A 25 años del 11S: La cámara poblana que estuvo en el corazón de la tragedia en Nueva York

A 25 años del 11S: La cámara poblana que estuvo en el corazón de la tragedia en Nueva York
Guadalupe Guarneros
11S Nueva York Estados Unidos Entrevistas

La historia de Edgar Torrentera el reportero que cubrió el 11 de septiembre 

Hay imágenes que un periodista puede guardar durante años, pero que difícilmente logra olvidar.

Para Edgar Torrentera Fierro, una de ellas es la de un lugar que había visto apenas unos meses antes lleno de vida y que, el 11 de septiembre de 2001, encontró convertido en polvo, humo y escombros.

Hoy, 25 años después de los atentados terroristas contra las Torres Gemelas de Nueva York, el camarógrafo poblano todavía recuerda aquel momento con una mezcla de nostalgia, orgullo, emoción y tristeza.

Casi tres décadas detrás de una cámara le han permitido documentar conflictos sociales, acontecimientos políticos, desastres naturales y algunas de las historias más dolorosas de México. Sin embargo, aquella cobertura ocupa un sitio distinto en su memoria.

No fue solamente el viaje profesional más inesperado de su carrera. Fue también una experiencia que, asegura, cambió para siempre su manera de ver el mundo.

“Tuve la fortuna de cubrir los atentados. Es algo muy importante para mí y para la historia, ya que fue algo que dejó huella a nivel mundial y que impactó al mundo”, recuerda.

Una orden inesperada

La mañana del 11 de septiembre de 2001, Torrentera se encontraba trabajando en una cobertura del entonces gobernador de Puebla, Melquiades Morales, en el edificio de El Carolino.

Nada hacía pensar que horas después estaría preparando una maleta para viajar a Estados Unidos.
Aproximadamente a las 11:30 de la mañana recibió el aviso: había sido seleccionado para cubrir los atentados en Nueva York.

La instrucción era regresar a su casa, tomar una maleta y volver al canal para recibir indicaciones.

La decisión había sido tomada por su jefe, el comunicador Juan Carlos Valerio. Junto con el reportero Alejandro Rodríguez, Torrentera recibió la encomienda de viajar hasta el lugar de la tragedia para comenzar a documentar lo que estaba ocurriendo.

El anuncio fue tan repentino que ni siquiera su familia creyó inicialmente que el viaje fuera real.

“Y así comienza la aventura, llego a casa y le digo a mi esposa que me voy a New York y se empieza a reír pensando que solo estaba jugando, pero cuando vio que empecé a guardar ropa, pues ya se le borró la sonrisa”.

No había tiempo para preparar demasiado. Torrentera tomó una cámara Betacam, una cámara Hi8 y emprendió el viaje prácticamente sin presupuesto ni viáticos autorizados.

Lo que sí llevaba era el instinto periodístico, adrenalina y una misión concreta: llegar hasta Nueva York y buscar a los poblanos que pudieran estar entre las víctimas o sobrevivientes de la tragedia.

“Los gastos ya vendrían después. Lo importante era llegar”, recuerda.

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Buscar a poblanos en medio de la tragedia

Los atentados del 11 de septiembre fueron una serie de cuatro ataques suicidas coordinados en Estados Unidos por la red yihadista Al Qaeda.

Diecinueve terroristas tomaron el control de cuatro aviones comerciales. Dos de ellos fueron estrellados contra las Torres Gemelas del World Trade Center, provocando el derrumbe de ambos edificios; un tercero impactó contra el Pentágono, sede del Departamento de Defensa de Estados Unidos, y el cuarto cayó en un campo abierto de Pensilvania después de que los pasajeros intentaran recuperar el control de la aeronave.

Murieron 2 mil 977 personas, sin contar a los 19 terroristas, y más de 6 mil resultaron heridas.
Pero para Torrentera, detrás de esas cifras había nombres, familias y rostros.

La cobertura para TV Azteca tenía una encomienda especial: localizar a los poblanos que se encontraban en Nueva York.

“New York está invadida de poblanos. Más de un millón de poblanos en aquella época estaban allá”, relata.

Encontrarlos no fue sencillo. Muchos de los paisanos que habían sobrevivido a los ataques abandonaron la zona en medio del caos y buscaron refugio, además del temor que tenían de encontrarse con autoridades migratorias.

La ciudad estaba paralizada y la información era escasa. Para los periodistas, encontrar una historia significaba recorrer calles, preguntar, buscar contactos y tratar de reconstruir lo ocurrido a partir de los testimonios.

