Cuando el gol silencia otras historias

Cuando el gol silencia otras historias
Jatzume Hernández de García
Jat escribe

Jat escribe por Jatzume Hernández Romero 

Noventa minutos de olvido

Cada cuatro años el futbol tiene la capacidad de detener el tiempo. Durante noventa minutos las diferencias parecen desaparecer, las preocupaciones se hacen pequeñas y un país entero encuentra un motivo común para mirar hacia la misma dirección. Hoy celebramos que la selección mexicana ha logrado avanzar en el Mundial de 2026. Lo que para muchos parecía inconcebible, incluso surreal, se ha convertido en una realidad que desborda emociones. Las calles se llenan de personas vistiendo la camiseta verde, los automóviles hacen sonar sus cláxones sin descanso, las plazas se convierten en escenarios de abrazos entre desconocidos y las redes sociales se inundan de mensajes de orgullo nacional. No importa si alguien es un apasionado del futbol o si apenas conoce las reglas del juego; cuando México gana, pareciera que todos ganamos.

Hay algo profundamente humano en compartir la alegría colectiva. Después de meses, o incluso años, marcados por la incertidumbre, cualquier motivo para celebrar resulta valioso. La victoria deportiva despierta esperanza, fortalece el sentido de pertenencia y recuerda que todavía somos capaces de emocionarnos como sociedad. Durante unas horas dejamos de lado nuestras diferencias políticas, económicas o sociales para gritar un mismo gol.

Sin embargo, la vida rara vez se presenta en un solo tono. Mientras miles de personas festejan en las calles, en otros puntos del país hay familias que observan con angustia cómo el agua entra a sus hogares. Las intensas lluvias han provocado inundaciones, colapsos en la infraestructura, pérdidas materiales y afectaciones que van mucho más allá de una calle anegada. Hay quienes esta noche no celebran un triunfo deportivo, sino que intentan rescatar lo poco que les quedó después de que la naturaleza, sumada a la falta de prevención y planeación, les arrebató parte de su patrimonio.

Ese contraste resulta imposible de ignorar. En un mismo país conviven la euforia y la desesperación, el júbilo y la incertidumbre. Mientras unos celebran un gol, otros hacen largas filas para recibir ayuda o esperan que las autoridades atiendan sus llamados. Dos realidades que ocurren al mismo tiempo, pero que pocas veces reciben la misma atención.

Y es precisamente ahí donde surge una reflexión más profunda. Porque el futbol no es el problema. El deporte une, inspira y emociona; sería injusto responsabilizarlo de las carencias de un país. El verdadero problema aparece cuando la emoción colectiva se convierte en una cortina que, aunque sea de manera temporal, nos hace olvidar aquello que continúa esperando respuestas.

Mientras la conversación nacional gira alrededor de alineaciones, marcadores y posibilidades de llegar más lejos en el torneo, siguen existiendo madres buscadoras que recorren caminos con la esperanza de encontrar a sus hijos. Continúan las familias viviendo en pobreza extrema, los hospitales enfrentando carencias, las comunidades reclamando servicios básicos y miles de personas esperando justicia en un país donde la impunidad sigue siendo una herida abierta. Son problemas que no desaparecen porque México gane un partido; simplemente dejan de ocupar los reflectores por un instante.

Quizá la frase "pan y circo para el pueblo", atribuida a la antigua Roma, conserva una inquietante vigencia. No porque el futbol sea un espectáculo que deba desaparecer, sino porque demuestra lo sencillo que puede resultar desviar la atención colectiva cuando una emoción logra imponerse sobre la realidad cotidiana. Basta un balón rodando sobre el césped para que, por unas horas, los temas que verdaderamente afectan la vida de millones pasen a un segundo plano.

Celebrar no debería significar olvidar. Podemos emocionarnos con cada triunfo de nuestra selección, gritar cada gol y sentir orgullo por representar a un país capaz de competir en el escenario más importante del futbol mundial. Pero también deberíamos ser capaces de mirar, al terminar el partido, aquello que sigue esperando soluciones. La verdadera victoria de una nación no se mide únicamente en los resultados de un marcador, sino en su capacidad para garantizar seguridad, justicia, salud, oportunidades y una vida digna para todos.

Porque los campeonatos terminan, las celebraciones se apagan y las camisetas vuelven al clóset. Lo que permanece son los problemas que, partido tras partido, siguen esperando que alguien decida enfrentarlos con la misma pasión con la que millones celebran un gol.

@Jatzume1