Historia de unos días escribe Alejandro Páez Varela
"Que Lilly Téllez rehúya sus obligaciones
en el Senado para ir a hablar mal de México
en Estados Unidos tiene todo el sentido".
1. Del centro a la derecha
En fechas recientes escucho, leo y veo con mayor frecuencia a más gente en la oposición que quiere deslindarse del término “ultraderecha”. No es raro, por supuesto, porque a la derecha mexicana le ha costado mucho asumirse como tal. Hoy aplauden a Ricardo Salinas Pliego; retuitean a Lilly Téllez y a Felipe Calderón; llaman a ver TV Azteca y Javier Alatorre es su ideal de periodista; utilizan imágenes religiosas como escenario en sus videos o aplauden a los que las usan; piden a Donald Trump intervenir en suelo mexicano, de preferencia con soldados; sueñan con un Javier Milei o un Nayib Bukele para 2030, pero les molesta que se les vincule con la derecha extrema. No es raro, aunque es extraño.
Contra lo que escucho dentro de la misma izquierda, la ultraderecha mexicana sí está más robusta que nunca. La oposición de derechas se ha debilitado a niveles históricos, y al mismo tiempo ha sucedido otro fenómeno: los frentes conservadores han evolucionado hacia la derecha extrema por pragmatismo, por necesidad de una identidad, porque no se resisten al sueño de llevar a Salinas Pliego a la Presidencia o porque ya no hay manera de seguir fingiendo. Es decir: hay mucha más ultraderecha en nuestros días, que derecha.
Al mismo tiempo, y como parte de la explicación de lo anterior, el centro democrático o centrismo político que supuestamente aboga por el libre mercado, las libertades individuales y la democracia electoral (sin democracia económica ni democracia social) se fue secando en México desde 2018. Muchos de los que se llamaban “de centro” se han visto obligados a brincar al PAN, al PRI o a Movimiento Ciudadano, que es una manera de definirte en la derecha. Y seguramente otros brincarán al nuevo partido de Claudio X. González.
En paralelo a la presión que empujó a muchos del centro a la derecha partidaria, los partidos se movieron aceleradamente hacia la ultraderecha, de tal manera que cualquiera de nosotros puede perfectamente imaginar a Salinas Pliego como candidato presidencial de MC, PRI, PAN y (si existiera) PRD.
Las sobras del perredismo; el núcleo de “padres de la democracia” que vivía del IFE y después del INE; las élites en la UNAM y en la academia en general; los intelectuales y los Claudio X. González, los Lorenzo Córdova, los Dante Delgado, los Enrique Krauze y los Héctor Aguilar Camín, que en algún punto de esta historia se pusieron sacos de pana con parches para aparentar ser progresistas, ahora perfectamente llaman a “la unidad” contra la izquierda y en torno a Salinas Pliego. Brincaron, pues, a la ultraderecha. Y está bien, nadie se los critica. No es raro que lo hagan, aunque ver cuando lo niegan sí resulte extraño.
Y creo que es un error negarlo porque todos, dentro y fuera, saben perfectamente que la oposición mexicana se identifica con la extrema derecha. Si lo niegan, entonces confirman que son hipócritas. En algún momento, Claudio Equis conminaba a toda la oposición a “perderle el asquito” al PRI. Ahora, creo yo, deberían perderle el asquito a la ultraderecha porque ya pagaron ese boleto y de hecho, ya van montados en ese tren.
De otra manera se confirma, y recurro a una cita de Carlos Monsiváis que se hizo tan famosa, que la verdadera doctrina de la derecha y del conservadurismo es la hipocresía. El mismo Monsiváis tenía otra frase genial para explicar ese tránsito del centro a la derecha. Decía, años atrás:
“Desgraciadamente la izquierda actual no es la mejor concebible. La derecha, sí. Es la mejor concebible. Es estúpida, arrogante, atrasada y represiva. Entonces es la mejor derecha concebible porque reúne todos los requisitos del modelo. Y luego está una zona central que nadie habita; en verdad nadie está en el centro. Todos quieren encarnar una utopía que es una actitud progresista […]. Como el voto tiende a ser cada vez más de derecha, dicen: ‘No, la izquierda y la derecha son términos atrasados, hay que buscar uno nuevo’. Y mientras buscan uno nuevo, votan por la derecha”.
2. El orgullo de la izquierda
Permítanme explicar esto sobre la izquierda porque nos permite ahondar en la derecha.
La izquierda mexicana fermentó en una olla muy distinta a todas las versiones en el mundo. ¿Por qué se alejó del internacionalismo? ¿Por qué los intentos por vincularse a la URSS o a China fracasaron o se quedaron en la marginalidad? Algunos académicos y especialistas lo pueden explicar mejor que yo, pero resumo algunas razones que he entendido de leerlos. Una primera es Estados Unidos. Operó en suelo mexicano y persiguió a quien ideológicamente se le opusiera. La corrupta Dirección Federal de Seguridad fue, en tiempos del corrupto PRI, un brazo ejecutor de muchas de las tareas de la corrupta CIA. Pero incluso otros cuerpos policiacos, paramilitares y hasta militares se desempeñaron como aparatos represores de Washington, que dejó claro que no permitiría la influencia de otras potencias en su “patio trasero”, al costo que fuera. Si a eso se le suma que los presidentes de la segunda mitad del siglo XX fueron agentes de la CIA, pues bueno, amarra todo. El internacionalismo no iba a prosperar bajo esa presión.