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“Llegué a las Torres y ya no había Torres”

Uno de los recuerdos que más permanece en la memoria de Torrentera ocurrió cuando finalmente llegó a la zona donde habían estado las Torres Gemelas.
Meses antes había estado ahí.

En mayo de 2001, había visitado Nueva York e incluso cenado con compañeros de trabajo en el restaurante Windows on the World, ubicado en una de las torres.
Por eso, regresar después de los atentados tuvo un significado todavía más fuerte.

El mismo lugar que había conocido meses atrás había desaparecido.

“Llegué a las Torres y ya no había Torres, solo había polvo, humo... La impresión que sentí es algo que se quedó en mí para toda la vida”.

La magnitud de la tragedia, explica, solamente podía dimensionarse realmente cuando se había tenido la oportunidad de conocer las Torres Gemelas y observar directamente lo que quedó después de su derrumbe.
El humo y el polvo permanecieron durante semanas.

Torrentera recuerda que aproximadamente tres meses después de la tragedia comenzó a despejarse el ambiente. Cerca de 90 días tuvieron que pasar para que pudiera verse con mayor claridad el lugar donde alguna vez estuvieron los dos enormes edificios.

Un poblano bajo sospecha

El viaje hacia Estados Unidos también dejó una anécdota que, con el paso de los años, Torrentera recuerda entre risas.

En medio de la travesía tuvo que realizar diferentes escalas antes de llegar a Nueva York. En el aeropuerto de San Diego comenzó a notar que las cámaras de seguridad y los elementos de vigilancia seguían sus movimientos.

En ese momento no le dio demasiada importancia.

Hasta que fue detenido.

Su apariencia tampoco ayudaba. Tenía una barba pronunciada y, debido a sus facciones, los agentes de seguridad consideraron que podía resultar sospechoso.

Entre los elementos que lo interceptaron había agentes del FBI. Torrentera fue llevado a una zona especial del aeropuerto, donde fue sometido a una revisión y a una serie de cuestionamientos sobre su procedencia y el motivo de su viaje.

El contexto no para menos. Los atentados acababan de ocurrir y los controles de seguridad en los aeropuertos estadounidenses habían aumentado considerablemente.

Por algunos minutos, el camarógrafo poblano tuvo que demostrar que no era un terrorista.

Las llamadas realizadas a sus superiores en Puebla y sus credenciales finalmente permitieron comprobar que era periodista y que viajaba como corresponsal para cubrir los acontecimientos.

Después de la revisión, los agentes lo dejaron en libertad. La experiencia quedó como una de esas historias que solamente puede contar alguien que estuvo ahí.

“Reportero sin suerte no es reportero”, dice Torrentera entre sonrisas.

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Hacer periodismo sin redes sociales

Llegar a Nueva York era apenas el comienzo. Había que conseguir información, encontrar a los poblanos, grabar testimonios y, sobre todo, hacer llegar el material hasta Puebla.

Hoy, una fotografía o un video pueden enviarse desde cualquier teléfono en cuestión de segundos. En 2001, la realidad era completamente diferente.

Las redes sociales todavía no formaban parte de la vida cotidiana. El internet era mucho más lento y las comunicaciones en la zona del desastre estaban severamente afectadas.

El teléfono, la electricidad y otros servicios no funcionaban con normalidad.

Enviar una imagen desde Nueva York hasta Puebla requería de una infraestructura tecnológica mucho más compleja, que incluía redes privadas de telecomunicaciones, enlaces satelitales y las primeras tecnologías de internet.

Para información que no requería tanta rapidez podían utilizarse redes de datos por conmutación y las primeras conexiones de banda ancha. En casos extremos era necesario recurrir a enlaces satelitales.

Torrentera encontró una solución gracias a colegas de TV Azteca que se encontraban en Estados Unidos.

Les ofrecieron un intercambio de material gráfico por facilidades para enviar la información hasta México.
Así pudieron mantener el flujo de imágenes y testimonios.

Aproximadamente 10 días después de la tragedia llegaron antenas terrestres que permitieron enviar la información hacia los satélites y posteriormente hacerla llegar a México y Puebla.

Quince días entre periodistas y un mes de cobertura

Durante la cobertura, Torrentera coincidió con otros periodistas mexicanos que llegaron a Nueva York para documentar la tragedia. Entre ellos recuerda especialmente a Alberto Tinoco Guadarrama, quien en aquel entonces era un joven reportero y que posteriormente se convertiría en un reconocido periodista y documentalista de naturaleza.

También estuvo su camarógrafo, Constantino Arizmendi, además de otros compañeros con quienes compartieron la travesía informativa.

