El gobierno de la inteligencia artificial: ¿la nueva disputa por la verdad democrática?

El gobierno de la inteligencia artificial: ¿la nueva disputa por la verdad democrática?
Pepe Ojeda
Desde las antípodas

Desde las antípodas escribe José Ojeda Bustamante

En el XI Congreso “El gobierno de la inteligencia artificial” ALICE realizado en Granada, España, emergió una idea incómoda: la IA no está desplazando a los gobiernos, está desplazando el modo en que las sociedades construyen verdad.

Mientras discutimos regulaciones, derechos digitales o competencias tecnológicas, lo que realmente se está reconfigurando es el vínculo democrático: la relación emocional, simbólica y cognitiva entre ciudadanos, instituciones y narrativas públicas.

Esa es la verdadera zona de disputa. No la máquina, sino la arquitectura del sentido.

Hoy la conversación pública se sostiene en tres fuerzas simultáneas:

  • la educación que intenta formar criterio;
  • los algoritmos que lo modulan y;
  • los ecosistemas religiosos, emocionales o identitarios que lo moldean.

La tecnología no sustituye a la política: la vuelve más frágil, más vulnerable a la simplificación y a la captura emocional. Donde antes había argumentos, ahora hay estímulos; donde había ciudadanía deliberante, hay audiencias segmentadas.

La educación aparece entonces como la última trinchera institucional. En un país donde la polarización colonizó la vida cotidiana, la universidad no solo transmite conocimientos: enseña a distinguir entre información, propaganda y manipulación algorítmica. Las competencias digitales críticas no son una moda, sino una defensa civil mínima en un entorno donde el vértigo informativo erosiona la capacidad de pensar por cuenta propia. La ciudadanía se juega, literalmente, en la habilidad de resistir narrativas que ya no se difunden, sino que se incrustan.

El caso brasileño, presentado en el Congreso, es una advertencia que América Latina haría bien en tomar en serio. No se trata de plataformas sofisticadas, sino de ecosistemas digitales religiosos capaces de reorganizar identidades políticas a partir de emociones profundas. La elección de Obama, la destitución de Dilma Rousseff o el bautismo de Jair Bolsonaro en el río Jordán funcionaron como detonadores simbólicos que reescribieron afinidades políticas sin necesidad de grandes infraestructuras tecnológicas.

La fe se digitalizó, y al digitalizarse se volvió arquitectura de movilización.

México no está lejos de ese cruce: ya existen vacíos emocionales listos para ser ocupados por narrativas que combinan moral, resentimiento, promesa y algoritmo.

A este escenario se suma la irrupción de sistemas conversacionales de IA que, en apariencia, civilizan la discusión al suavizar tonos y desactivar confrontaciones. Pero esa moderación automática tiene un costo: empobrece la deliberación, aplana la pluralidad expresiva y produce una ciudadanía emocionalmente desactivada.

La democracia necesita conflicto procesado, no conversación esterilizada. Cuando la disidencia se vuelve “ruido” y el matiz se vuelve “riesgo”, la política pierde su musculatura.

En paralelo, la IA opera ya dentro del terreno de los derechos. Puede ampliar el acceso a la información, fortalecer capacidades cívicas y acercar instituciones a la ciudadanía. Pero también puede convertir al ciudadano en un objeto perfecto de segmentación y control. La línea entre empoderar y reducir a datos es extremadamente delgada.

La pregunta no es si la IA será usada en procesos electorales, gobiernos o campañas. Eso ya ocurre. La pregunta es si la ciudadanía tendrá mecanismos reales para saber cómo, con qué criterios, y al servicio de quién se despliega esa tecnología.

En este panorama de tensiones, la defensa de la singularidad humana emergió como un principio político indispensable. La igualdad no significa estandarización. La justicia democrática exige reconocer, proteger y celebrar diferencias. Sistemas diseñados para encontrar patrones corren el riesgo de borrar matices esenciales para la vida en común. Una democracia que borra diferencias para operar más rápido no es más eficiente: es menos humana.

El XI Congreso de ALICE no resolvió el dilema que plantea la inteligencia artificial. Pero dejó una advertencia nítida: la democracia latinoamericana no está amenazada por la tecnología en sí, sino por la delegación inconsciente de su gobierno emocional, simbólico y discursivo a sistemas que nadie supervisa.

No se trata de regular máquinas, sino de recuperar la conversación pública antes de que deje de pertenecernos.

Si la IA va a gobernar algo, que no sea nuestra idea de verdad.

@ojedapepe

Principio del formulario

Final del formulario