más competitivas o alimentará un mercado negro de modelos no regulados. Emergencias así no se resuelven gravando herramientas tecnológicas sino ejecutando una reconfiguración drástica del sistema de capacitación y alfabetización digital masiva. La prioridad del Estado debe ser formar talento capaz de operar en este nuevo entorno y garantizar infraestructura estratégica. El verdadero riesgo para Puebla y para el país no es que los algoritmos reemplacen puestos de trabajo; la verdadera amenaza es condenar a la sociedad a la irrelevancia por insistir en administrar el futuro con las recetas del pasado.
Fernando Jiménez | PulsoGob, consultor en comunicación política y estratega en gestión del poder. Fundador de la firma (pulsogob.com): Arquitectura Narrativa e Inteligencia basada en datos
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