El nuevo rey

El nuevo rey
Alejandro Páez Varela
Historias de unos días

Historia de unos días escribe Alejandro Páez Varela 

"Salinas Pliego ha llevado a la oposición a un nuevo nivel, dentro del abismo. Son tiempos de gloria para el que lanzan más escupitajos".

Su manera de comunicar ha evolucionado estos últimos pocos años. Abandonaron las ideas y abrazaron los escupitajos. Me imagino que el formato del escupitajo es conveniente porque es corto, está disponible casi de inmediato y viene desde muy adentro. No necesita reflexión, análisis, lecturas o buenas costumbres: es un escupitajo. Se comparte con facilidad y, además, para quienes gustan de las últimas tendencias, está de moda. No importa si se miente, se maldice y requiere sinónimos más hirientes para palabras que son, de por sí, hirientes. El objetivo es simple: ofender, tocar fibras sensibles, manchar, tiznar, enlodar y, de alguna manera, desahogarse. Y por si fuera poco, no requiere oportunidad o motivo y libera las toneladas de rabia que se van acumulado.

Las recientes oleadas de odio político ya no buscan la sutileza. Te difamo, luego lanzo las ratas a que te muerdan los tobillos y te inmovilices mientras hago viral la difamación. Me estorbas, te destruyo. Es la cultura de la cancelación como herramienta contra los adversarios políticos.

Y este odio convertido en escupitajo es un chapopote espeso con el que se pintan paredes, redes sociales, periódicos y, sobre todo, la televisión privada. Y la televisión feliz de servir para algo. Después de ponerse a las órdenes del PRI y luego del PAN en un baile que duró décadas –y que no fue gratis–, la industria televisiva no evolucionó hacia un contenido mejor. Era esperar mucho. Evolucionó hacia su propia degradación. Y se ha ganado su premio: es la peor televisión privada de la historia contemporánea en México. La televisión está convertida en una herramienta de las redes sociales; sirve para hacer videos cortos porque pocos –los secuestrados por la televisión abierta– son los que siguen atendiendo lo que dicen sus noticieros.

Y son muchos los que abrazan el formato corto del escupitajo: periodistas, intelectuales, académicos, articulistas y políticos. Es el camino más corto hacia el abismo y les sabe bien. Hay hasta una competencia para ver quién escupe más odio, más mentiras, más degradación. Y las tribus orgánicas que acompañan lo que dicen se han vuelto más agresivas junto con ellos. Menos inteligentes, menos sofisticados, los que replican escupen hacia todas partes y escupen, claro, hacia arriba.

¿Cómo fue que la oposición mexicana brincó hacia el formato del escupitajo? ¿Por qué se sienten las redes –y es más notorio en X– cada vez más rabiosas y escatológicas? Es consecuencia de muchas cosas. Es pérdida de la imaginación, por supuesto, pero es más de fondo. Es la desesperación porque el proyecto que les quitó las plumas del nido no da señales de resquebrajarse y la luz a final del túnel es otro tren que viene a lo lejos, después de que dos ya les pasaron encima.

Es desesperación y es frustración. Son siete años en los que han ido perdiendo casi todas las variables del robusto y generoso aparato político y administrativo de México. Han perdido poder e ingresos y en su lógica, ¿qué es un individuo sin poder y sin dinero? Nada. Han ensayado muchas fórmulas, desde Ricardo Anaya y José Antonio Meade hasta Xóchitl Gálvez, y todas son perdedoras. No tienen líderes. Entonces el formato corto del escupitajo parece, al menos, una buena reacción por ahora.

Es desesperación, es frustración y es, por encima, Ricardo Salinas Pliego. La oposición ha decidido regresarse a las cavernas. Confían su suerte a un tumor de esta sociedad, a un radical de ultraderecha, a un misógino identificado como tramposo; confía su suerte a un deudor fiscal que acumula demandas por no pagar sus obligaciones; confían en un individuo de mala entraña. Esa es su esperanza. De allí sacan su fuerza. Y de allí viene este nuevo formato que sustituye todo lo que han probado antes: el escupitajos.

Y como no hay un proyecto de Nación, más escupitajos. Y como su imagen se vincula al México más podrido, más escupitajos. La gente les dijo NO por tramposos y rateros: no les importa: más escupitajos. Y Salinas Pliego no les ha obligado a nada: se transforman gustosos en él. Los que no eran se vuelven chuecos, ofensivos, de mala entraña. Escupir odio en redes, como él, es su nuevo normal. Muchos ya habían tomado cursos de escupitajo antes; esto se los facilitó. Otros han escupido odio toda su vida: se sumaron con gusto.

Los cerdos jalaron la granja entera al chiquero. Y aplauden como si fuera una gran hazaña. Aplauden periodistas, intelectuales, académicos, articulistas, y políticos viejos y nuevos. ¡Que viva el escupitajo!, gritan.

Salinas Pliego ha llevado a la oposición a un nuevo nivel, dentro del abismo. Son tiempos de gloria para el que lanzan más escupitajos.

