¿Quién está pensando por nosotros?

¿Quién está pensando por nosotros?
Jatzume Hernández de García
Jat escribe

Jat escribe por Jatzume Hernández Romero

Una vez más, la tecnología nos rebasa. Están pasando tantas cosas en todo el mundo y de forma tan rápida, que apenas comenzamos a digerir un evento, un hecho o una información, cuando de golpe llega otra noticia que ocupa nuestro espacio de atención.

Y quizá ese sea uno de los problemas más grandes de nuestra época: ya no solamente utilizamos las redes sociales para informarnos, sino que pareciera que comenzamos a necesitarlas para formar una opinión, construir un criterio e incluso decidir qué debemos pensar sobre determinado tema.

Ya no cuestionamos. Ya no profundizamos. Ya no esperamos a conocer una historia completa antes de tomar una postura.

Vemos un video de treinta segundos, leemos una publicación, observamos cientos de comentarios que coinciden con lo que acabamos de pensar y, de pronto, creemos que tenemos toda la información necesaria para emitir un juicio.

Pero ¿realmente estamos formando nuestra propia opinión o simplemente estamos repitiendo aquello que el algoritmo decidió mostrarnos?

Porque ahí comienza el verdadero problema.

Las redes sociales conocen nuestros gustos, nuestras búsquedas, aquello con lo que interactuamos e incluso aquello que nos provoca enojo. Y mientras más consumimos determinado contenido, más contenido similar recibimos.

Así funciona el algoritmo: no necesariamente busca mostrarnos la verdad, sino aquello que tiene mayores posibilidades de mantenernos frente a la pantalla.

Y nosotros, sin darnos cuenta, terminamos viviendo dentro de pequeñas burbujas donde casi todo confirma lo que ya pensamos.

Por eso no sorprende que cualquier tema termine dividido en dos bandos. Unos contra otros. Los que piensan de una manera y los que piensan de la contraria.

Lo hemos visto con las tendencias sociales, con la religión, con la política y hasta con las tragedias.

Basta observar cómo determinadas tendencias comienzan a crecer en redes y, en cuestión de días, parecen formar parte de una conversación mundial. Pasó con el fenómeno tradwife, con determinados discursos religiosos y con una infinidad de movimientos que encuentran en las plataformas digitales el espacio perfecto para amplificarse.

El problema no es que existan estas ideas.

El problema es que muchas veces dejamos de preguntarnos de dónde vienen, qué representan, quién las impulsa y por qué, de repente, aparecen frente a nosotros una y otra vez.

Y lo mismo ocurre con la política.

Nos hemos acostumbrado tanto a vivir en la lógica de los bandos que pareciera que todo debe reducirse a estar de un lado o del otro. A favor o en contra. Con el gobierno o contra el gobierno.

Mientras tanto, en medio queda la sociedad.

Queda la persona de la tercera edad que necesita atención. Queda quien es asaltado constantemente y no encuentra protección. Quedan las familias que buscan a una persona desaparecida y que, por más fuerte que sea su grito de exigencia, muchas veces encuentran autoridades sordas.

Pero incluso esas tragedias terminan convertidas en contenido.

Durante algunos días vemos fotografías, videos, testimonios, hashtags y exigencias de justicia. Las redes se llenan de indignación. Todos parecen estar pendientes.

Hasta que aparece otro tema.

¿Recuerdan qué pasó con las personas afectadas por los recientes terremotos? Durante unos días vimos videos, imágenes y testimonios provenientes de distintos lugares. Después, dejamos de hablar de ellos. Ahora nuestra atención está puesta en otro sitio, en otra tragedia, en otra tendencia.

Y probablemente dentro de unos días habrá otra.

Lo mismo ocurre con los asesinatos de periodistas.

¿Cuántas veces hemos visto una noticia sobre un periodista asesinado y, después de unos días, simplemente dejamos de verla?

¿Los atraparon?

¿Dónde está la investigación?

¿Hubo justicia?

¿Alguien volvió a preguntar?

La velocidad con la que consumimos información también parece haber reducido nuestra capacidad para darle seguimiento.

Y aquí aparece otra parte preocupante del problema: hoy basta con tener seguidores, dinero y un algoritmo que favorezca determinado contenido para fabricar una tendencia e incluso instalar una conversación antes de que el hecho termine de suceder.

La opinión pública puede ser impulsada, dirigida y, en algunos casos, fabricada.

La manipulación de las masas ya no pertenece exclusivamente a los grandes medios de comunicación, a la radio o a la televisión. Ahora puede estar al alcance de cualquiera que tenga los recursos suficientes para pagar publicidad, generar contenido o contratar a quienes sepan mover los algoritmos.

Ya no importa necesariamente cuánto hayas estudiado, qué experiencia tengas o qué tan preparado estés para desarrollar un tema. Muchas veces parece importar más cuántas personas te siguen y cuánto alcance puedes conseguir.

Y eso es peligroso.

Pero quizá todavía más peligroso es que hemos comenzado a desconfiar incluso de las personas que cuestionan.

Si alguien protesta, exige justicia o señala una incongruencia, basta con llamarlo bot para intentar desacreditarlo.

Como si detrás de cada exigencia tuviera que existir necesariamente un interés político.

Como si una persona no pudiera estar cansada, como si una familia no pudiera exigir justicia, como si alguien no pudiera estar en desacuerdo.

Y ahí es donde creo que deberíamos detenernos.

Porque cuestionar no significa estar en contra.

Preguntar no significa atacar.

Tener una opinión diferente no significa ser enemigo.

Pero hemos permitido que las redes conviertan las diferencias en confrontaciones y las conversaciones en trincheras.

¿Desde cuándo comenzamos a darle tanto poder a unos cuantos?

¿En qué momento dejamos de investigar por nuestra cuenta?

¿En qué momento dejamos de recordar?

Quizá la pregunta más incómoda no sea quién controla las redes sociales, sino cuánto control les hemos entregado nosotros.

Porque mientras discutimos sobre quién tiene la razón, el algoritmo sigue haciendo su trabajo: mostrarnos más de lo mismo, alimentar nuestras certezas y mantenernos dentro de una burbuja donde casi nunca tenemos que enfrentarnos a una idea diferente.

Y mientras nosotros discutimos, el mundo sigue avanzando.

Una noticia sustituye a otra. Una tragedia desplaza a otra. Un escándalo tapa al anterior.

Y nosotros seguimos deslizando el dedo.

Tal vez el verdadero reto de esta época no sea aprender a utilizar mejor la tecnología, sino recuperar algo mucho más básico: nuestra capacidad de pensar antes de reaccionar.

De cuestionar antes de compartir, de investigar antes de juzgar, de recordar después de que las cámaras se hayan ido.

Porque si dejamos que una pantalla decida qué nos indigna, qué nos importa, qué debemos recordar y hasta contra quién debemos estar, entonces quizá el problema ya no sea que la tecnología nos haya rebasado.

Quizá el problema sea que nosotros dejamos de intentar alcanzarla.

@Jatzume1