Gonzalo Rocha escribe Sibarita
El año 2025, que recién terminó hace unos días, publiqué con Editorial Resistencia el libro “POSADA. La vida no vale nada… y la hoja suelta un centavo”, biografía novelada en historieta sobre el gran dibujante de impresos de finales del siglo XIX y principios del XX, José Guadalupe Posada, autor de la famosísima “Catrina”. Sobre las razones que me llevaron a incursionar en esta laboriosa forma de literatura que combina textos con imágenes denominada “novela gráfica”, he expuesto que lo que se había hecho acerca del caricaturista e ilustrador hidrocálido en términos de viñetas era muy poco, apenas dos cuadernillos, uno de la Revista RELÁMPAGO,“La muerte tiene novio”, con textos de Francisco Díaz de León y dibujos de Constantino Rábago (PERI y SEP, 1966), y el otro, Vidas Ilustres, “José Guadalupe Posada” S/A (Ed. Novaro, 1968), además de la entrega 249/250 de Los agachados, de Rius, “El novio de la muerte” (Ed. Posada 1976). Estas publicaciones ofrecían un somero acercamiento didáctico a la vida del artista, pero sin llegar a complejizar ni profundizar en él, limitándose a contar, ya fuera de manera formal o irreverente, los pocos datos biográficos del grabador, exponiendo su vida desde una mirada externa y llenando con ejemplos de su obra los espacios disponibles en las hojas que el medido formato de revista permitía.
Hay consenso entre especialistas en dar el crédito a Will Eisner, creador del cómic de la década de los años 40s-50s The Spirit, de ser quien rompió los límites que hasta ese momento tenían las historietas, realizando una de largo aliento que le llevó años de solitario trabajo y la confección de 196 páginas, misma que culminó en su primera parte en 1978 y la tituló “Un contrato con Dios”. Por primera vez, el cómic trascendía las publicaciones periódicas cortas que se adquirían en los quioscos como revistas o fascículos, y se mostraba como un formato digno de literatura, ya que, intercalando secuencias de dibujos con escritura, Eisner logró fusionar el género narrativo extenso con la historieta, haciendo sentir en la carne propia del lector el drama de sus personajes, una peculiaridad propia de la novela, además de abordar temas complejos, desarrollar emociones existenciales, crear ambientes con herramientas gráficas y trasmitir de esa forma emociones e ideas.
Quien ahora asoma a un puesto de periódicos se dará cuenta de la ausencia de esas publicaciones semanales que devorábamos en un día y nos causaban ansiar la llegada de la siguiente entrega los otros seis días restantes. Coincide el auge de la televisión con el declive de esa forma tan creativa de entretenimiento. En estos tiempos, en donde un lugar sin pantallas (además de las que ya de por sí portamos en nuestros propios teléfonos inteligentes, tablets y lap tops) es como encontrar un oasis, se hace todavía más crítica la situación de la lectura de los impresos.
Historietas mexicanas como Los Supersabios, de Germán Butze, Rolando el Rabioso, de Gaspar Bolaños, La familia Burrón, de Gabriel Vargas, Los Supermachos o Los agachados, de Rius, por citar algunas en donde el trazo de sus autores originales estaba muy presente, y hasta otras realizadas por equipos más numerosos o industriales con un dibujo más estándar, como Fantomas, Lágrimas y Risas, Rarotonga, Kalimán o Chanoc, o las que originalmente eran hechas en Estados Unidos y luego traídas y traducidas a nuestro idioma, como el ya citado Spirit, de Eisner, Dick Tracy, de Chester Gould, La pequeña Lulú, de Marjorie Henderson, Archie, de Vic Bloom y Bob Montana, o Susy secretos del corazón, ya no tuvieron continuación. En kioskos y estanquillos hoy tan sólo se mantienen visibles los cómics de los superhéroes de Marvel y DC Comics, algunas de Manga japonés; tal vez su permanencia tiene que ver que en parte están muy vinculadas a sus versiones en cine o animación en TV.
La publicación mensual de la historieta humorística Mad, otra modalidad que llegó a ser muy popular, tras algunas décadas agotó sus fórmulas y también llegó a su fin. Sus grandes plumas, dibujantes como Mort Drucker, Jack Davis, Angelo Torres, Don Martin, Sergio Aragonés y Al Jaffe, entre otros, no tuvieron reemplazo, y al parecer la mayor parte de su público al volverse más adulto tampoco.
Mención aparte merecen Heavy Metal y RAW, más enfocadas a un público declaradamente adulto y más conocedor. La primera llegaba de importación y se podía conseguir en los Sanborn´s; la segunda había de plano que encargarla a quien viajaba a Nueva York.
Heavy Metal contenía sobre todo ciencia ficción y dibujos cargados de erotismo. Además de autores norteamericanos como Richard Corben, Vaughn Bode o Charles Burns, en sus páginas era posible encontrar a los grandes artistas del cómic europeo y argentino que publicaban en la versión francesa Metal Hurlant, como Moebius (Jean Giraud), Enki Bilal, Caza, Nicole Claveloux etc.; en la española TOTEM, José Luis García; o los de la italiana FRIGIDAIRE, Liberatore, José Muñoz y otros; así como también en FIERRO, de Argentina, con Breccia.
RAW era de entrada una revista más experimental y selecta, lo que se dejaba ver hasta en sus portadas de diseño vanguardista; su fundador era Art Spiegelman, quien se convertiría en autor del libro referente y best seller MAUS. A este magazine se unieron también autores como Robert Crumb, provenientes del UNDERGROUND COMIX, quienes les habían precedido una década antes con publicaciones alternativas que ejercían la contracultura al “American way” dominante. En los dos casos de estas revistas icónicas, la gran calidad de sus historietistas, su capacidad para crear narrativas cortas o extensas y su conciencia de las grandes posibilidades que ofrecía y ofrece el arte nada menor de las historias contadas en dibujos y cuadritos, facilitó que muchos de ellos se convirtieran en afamados novelistas gráficos que hoy llenan las vitrinas y convocan en ferias a miles de seguidores, además de que han hecho escuela en muchos otros más jóvenes de los que, por no abundar demasiado, sólo citaré a los ejemplos notables de Marjane Satrapi (“Persépolis”), Nina Bunjevac (“Patria”), Thomas Ott (“Panopcticum”), y los mexicanos Manuel Ahumada(+) (“El cara de memorándum”), Luis Fernando (“La blanda patria”), Edgar Clement (“Operación Bolivar”).
Gracias a ese giro que Eisner le dio al cómic hace casi 50 años, se desarrolló una nueva vertiente del relato contado con dibujos: la de la “novela gráfica”, un formato narrativo que hoy se practica en todo el mundo y que se abrió paso en las librerías con todo merecimiento, lo que ha hecho posible que hoy la historieta de autor siga encontrando lectores y se mantenga viva, atrayendo al público en su forma impresa.