Durante aproximadamente 15 días convivieron prácticamente juntos, unidos por una misma responsabilidad: contar lo que estaba ocurriendo. Documentaron testimonios de afectados, sondeos, las labores de búsqueda, el levantamiento y retiro de escombros y la limpieza de la zona.

La cobertura completa de Torrentera se extendió durante un mes.

Fue un mes de recorrer una ciudad herida, buscar historias entre el caos y tratar de explicar desde una cámara lo que estaba ocurriendo en uno de los momentos más difíciles de la historia contemporánea.

La acreditación para entrar a la Zona Cero

Para poder acercarse a los sitios donde se desarrollaban las labores posteriores a los atentados también tuvieron que cumplir con un proceso especial. Otros reporteros les explicaron que debían acercarse a un punto conocido como “Police Place”, donde podían solicitar la acreditación como enviados especiales.

Las acreditaciones eran otorgadas en la zona de desastre por un cuartel de la policía y del ejército estadounidense. Con ellas, los periodistas pudieron ingresar a lugares restringidos y documentar directamente las consecuencias de los ataques.

Para Torrentera, tener una cámara en ese sitio implicaba una enorme responsabilidad, no solamente estaba registrando edificios destruidos, estaba registrando el dolor de personas que habían perdido a familiares, trabajadores que intentaban recuperar la normalidad y una ciudad que comenzaba a reconstruirse sobre los restos de una tragedia.

Regresar para no olvidar

La historia de Edgar Torrentera con el 11 de septiembre no terminó cuando regresó a Puebla. Después de aquella primera cobertura, tuvo la oportunidad de regresar año con año en cada aniversario de los atentados.

Su objetivo era documentar la evolución de la Zona Cero: cómo avanzaba el levantamiento de los escombros, cómo cambiaba el lugar y cómo Nueva York comenzaba a reconstruirse.

Con su cámara fue registrando el paso del tiempo.
El polvo dio paso a nuevas construcciones, los escombros comenzaron a desaparecer y poco a poco, aquel enorme vacío comenzó a transformarse.

Una vida detrás de una cámara

A lo largo de casi 30 años en el periodismo, Edgar Torrentera Fierro ha tenido la oportunidad de estar presente en distintos momentos que han marcado la historia reciente.

Ha cubierto acontecimientos políticos en Puebla y ha acompañado el paso de diferentes presidentes de México y gobernadores del estado. Ha estado frente a desastres naturales, como las severas inundaciones en Tabasco.

También documentó de cerca el problema de los feminicidios en Ciudad Juárez durante la época de las llamadas “Muertas de Juárez”.

Ha acompañado a migrantes que intentan cruzar el río Bravo en busca de una vida diferente y que, en ocasiones, ven cómo ese sueño se detiene frente a la frontera.

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Su cámara ha estado en lugares donde muchas personas preferirían no estar pero para un periodista, estar ahí significa contar.

Y entre todas esas historias, hay una que sigue teniendo un peso diferente. La del 11 de septiembre.

“Se me quedó grabado para toda la vida”.

Veinticinco años después, Edgar Torrentera todavía habla de aquella cobertura con la misma emoción.
No recuerda solamente las imágenes.

Recuerda a quienes buscaban a sus familiares, a quienes nunca regresaron a casa, el silencio después del ruido, el polvo, las Torres que había visto meses antes y que, cuando volvió, ya no estaban, la responsabilidad de haber sido uno de los periodistas poblanos que estuvieron ahí para contar aquella historia.

“Es algo que se me quedó grabado para toda la vida... A 25 años sigo con el sentir, con la tristeza de la gente que no volvió a ver a sus familias. Mis condolencias y oraciones a 25 años siempre estarán con ellos”.

Su historia es también la de una generación de periodistas que tuvo que hacer cobertura en un mundo sin redes sociales, sin teléfonos inteligentes y sin la posibilidad de transmitir una imagen en cuestión de segundos.

Una generación que, para llegar hasta una zona de desastre, llevaba una cámara, cintas, teléfonos y muchas veces más dudas que certezas.

Edgar Torrentera llevó además algo que no aparece en ninguna ficha técnica de una cámara: el instinto de contar una historia.

Y 25 años después, cuando vuelve a mirar aquellas imágenes, la memoria lo lleva nuevamente a Nueva York. A ese lugar donde alguna vez estuvieron las Torres Gemelas, a esa ciudad cubierta de polvo y humo, a aquella tragedia que cambió al mundo y a aquel periodista poblano que salió de casa el 11 de septiembre de 2001 sin saber exactamente lo que encontraría, pero con la certeza de que tenía que estar ahí para contarlo.