El pulso de Georgina escribe Georgina Ruíz Toledo
Durante años, la política de seguridad en México se ha construido desde una lógica reactiva. Llegamos cuando el problema ya estalló, cuando la violencia ya dejó huella en las familias, en las comunidades y, sobre todo, en la vida de nuestras juventudes.
Sin embargo, hay una pregunta que pocas veces nos hacemos con la suficiente profundidad: ¿desde dónde estamos diseñando esas políticas y para quién están pensadas realmente?
En muchos casos, las juventudes han sido vistas como objeto de intervención, no como sujetos de transformación. Se diseñan estrategias para ellas, pero no necesariamente con ellas. Se les considera población en riesgo, cuando en realidad deberían ser reconocidas como actores centrales en la construcción de soluciones.
Esta forma de entender la seguridad no es menor. Tiene consecuencias profundas. Porque cuando las juventudes no encuentran espacios de participación real, de reconocimiento o de construcción de identidad, otros sí los ofrecen. Y ahí es donde debemos poner atención.
Las organizaciones criminales han entendido algo que como Estado y como sociedad aún estamos en proceso de asumir plenamente: que la pertenencia importa, que el reconocimiento importa y que la identidad importa. No se trata únicamente de ingresos económicos —aunque estos sean un factor relevante—, sino de algo más complejo: la posibilidad de tener un lugar, un rol y un sentido dentro de un grupo.
En ese contexto, las juventudes dejan de ser espectadoras para convertirse en protagonistas. El problema es que lo hacen dentro de dinámicas que reproducen la violencia.
Por eso, la discusión sobre seguridad no puede limitarse a la contención o a la reacción. Tampoco puede reducirse a la presencia institucional o a la implementación de actividades aisladas, por bien intencionadas que estas sean.
El reto es más profundo.
Se trata de construir políticas públicas que generen condiciones reales para que las y los jóvenes encuentren alternativas de vida, espacios de participación y formas de reconocimiento desde la legalidad, la comunidad y la convivencia pacífica.
Esto implica un cambio de enfoque: pasar de ver a las juventudes como problema a reconocerlas como parte de la solución. Pasar de intervenir sobre ellas a construir con ellas.
La escuela, en este sentido, representa uno de los espacios más importantes —y a veces más desaprovechados— para lograrlo. No solo como un lugar de formación académica, sino como un espacio donde se configuran relaciones, valores y formas de convivencia que pueden marcar el rumbo de vida de una persona. Cuando la escuela logra consolidarse como comunidad, como espacio de participación y como entorno seguro, se abre una posibilidad real de prevención. No desde el discurso, sino desde la experiencia cotidiana.
Porque la paz no se decreta ni se instala de manera inmediata. No basta con acercarla como concepto o representarla simbólicamente. La paz se construye, y se construye cuando las personas —particularmente las juventudes— la viven, la practican y la hacen propia.
Eso requiere algo más que presencia institucional. Requiere intención, continuidad y, sobre todo, una visión que entienda que la seguridad empieza mucho antes de que intervengan las autoridades. Empieza en la forma en que aprendemos a relacionarnos, a resolver conflictos y a reconocernos como parte de una comunidad.
Si queremos construir entornos más seguros, necesitamos replantear la manera en que estamos abordando la prevención. No como un conjunto de acciones aisladas, sino como una política integral que ponga en el centro a las personas, sus contextos y sus capacidades.
Y en ese camino, las juventudes no pueden seguir siendo vistas únicamente como receptoras de políticas públicas. Deben ser reconocidas como lo que son: protagonistas de la transformación social. Porque al final, la pregunta no es si estamos haciendo esfuerzos por la paz.
La pregunta es si estamos construyendo condiciones reales para que las nuevas generaciones puedan sostenerla.
Y esa respuesta, sin duda, empieza en el lugar donde todo comienza: en la vida cotidiana de nuestras juventudes, en sus espacios de formación y en las oportunidades que como sociedad somos capaces de ofrecerles.
Porque la seguridad no solo se construye en las calles.
También se construye —y se define— en las aulas, en la comunidad y en las decisiones que tomamos hoy sobre el futuro de nuestras juventudes.
@georginart