Ecosistema digital escribe Calos Miguel Ramos Linares
En algún punto del siglo XX, el control laboral tenía forma de reloj checador y supervisor de planta. Hoy, en pleno auge de la inteligencia artificial, ese control se vuelve silencioso, granular y omnipresente. Ya no se limita a medir el tiempo: ahora mide la conducta.
La decisión de Meta de rastrear movimientos de mouse, pulsaciones de teclado e incluso patrones de uso cotidiano para entrenar sus sistemas de IA no es un hecho aislado, sino el síntoma de una mutación más profunda en la relación entre trabajo, tecnología y poder.
Lo relevante no es únicamente el monitoreo. Las empresas han vigilado a sus empleados desde hace décadas bajo distintos pretextos de productividad. Lo verdaderamente disruptivo es el destino de esos datos: ya no se utilizan sólo para evaluar a la persona, sino para replicarla. Cada clic se convierte en materia prima de un modelo que, en el futuro, podría prescindir de quien lo generó.
Estamos ante una inversión simbólica del trabajo. Tradicionalmente, el trabajador utilizaba herramientas para producir valor; ahora, su propia forma de trabajar es la herramienta. Su experiencia cotidiana —cómo navega un menú, qué atajo usa, cuánto duda antes de hacer clic— se transforma en conocimiento explotable por la máquina.
Desde una perspectiva sociológica, esto redefine el concepto mismo de “oficio”. Si el saber hacer se captura, se estandariza y se automatiza, el valor deja de residir en la ejecución y se desplaza hacia la supervisión o el diseño. No es casual que, en paralelo, las grandes tecnológicas estén reorganizando sus plantillas y recortando empleos en nombre de la eficiencia impulsada por IA.
Lo inquietante es que esta transición se construye sobre una paradoja ética: el trabajador contribuye activamente —y muchas veces sin opción de negarse— a la creación de su propio sustituto. En el caso reciente, incluso se ha señalado que no existe posibilidad de exclusión voluntaria para quienes usan dispositivos corporativos.
En términos de comunicación digital, esto también inaugura una nueva capa de hipermediación. Ya no se trata sólo de cómo interactuamos con interfaces, sino de cómo esas interfaces nos observan para reconstruirnos. La interfaz deja de ser un canal y se convierte en un sensor. La experiencia de usuario ya no es sólo diseño: es extracción.
Hay, además, un desplazamiento cultural. Durante años, la narrativa dominante celebró la personalización: plataformas que aprenden de nosotros para ofrecernos mejores servicios. Hoy esa lógica se traslada al interior de las organizaciones. El problema es que, en el ámbito laboral, la asimetría de poder es mucho mayor. La “personalización” ya no busca servir al usuario, sino optimizar su reemplazo.
Conviene mirar este fenómeno sin ingenuidad tecnológica. No estamos simplemente ante un avance en inteligencia artificial, sino ante una reconfiguración del contrato social del trabajo. Uno en el que la frontera entre colaboración y extracción se vuelve difusa.
Quizá la pregunta de fondo no es si estas prácticas son inevitables, sino bajo qué condiciones se vuelven aceptables. Porque si el conocimiento humano puede ser capturado en tiempo real, el verdadero debate no es técnico, sino político: quién controla ese conocimiento, quién se beneficia de él y quién queda fuera cuando la máquina ya aprendió lo suficiente.
La fábrica ya no necesita paredes. Tampoco ruido. Sólo necesita datos. Y nosotros, al parecer, seguimos produciéndolos sin saber exactamente para quién.
@cm_ramoslinares