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Machomenos escribe Israel León O’Farrill
Palabras clave: machismo, violaci@n, infantes, poder, lección
Hace días nos levantamos con una noticia terrible e intrigante: un alumno de sexto de primaria habría violado a uno de sus compañeros en el baño de la escuela apoyado u observado por otros tantos compañeros (en total fueron 8) en un municipio conurbado de la ciudad de Puebla. Hasta el momento en que escribo estas líneas, el gobierno del estado ha cesado a la directora de la escuela y a los maestros por omisiones en el procedimiento. La sordidez del acontecimiento no se queda en el propio hecho de la violación, sino que adquiere gravedad al tratarse de niños (víctima y victimarios) y de los alcances diversos que semejante acción habrá de tener tanto en la víctima como entre los victimarios, sus familias y la comunidad en su conjunto.
Fuera de tratar el tema como un hecho aislado, cometido por un grupo de “malandrines”, es necesario comprender sus implicaciones. Para empezar, no siempre el abuso sexual de menores es perpetrado por adultos. Como dice la investigadora tamaulipeca Ana María Martínez Jerez en su libro “Violencia sexual vivida por varones: una mirada desde las construcciones de género” (2017) “puede ocurrir una o varias veces e inclusive perdurar durante muchos años. Lo puede cometer tanto una persona adulta como un o una adolescente u otro niño o niña de edad equivalente al abusado (…) En mi experiencia clínica atendí a un joven que reportó haber sido abusado sexualmente por un niño un año menor”. Por tanto, no se trata necesariamente de una anomalía, aunque sí hay que decir que es destacable la edad de los involucrados. Además, como nos dice Martínez, el “abuso sexual es perpetrado por ambos sexos. Aun cuando la mayoría de los ofensores son varones [90% en el caso de mujeres violentadas y entre 63% a 86% de los varones violentados (OPS, 2003)https://traficantes.net/resena/%E2%80%9Chay-que-demostrar-los-hombres-que-expresar-la-potencia-trav%C3%A9s-de-la-violencia-es-una-se%C3%B1al">Traficantes: “Creo que la violación esconde un factor fundamental del orden patriarcal imperante. Hay que entender que la violación no es un crimen como cualquier otro. La violación se aleja, a la vez, de esa imagen del hombre como lobo hambriento que viola porque no puede controlarse, y también de la imagen del hombre como ladrón, que roba el sexo de la mujer. La violación no es un crimen sexual; es, más bien, un crimen expresivo, por un medio sexual. Con la violación se dicen dos cosas: una a la mujer y otra a los otros hombres”. La violación, como comprobó Segato en una larga investigación desarrollada en cárceles de Brasil entre aquellos convictos por este delito, implica un mensaje de poder. Se trata de demostrar a la mujer -o al varón en este caso- de que se tiene poder sobre la víctima y, para los otros hombres, que lo observaron o lo ayudaron en el baño, que él es el poderoso. Completo esta idea con otro material de Segato publicado por UNAM Global: “Entrevistamos a muchos jóvenes condenados por violación en Brasil. Todos repetían una narrativa: tenían que probar algo, demostrar algo frente a otros. Ese algo es la masculinidad”. Como lo dije con antelación, la sordidez en el delito cometido por estos niños no se encuentra en el acto mismo; acaso está en el mensaje de poder patriarcal que emite. Me surgen varias preguntas: ¿dónde aprendió el niño esta forma de demostrar poder?, ¿de su familia? Es posible que, en su núcleo cercano, como en el de los demás que ayudaron, esa sea la forma de establecer límites, castigos o reglas. ¿Es algo que captó en redes sociales vía los contenidos que elabora la denominada “machósfera”? De ser así, ¿qué contenidos consumen los niños? ¿Por qué han de tener acceso a estos contenidos? ¿Dónde está toda esa comunidad de crianza de la que hemos hablado en otras ocasiones? Me queda claro que aquí no existe. Pienso que se trata de algo multifactorial. De hecho, en alguna nota perdida por ahí leí que algunos padres de familia, preocupados, proponían que se hicieran guardias en los baños; sin embargo, ellos mismos desecharon la idea al considerar que ahí los niños también correrían peligro. Es decir, tampoco confían en otros adultos para la vigilancia debido a que ellos cometerían algo similar. ¿Será el reconocimiento tácito de que esa es la forma en que se relacionan las familias en ese y otros lugares? Sea como sea, este hecho deja patente la fuerza y la perversidad que tiene el patriarcado, como bien señala Segato, en esa necesidad de demostrar poder y control. Lo sorprendente es que estamos en pleno 2026. Pero bueno, si Epstein y sus amigos -entre ellos el Cheeto rancio, mentiroso y calenturiento- pudieron desarrollar semejante red de pederastia y explotación, sin que hasta el momento haya gran consecuencia, ¡todo puede suceder en esta viña del señor! ¡Bravo machirrines, ahí la llevamos!
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