El dolor también te hace crecer

El dolor también te hace crecer
Jatzume Hernández de García
Jat escribe

Jat escribe por Jatzume Hernández Romero 

Dejar ir, no es dejar de amar

 

Perder a alguien que amas es descubrir un dolor para el que nadie te prepara. No existen palabras suficientes para describir lo que se siente cuando una persona tan importante deja este mundo. A veces creemos entender el significado de la tristeza, hasta que la vida nos obliga a mirar de frente una pérdida así. Entonces aparecen emociones que ni siquiera sabíamos nombrar: desesperación, angustia, enojo, vacío, incluso dolor físico. Porque el duelo no solo se siente en el corazón; también pesa en el cuerpo, en el aire, en los silencios y en cada momento donde la ausencia se vuelve imposible de ignorar.

Cuando alguien se va, una parte de nosotros también cambia para siempre. Y al principio parece imposible imaginar que algún día el dolor pueda disminuir aunque sea un poco. Todo se siente injusto. La mente se llena de preguntas: ¿por qué así?, ¿por qué ahora?, ¿por qué ella?, ¿por qué Dios permitiría algo así? Son preguntas inevitables, humanas. Pero con el tiempo he comprendido que quizá la vida no siempre responde el “por qué”, sino el “para qué”.

¿Para qué vivir esta lección tan dura? ¿Qué se supone que debemos aprender del dolor? Tal vez la respuesta nunca sea completa, pero poco a poco uno empieza a encontrar pequeñas formas de sostenerse. No es olvidar. No es dejar de extrañar. Mucho menos significa que deje de doler. Creo que simplemente llega una especie de resignación tranquila, una paz distinta, difícil de explicar. Una paz que nace de aceptar que el amor sigue existiendo incluso cuando la persona ya no está físicamente.

En medio del duelo, ayudan mucho los recuerdos. Recordar las risas, las conversaciones, los momentos simples que en su momento parecían cotidianos y hoy se vuelven tesoros. También ayuda estar en familia, hablar las cosas como son, llorar juntos, abrazarse y permitirse sentir. Porque el dolor compartido no desaparece, pero pesa menos.

Y aunque muchas veces repetimos frases para intentar calmarnos —“ya no está sufriendo”, “ya está en paz”, “se fue rápido”, “no padeció”—, creo que cuando varias personas coinciden en decir lo mismo es porque, en el fondo, hay verdad en ello. Son pensamientos que nacen del amor y de la necesidad de encontrar un poco de luz en medio de tanta oscuridad.

A nivel espiritual, también he entendido que las personas que amamos nunca terminan de irse. De una u otra forma permanecen con nosotros: en lo que nos enseñaron, en nuestras costumbres, en nuestra forma de amar y hasta en nuestra manera de ver la vida. En lo personal, creer que existe la posibilidad de reencontrarnos algún día —sea desde la espiritualidad o desde la idea de la reencarnación— ayuda a calmar un poco la pena. Porque la esperanza, incluso pequeña, puede convertirse en refugio.

También he pensado mucho en algo: sanar no significa querer menos. Intentar seguir adelante no es traicionar la memoria de quien se fue. Al contrario. A veces incluso trato de verlo desde el otro lado y pienso que, si hubiera sido al revés, jamás me gustaría ver sufrir a alguien que amo hasta destruirse por mi ausencia. Y entonces entiendo que encontrar paz también es una forma de amor.

Con el tiempo he aprendido que no vale la pena buscar culpables. Las cosas pasan porque tenían que pasar, porque era el momento, la circunstancia o simplemente porque el ciclo había terminado. Y aunque eso nunca hará que duela menos, sí ayuda a dejar de pelear contra lo inevitable.

Quizá el duelo nunca termina por completo. Tal vez simplemente aprendemos a vivir con él. Pero incluso en medio de la pérdida más grande, el amor permanece. Y mientras exista amor, también existirá una parte de esa persona viviendo dentro de nosotros.

 

 @Jatzume1