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Muchos de los nuevos acólitos de la secta de Ricardo Salinas Pliego vienen de un sector que se llamaba a sí mismo “de centro democrático”. Algunos ya eran empleados del empresario en alguna de sus compañías, y otros se han sumado en los últimos dos años. Los de “centro” eran felices con el nivel de compromiso social que tenían. Opinaban de democracia y libertad en tertulias de Valle de Bravo o de Polanco; se consideraban “demócratas liberales” y comían fruta orgánica y compraban ropa que juraba no provenir de fábricas de niños-esclavos en Asia o en América Latina.

Eran individuos que de vez en cuando donaban a, por ejemplo, Greenpeace; que veían en Mexicanos contra la Corrupción un “esfuerzo empresarial” para salvar a México y no como un grupo de presión. Que hubieran dado todo porque el USAID los volteara a ver y apoyaban a María Corina Machado. Abrazaban a Barack Obama y condenaban a Donald Trump. Soñaban con la ciudadanía europea o estadounidense y aspiraban a una o varias becas del Estado mexicano para educar sin costo a sus hijos en el extranjero. Eran una élite sobrada de buenos consejos para todos. Consejos sabios. Una élite que siempre, de alguna u otra manera, sacaba dinero del Estado para vivir bien.

Muchos de ellos se educaron acá y viajaron por años al extranjero con dinero del Estado o –para ellos es lo mismo– de las farmacéuticas o de otras industrias poderosas. Algunos viven en Houston o en Nueva York y, claro, cuando ven hacia México creen que lo saben todo. Hablan de “800 mil muertos por COVID”, retuitean a Felipe Calderón desde sus departamentos en algún barrio de clase media estadounidense y sueñan con que sus hijos repiten su hazaña: el sector público los educa, el sector privado los usa, y ellos dan lecciones desde el extranjero de cómo se ve México y qué hay que hacer para salvarlo de las garras del comunismo. Se quejan de la izquierda mexicana y añoran un Presidente como Enrique Peña Nieto, un corrupto lo suficientemente débil como para manipularlo.

Ahora ya no hay dinero fácil, entonces se esfuerzan para ser los que escupen más lejos. Escupitajos de odio, de enojo, de frustración, de desesperación. Preferirían no escupir y sólo vivir del Estado, pero, ni modo, su jefe escupe y ellos deben escupir también. Su jefe ama a Donald Trump y le vale Corina Machado y ellos lo replican en silencio. Su jefe se lanza a las redes sociales con canastas llenas de suciedad y ellos salen a lanzar suciedad también. Y van en un tobogán que se lubrica con escupitajos, y estiran la mano hacia afuera para ver a quién arrastran. Quisieran que todos fueran con ellos. Quisieran que ustedes y yo también fuéramos en su tobogán de escupitajos; que fuéramos como ellos: corruptos y acomodaticios. Y son inteligentes y saben que son corruptos y acomodaticios, pero prefieren odiar y culpar a otros por las malas decisiones que tomaron en su vida.

Se deslizan en el tobogán hacia el abismo que la secta Salinas Pliego pinta como el mundo ideal y que no es el mundo ideal y ellos lo saben, empezando con que el señor no paga impuestos y a ellos les gusta vivir de los impuestos. Pero el odio es tanto; la desesperación y la frustración son tantas, que se repiten a sí mismos que el miserable que ahora es su jefe; el tumor de una sociedad que vivió enferma de tumores; que “don Ricardo” es guapo, es educado, es generoso y es inteligente, y tiene el mejor plan para rescatar a México de “los zurdos de mierda”… aunque ellos, los del viejo polo de “centro democrático”, se consideraron a sí mismos “de centro-izquierda” en algún punto de sus vidas, cuando era la moda para vivir bien del Estado mexicano y no de los escupitajos.

Y más abajo, en esa estructura de la secta Salinas Pliego, está un grupo que cree que hace carrera. Son periodistas que no conocen una Redacción, influencers, articulistas, cartonistas que se deslumbran con una invitación, académicos, petulantes que se ven a sí mismos como intelectuales. Son los tontos útiles: individuos llenos de odio que reciben aplausos porque se atreven a escupir al otro en la cara y lo confunde con valentía; que recurren al engaño; que aplauden la infamia y que le sirven a los que están más arriba (en todos los sentidos) que ellos: los que, mucho más inteligentes, los hacen salivar para que sigan escupiendo.

En el pasado, los tontos útiles recogían desechos debajo de la mesa. Ahora viven con la promesa de que las sobras del patrón caerán, en algún momento, cuando “los zurdos de mierda” se hayan retirado. Esperan una retribución y mientras, se enamoran del formato del escupitajo porque es corto, no necesita reflexión, análisis, lecturas o buenas costumbres; porque no importa si se miente o se maldice porque su objetivo es tan simple como cobarde: ofender, tocar fibras sensibles, manchar, tiznar, enlodar y, de alguna manera, desahogarse.

Ya no hay proyecto de Nación, pero quedan los escupitajos. Creen que son la vanguardia, que son influyentes porque escupen a mil por hora en las redes sociales. Ilusos. No saben lo efímero que es su nuevo proyecto político, aunque no sea del todo inofensivo: a cualquiera de nosotros le basta con salirse de X o de otras redes para que ellos, simplemente, dejen de existir.

 

@paezvarela