Parabolica.MX escribe Fernando Maldonado
Hay políticos que se caen por traición, otros por errores ajenos. Y otros, los más inexpertos por acciones propias. Ese es el caso de Olga Romero Garci-Crespo.
Llegó a la política cobijada por el exgobernador Miguel Barbosa. La hizo diputada local en dos ocasiones. También al frente de la Comisión Inspectora en el Congreso, posición clave para revisar cuentas públicas, fiscalización y equilibrios de poder.
La llevó a la presidencia estatal de Morena, el partido más importante del país y la marca política que dominaba el tablero. Pocos políticos reciben tantas oportunidades, escsos los que llegan tan rápido y, más aún, tienen acceso para construir carrera, estructura, grupo, autoridad y futuro. Olga hizo con esas oportunidades algo difícil de explicar: las desperdició.
No se sabe si la impulsó por talento, lealtad, comodidad política, o porque era la que menos estorbaba. Lo cierto es que llegó y se quedó. El problema no es que haya llegado, sino que nunca creció.
Porque una presidencia estatal de partido puede ser la puerta de entrada a una larga carrera política. Desde ahí se construyen cuadros, se tejen alianzas y se controla territorio; se forma militancia y se administran candidaturas.
Se dialoga con alcaldes, diputados, regidores, empresarios, liderazgos sociales y grupos internos. Es una plataforma magnífica, pero Olga Romero la convirtió en refugio. Y, peor aún, en herramienta para otros intereses.
Mientras Morena Puebla necesitaba dirección, la creación del ex gobernador Barbosa se concentrada en una sola obsesión: hacerse de la herencia de Socorro Romero Sánchez. Ese pleito patrimonial terminó por comerse su agenda, imagen y narrativa. Puso por delante una batalla personal.
Ahí empezó su caída. Despreció al Movimiento de Regeneración Nacional y desdeñó sus principios, el trabajo territorial y a quienes sí han construido desde abajo. Y decidió que el partido podía esperar mientras ella buscaba apoyos para sacar atender una agenda personal.
El resultado está a la vista. Morena Puebla no creció ni ordenó. No se fortaleció por ella. Carece de una estructura sólida.
Lo que sí creció fue la percepción de que la dirigencia se usó para proteger intereses personales, para buscar influencia en expedientes y para mantener vigente una disputa hereditaria que ha terminado convertida en carga política.
Y como si eso no bastara, se instaló la idea de que la presidencia estatal sirvió para acomodar a hijos, familiares y amigos en distintas nóminas. Nepotismo, influyentismo, beneficio personal. La vieja receta de siempre, pero con discurso de transformación. Ahí está la contradicción. Olga Romero habla de Morena, pero actúa como si el partido fuera extensión de sus asuntos privados.
No sorprende que Alejandro Armenta, el ajedrecista haya tomado la delantera en el tablero. Cuando un partido pierde rumbo, alguien tiene que ordenar. Eso explica la llegada de Pablo Salazar Vicentello a la operación territorial. Oficialmente puede presentarse como una suma, como un refuerzo o como un nombramiento de coordinación. La lectura es clara: Pablo llega porque Olga Romero no pudo, o no quiso.
En la oficina de Ariadna Montiel, la dirigente nacional tiene claro: el plazo de la dirigencia en turno expide tan pronto haya concluido el proceso interno para la elección de coordinaciones para la defensa de la 4T.
@FerMaldonadoMX