Rocha, Cerimedo y la bestia

Rocha, Cerimedo y la bestia
Alejandro Páez Varela
Historias de unos días

Historia de unos días escribe Alejandro Páez Varela 

Uno

Fernando Cerimedo qué. Javier Negre qué. Digo, sí, importan porque son los que meten la mano en el inodoro para taponar el desagüe y que se derrame la porquería. Importan porque son los monos amaestrados que le roban la cartera a los incautos. Pero ellos qué. En el fondo no son más que dos chicos tratando de llegar al salón de baile por la cañería, aunque sepan que una vez allí los rechazarán por su color de piel y su origen, porque hablan español y porque, es evidente, apestan.

El cilindrero. Quien realmente debe preocuparnos es el que les toca el organillo, el que les pone chaleco y cadena en el cuello; el que los entrena para que metan las manos cochinas en las democracias y las contaminen desde adentro como lo hicieron en Chile, Colombia, Bolivia, Argentina, Brasil y como quieren hacerlo en México. El organillero de ultraderecha con oficinas temporales en alguna parte de América Latina, pero con domicilio fijo en la CIA y en el Mossad y en Washington. El oscuro y peligroso organillero que toca tonadas sobre “la libertad”, pero no puede contenerse y tortura a los que le sirven la sopa y le limpian las ventanas. El perverso que viola todas las reglas democráticas para supuestamente defender las reglas de la democracia. Ese es el que debería preocuparnos.

Y, claro, importan los Cerimedos y los Negre y los arrastrados que por tres pesos bailan en algún evento de C-PAC, como Javier Milei; los que financian granjas de bots y troles y medios de comunicación y periodistas sucios y pestilentes, como Ricardo Salinas Pliego; y las élites privilegiadas que se amparan en los más sucios para imponer payasos sin cerebro del tipo Abelardo de la Espriella o que alientan el voto por mediocres del tipo Rodrigo Paz o Flávio Bolsonaro. Importan. Pero nunca hay que perder el ojo en el cilindrero o en el que se viste de cilindrero, pero que en realidad es una bestia de muchas máscaras. Ahora usa la de un anciano al parecer incontinente: Donald Trump; ahora se pone traje como Marco Rubio o chamarras de cuero como Elon Musk.

Hace tiempo que muchos hacen el esfuerzo por defender a un Estados Unidos que desapareció; el del jazz, la literatura, el rock, las ganas de democratizar el acceso al bienestar. Gone with the wind. Ha quedado la bestia de mirada torva que no controla su impulso cuando ve petróleo o minerales raros: se lo roba, de día y a vista de todos, y ya. Una bestia que explica todos los días por qué mató a Malcom X. y a Martin Luther King, y que se opone a que los latinos salgan de sus barrios y acudan a la escuela, y que prefiere regalarle heroína a los negros antes que permitir su emancipación. La bestia vieja que ve Latinoamérica como su botín y quiere servirse de ella sin dejar siquiera propina. La bestia blanca que impone presidentes e impone pobreza y desigualdad, porque está en sus intereses que así sea.

Cerimedo qué. Negre qué. El cilindrero que le pone chaleco a Salinas Pliego, a Claudio X. González, a Milei o a los Bolsonaro, y los pone a bailar y les enseña a quitarle la cartera a los que se les acercan de buena voluntad. Nunca hay que perderle la vista al que realmente importa: la bestia.

Dos

Entonces tenemos que preguntarnos: ¿A quién le lamen las botas? ¿Qué buscan de Estados Unidos? Pocos nos hemos hecho esa pregunta con la prisa de los días. ¿Qué le piden a Washington Alejandro Moreno Cárdenas, Maru Campos, Salinas Pliego, Enrique Krauze, Lilly Téllez o Claudio Equis? Organizan encuentros en lo oscurito, dan entrevistas a Fox News, acuden a la Embajada o hablan con congresistas tan ancianos como radicales que les tienen asco por su piel oscura, pero que aceptan verlos por su fascinación por los gusanos o porque intentan congraciarse con los gusanos que no tardan en devorarlos. ¿Qué tanto les atrae de allá?

Porque no buscan un “Estados Unidos demócrata” que no existe; porque hace tiempo que ese país está roto y se parece a todo menos a una democracia. Ellos saben que ese Estados Unidos al que apelan es el peor de su tiempo; con su sistema electoral corrompido; con su Policía diseñada para servir y proteger a los blancos, y no a los prietos como ellos o como cualquiera de nosotros, mexicanos; un Estados Unidos con su sociedad de castas y con su clase social compuesta por drogadictos, zombies de las ciudades. El Estados Unidos con élites tecnológicas insensibles e incontinentes que se cagan sobre sus pobres y explotados desde aviones ultrasónicos y desde yates de 100 pisos. A ese Estados Unidos apela la ultraderecha mexicana; a ese Estados Unidos le piden que se meta urgentemente en México con la patraña de que somos menos que los güeros y necesitamos ser reeducados.

¿A quién le lamen las botas los gusanos mexicanos si no hay un Estados Unidos demócrata –si es que alguna vez lo hubo– y el que queda es tan brutal que ya no se preocupa por dar lecciones de moral y ética mientras se roba los diamantes de unos, el petróleo de otros, el agua de todos, y el cielo y el aire de los que estamos cerca?

La ultraderecha mexicana le lame las botas a un Estados Unidos que prueba drones en escuelas de niñas en Irán; que disuelve los cuerpos de familias enteras con napalm en Vietnam; el que tuvo esclavos en trabajo forzado y ahora tiene migrantes para no extrañarlos. Un Estados Unidos siempre armado, siempre listo para bombardear y causar dolor. Un Estados Unidos que juega sin honor; que fabrica bombas de fósforo blanco que están prohibidas o deja que otros las produzcan por ellos.

