Jat escribe por Jatzume Hernández
Hay algo profundamente incómodo en escuchar sobre una balacera en un sitio como Teotihuacán. No solo por la violencia en sí, sino por lo que simboliza: un lugar que representa civilización, historia y grandeza humana, atravesado por un acto que parece negar todo eso. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué nos pasó?
Vivimos en los 2020’s, una década que llegó cargada de promesas tecnológicas, pero también con una resaca emocional difícil de ignorar tras la COVID-19. Cambiamos nuestra forma de ver la vida, el trabajo, incluso el descanso. Hablamos más de salud mental, pero también vivimos más ansiosos. Tenemos más voz gracias a las redes sociales, pero también más ruido, más confrontación, más prisa por reaccionar antes que por entender. Y en medio de todo, la violencia ya no sorprende… y eso, quizá, es lo más alarmante.
Si miramos apenas una década atrás, los 2010’s quedaron marcados por heridas abiertas como la desaparición de los 43 de Ayotzinapa. Ese momento no solo indignó: fracturó la confianza en las instituciones y consolidó a las redes sociales como una nueva plaza pública donde la justicia se exige, pero no siempre llega. Ahí comenzó a sentirse más fuerte esa ruptura entre ciudadanía y Estado.
En los 2000’s, con la llamada transición democrática encabezada por Vicente Fox, parecía que el país tomaba un nuevo rumbo. Había esperanza. Pero también llegó una globalización más intensa, que trajo oportunidades, sí, pero también una sensación de pérdida de identidad. Y poco a poco, la inseguridad dejó de ser una excepción para volverse una conversación cotidiana.
Los 90’s nos enseñaron que el progreso tiene costos. El levantamiento zapatista evidenció desigualdades profundas; la crisis del 94 dejó cicatrices económicas en millones de familias; y el TLC prometía crecimiento mientras transformaba estructuras sociales enteras. Desde entonces, vivir con incertidumbre dejó de ser temporal.
En los 80’s, entre crisis económicas y el terremoto de 1985, nació una sociedad civil más organizada, más solidaria. Ahí aprendimos que, ante la ausencia o debilidad del Estado, la gente puede sostenerse entre sí. Pero también se sembró una idea peligrosa: la de sobrevivir “como sea”.
Si seguimos retrocediendo, los 70’s estuvieron marcados por el autoritarismo y la represión, como el Halconazo. Los 60’s por la herida imborrable de la Matanza de Tlatelolco, donde una juventud que despertaba fue silenciada. En los 50’s, el discurso del “México moderno” ocultaba desigualdades profundas. Y más atrás, en los 40’s y 30’s, se construían instituciones y se hablaba de justicia social, mientras el país intentaba definirse entre lo rural y lo moderno.
Entonces, ¿qué cambió realmente?
Tal vez no nos volvimos más violentos de la nada. Tal vez siempre hemos convivido con tensiones profundas: desigualdad, impunidad, miedo, silencio. Lo que sí ha cambiado es la velocidad con la que todo ocurre, la visibilidad de los hechos y, quizás, nuestra capacidad de asombro. Hoy vemos más, sabemos más… pero también nos acostumbramos más rápido.
Y ahí está el riesgo: normalizar lo que debería doler siempre.
Porque no se trata solo de preguntarnos si somos más débiles o más fuertes. Tal vez la pregunta es otra: ¿en qué momento dejamos de reaccionar con la misma fuerza con la que antes nos indignábamos? ¿Cuándo empezamos a aceptar la violencia como parte del paisaje?
Quizá el verdadero avance no está en la tecnología ni en la modernidad, sino en la capacidad de seguir sintiendo, de no perder la empatía, de no olvidar que cada hecho violento rompe algo más que el orden: rompe la idea de que podemos vivir mejor.
Y si algo nos ha enseñado la historia —de década en década— es que cada vez que la sociedad decide no acostumbrarse, algo cambia. Tal vez no de inmediato. Tal vez no del todo. Pero cambia.
La pregunta es si todavía queremos cambiarlo.
@Jatzume1