Pero además hay otras causas que alejaron a la izquierda mexicana de movimientos parecidos. Una poderosa fue nuestra robusta Historia nacional. Con énfasis en la Revolución de 1910, que no nació en una plataforma ideológica, sino en el estómago vacío; que no se condujo con un manual, sino que vino de la imperiosa necesidad de justicia social. Emiliano Zapata fue apenas asesorado por una rama entre anarquista y socialista, y Francisco Villa no, pero ambos han sido personajes más poderosos que muchos que cargaron con ideología, en México y en el mundo.
Francisco I. Madero y Venustiano Carranza eran representantes de la burguesía en el levantamiento popular y ambos fracasaron cuando intentaron imponer intereses de su origen. Recordemos que el primero aplicó la política de “tierra quemada” contra el zapatismo –acabar con cultivos, casas, caminos y alimentos almacenados–; terminó aislado y muerto, el pobre. Carranza, quien era parte de la élite económica, presentó en 1917 una propuesta de Constitución muy parecida a la del dictador Porfirio Díaz que tampoco prosperó.
Es decir: la Revolución fue un caldo espeso dentro de la olla donde se fermentó la izquierda en México. Y fue una inagotable fuente de inspiración futura. No es casualidad que el brutal asesinato de Estado (1962) de Rubén Jaramillo, quien combatió junto al Caudillo del Sur cuando era niño y seguía luchando por tierra y libertad, inspirara a las guerrillas de los siguientes años en México.
Pero además, ese peso de la historia hizo de la izquierda mexicana una izquierda nacionalista. Y eso se proyectó hacia afuera. Pocas figuras políticas en la esfera global resisten de pie frente a Villa, Zapata, Lázaro Cárdenas, Ricardo Flores Magón y sus hermanos o Benito Juárez (y toda lista es injusta y esta lista es, además de injusta, demasiado corta. Me disculpo).
3. El orgullo de ultraderecha
La derecha mexicana, en cambio, siempre ha sido antinacional. Fueron educados para ver a México como un botín y no como su Patria, su hogar único e insustituible. La clase alta previa a la Independencia hablaba de la “madre patria” en referencia a España. El porfirismo se sentía más atraído por el neoclásico francés que por las culturas precolombinas. Las nuevas generaciones de derechas ven al Estados Unidos de Donald Trump como su modelo y su salvación.
Y para creer en Trump –discúlpenme por hacérselos ver– necesariamente se requiere haber tomado al menos el primer curso de derecha extrema. No hay punto medio allí. Y al colegio de la ultra han acudido, lo quieran reconocer o no, empresarios, políticos, medios, periodistas, académicos, comentadores, etcétera.
En la primera hora del curso de derecha extrema se aprende a abrazar la idea de que la humanidad se divide en grupos biológicos jerárquicos; hay que reconocer a las mujeres como seres inferiores que votan porque se les da permiso, pero no pueden disponer de su cuerpo porque le pertenece a un ser que, porque es varón, es superior. Hay que ver a los migrantes como invasores y abrazar el individualismo. Eso es Trump. Hay que rechazar la idea de sociedades que progresan por el esfuerzo colectivo: todo se debe agradecer, según esa visión, a la destreza de ciertos individuos, no todos.
Que Lilly Téllez rehúya sus obligaciones en el Senado para ir a hablar mal de México en Estados Unidos tiene todo el sentido. Que Ricardo Salinas Pliego promueva no pagar impuestos y diluir al Estado, también. Felipe Calderón no optó por el exilio en Estados Unidos porque nadie lo invitó y porque seguramente teme a que lo detengan por sus nexos con el narcotraficante Genaro García Luna, pero plácidamente se incorporó a la diáspora que se esconde en el caldo rancio del conservadurismo madrileño. Porfirio Díaz huyó a Francia y su Secretario de Hacienda, José Yves Limantour Marquet, murió muy rico en París. Todo conecta. Es una ideología y hay congruencia en ello. ¿Por qué se avergüenzan?
Quizás el sinarquismo y sus limitadas ramificaciones fue el único movimiento de derechas, ya entrado el siglo XX, que intentó ser nacionalista, pero muy a su modo: era de corte nacionalista-católico. Raro. Era antisemita. Se oponía a los gobiernos revolucionarios y al socialismo, y no porque le guiñara el ojo a Estados Unidos, sino porque promovía un orden social extraído de la tradición católica. Pero, en general, desde siempre, los conservadores de hace 200 años como los ultraderechistas de hoy destacan por su antinacionalismo.
Hoy molesta a muchos –incluso a periodistas e intelectuales– que se les llame ultraderechistas, aunque maman del extremismo de derechas de muchas maneras: algunos son hasta empleados de Salinas Pliego. No deberían molestarse, pero no deja de ser muy llamativo. A alguien de derechas no le gusta que le llamen de derechas, nunca; menos de ultraderechas. En la izquierda, en cambio, alguien podría invitar un trago a otro en agradecimiento por ser considerado de ultra izquierda.
No me hagan mucho caso, pero debería ser más honesta la gente de la oposición que quiere deslindarse del término “ultraderecha”. Debería quererse más. Yo voto izquierda y me gusta ser de izquierda. Ustedes deberían sentirse orgullosos de su largo camino de dos siglos; de lo que han logrado hasta aquí.