Le rezan a esa bestia expoliadora de pueblos: creen que si le mueven la cola, les devolverá el poder; creen que si le besan las patas, los salvará de su propia intrascendencia. Creen que la bestia les devolverá privilegios y le dará otra vez ratings a sus televisoras. A ese Estados Unidos le rezan, los miserables. Y bien que lo saben. Quieren que esa bestia armada, peor como la peor, se meta en nuestras casas. Y por fortuna, sólo por fortuna, la bestia apenas les hace caso. Una bestia representada hoy por Donald Trump, pero que cambia de máscara sin perder una arruga.

Tres

Cuando criticaban a Tanzania porque era una supuesta dictadura, Julius Nyerere, siendo Presidente, decía que Estados Unidos es un Estado de partido único “salvo que, con su habitual extravagancia, tienen dos”. Nyerere, que era o es un santo socialista bendecido por el Papa y por los cardenales africanos, cuyo sueño era “encender una vela y ponerla en la cumbre del monte Kilimanjaro para que ilumine hasta más allá de nuestras fronteras, dando esperanza a los que están desesperados, poniendo amor donde hay odio y dignidad donde antes sólo había humillación”.

Ese mismo Nyerere que quedaba bien con la República Popular China, con la Unión Soviética y con Estados Unidos al tiempo que alimentaba la idea de una gran nación panafricana que defendiera sus recursos y ahuyentara a los buitres.

Doreen St. Félix escribe esta semana en The New Yorker que la bestia tiene su corazoncito o, al menos, tiene sentimientos o, al menos, tiene deseo carnal. La bestia que devora a Natalie Harp, una joven de 35 años que duerme junto al Presidente de Estados Unidos con una impresora portátil atada a su cintura. Le escribe cartas de amor a Donald Trump mientras su país ve cómo, en tiempo real, el mal la devora.

Doreen, nacida en Nueva York e hija de migrantes haitianos, a quien quisieran destruir por haber escrito que la joven actriz Sydney Sweeney representa para algunos de sus fans una “princesa aria idealizada”, escribe esta semana sobre Natalie y el innegable declive de Trump en pleno amor invernal.

Dice, textual: “Trump está decayendo. Está decayendo en los índices de aprobación. Está decayendo físicamente. ¿Está usando pañales? ¿Está Harp detrás de escena, moviendo los hilos, al estilo de Joan Quigley, la astróloga en la Casa Blanca de [Ronald] Reagan? (Las imágenes de Trump dictando publicaciones en redes sociales a Harp –quien aparentemente es la persona detrás de algunas de esas extrañas decisiones de mayúsculas– recuerdan las historias de Zhang Yufeng, el secretario privado de Mao Zedong, hablando en nombre del presidente del PCCh después de sus derrames cerebrales). Trump como uno de los polos de una gerontocracia bipartidista (peor aún, ¿es esto una necrocracia?) está rodeado de fragilidad, con su halcón Lindsey Graham muriendo repentina e inesperadamente, y con su antiguo cómplice Mitch McConnell fuera de escena después de pasar semanas en el hospital. Un escándalo sexual [el de Natalie Harp] al menos daría una señal de vigor”.

El hombre en pañales o sin ellos; acusado por 28 mujeres, públicamente, por conducta sexual inapropiada (que incluye violación, agresión sexual, besos o tocamientos sin consentimiento y comentarios indebidos); un corrupto que lleva más de 4.5 mil millones de dólares agregados a su riqueza desde que llegó a la Presidencia. A ese le rezan los vendepatrias mexicanos. Al que se monta sobre las bombas y las despide con besos antes de que maten niños en Gaza o en Irán.

Esa es la bestia que quieren meter en nuestra casa. Y en un descuido, como ha sucedido en muchas partes de América Latina, la meten.

Cuatro

Rubén Rocha Moya qué. Malentendió la defensa de la soberanía con la defensa de una persona, su persona. Para los bobos que creen que Rocha Moya significa algo: allí queda su segunda renuncia, una más humillante. Rocha Moya qué. Se entregan criminales como dulces en Navidad, ¿qué importaría entregarlo si lo fuera? El tema no es él, por más que lo malentienda. El tema es no darle a la bestia ni a él, ni a nadie. Estados Unidos debe presentar pruebas y entonces sí, por carretera o por avión, se le entrega a los criminales que ya han sido juzgados. Estados Unidos quiere pruebas cuando México le pide que entregue al exgobernador Francisco Javier García Cabeza de Vaca: que acepte, al menos, que México le pida pruebas para entregarle a un Gobernador con licencia.

Pero Rocha malentendió todo. Pensaba que la defensa era para él, no para la soberanía. Pensaba que tenía a las mejores mujeres y los mejores hombres a su servicio para regresar al poder o, quizás, espero que no sea tan inocente, pensaba que podría regresar porque es hábil armando grillas locales y nadie iba a notarlo. Pero Rocha qué. No entregarlo es aporte a una causa mayor: contener a la bestia del otro lado de su propio muro. Dejarla allá, dentro de su propio castillo. No invocarla, no tratar de que se meta a nuestra casa con cualquier pretexto, como quiere la ultraderecha.

Rocha qué. Cerimedo qué. Negre qué. “Alito” y los otros gusanos qué. El tema es la bestia que babea y gruñe en el porche de nuestra casa. Que Dios nos libre de ella y que los mexicanos le pongan freno a los que, desde adentro de nuestro propio país, le enseñan pedazos de tocino para animarla a que rompa la puerta y entre a destrozarnos.

 

@paezvarela