El Blog de Puebla Deportes escribe Eduardo Zayas Cuatetl
A partir de 2027, la Copa Oro y la Nations League dejarán de transmitirse por televisión nacional y pasarán a formar parte del catálogo de Netflix. La noticia ha generado un debate intenso entre aficionados, especialistas y medios de comunicación, pues no se trata de un simple cambio de plataforma, sino de una transformación profunda en la manera en que se consume el deporte más popular del continente.
El fútbol, que históricamente ha sido un espacio de encuentro colectivo frente al televisor, ahora se enfrenta a la lógica del streaming, con sus ventajas y desventajas.
Por un lado, es innegable que la migración hacia plataformas digitales responde a una tendencia global. Netflix, Amazon Prime, Apple TV y otras compañías han demostrado que el futuro del entretenimiento está en la transmisión bajo demanda https://www.youtube.com/watch?v=Vv9LBKqUYdg&list=RDVv9LBKqUYdg&start_radio=1, con contenidos accesibles desde cualquier dispositivo y en cualquier lugar; para los torneos de selecciones, esta alianza puede significar una mayor inversión en producción, narrativas más atractivas y una cobertura más sofisticada.
La posibilidad de ver partidos en diferido o acceder a repeticiones inmediatas es un beneficio que la televisión abierta nunca pudo ofrecer con la misma flexibilidad.
El costo social de esta decisión no puede ignorarse, el fútbol, especialmente en América Latina, ha sido un fenómeno cultural que trasciende lo deportivo. La transmisión en televisión nacional permitía que millones de personas, sin importar su nivel económico, pudieran disfrutar de los partidos de sus selecciones. Era un ritual compartido en casas, plazas y bares, un espacio de identidad colectiva.
Al trasladar estos torneos a una plataforma de pago, se corre el riesgo de excluir a una parte significativa de la población, generando una brecha entre quienes pueden costear el servicio y quienes quedarán fuera de la experiencia.
La discusión también toca un punto sensible: la mercantilización del deporte, si bien es cierto que el fútbol siempre ha estado ligado a intereses económicos, la decisión de restringir su acceso a un servicio privado refuerza la idea de que el aficionado es visto más como consumidor que como ciudadano cultural.
El deporte, que debería ser un bien común, se convierte en un producto premium, esto plantea preguntas sobre el papel de las federaciones y confederaciones: ¿deben priorizar los ingresos económicos o garantizar el acceso universal a los torneos que representan a las naciones?
Por supuesto, no todo es negativo. Netflix podría abrir nuevas oportunidades para la internacionalización de la Copa Oro y la Nations League, atrayendo audiencias que antes no tenían acceso a estos torneos pues la plataforma tiene un alcance global y puede convertir partidos regionales en espectáculos de interés mundial. Además, la calidad técnica de las transmisiones probablemente supere a la de la televisión tradicional, con cámaras innovadoras, estadísticas en tiempo real y narrativas interactivas que enriquecen la experiencia del espectador.
El dilema, entonces, no está en la tecnología, sino en la accesibilidad, el reto será encontrar mecanismos que permitan que el fútbol siga siendo un espacio de unión social y no un privilegio de quienes pueden pagar una suscripción o quizá la solución pase por acuerdos híbridos, donde algunos partidos clave se transmitan en televisión abierta, mientras que el resto se ofrezca en streaming, o tal vez sea necesario repensar los modelos de negocio para que las plataformas incluyan planes más accesibles en regiones donde el poder adquisitivo es limitado.
El traslado de la Copa Oro y la Nations League a Netflix es un reflejo de los tiempos que vivimos: un mundo cada vez más digital, pero también más desigual. El fútbol, como fenómeno cultural, merece ser protegido de la lógica exclusiva del mercado.
No se trata de rechazar el avance tecnológico, sino de garantizar que este avance no deje atrás a quienes han hecho del fútbol una pasión colectiva, el verdadero desafío será mantener viva la esencia del deporte como un espacio de encuentro, identidad y celebración compartida, más allá de las pantallas y las suscripciones.