Parabólica escribe Fernando Maldonado
En el caso Romero, nada es casual. Y cuando aparece un nombre como el de Rodolfo Pérez Velázquez, menos.
La aparición del abogado de Francisco Garduño, ex titular de Migración en este conflicto —que ya de por sí huele a pólvora política— no es un dato menor. Es, en realidad, el indicio más claro de que la disputa por la herencia de más de 600 millones de dólares dejó de ser un litigio familiar para convertirse en un campo de batalla donde se cruzan intereses económicos, vendettas personales y, sobre todo, poder político.
Pero conviene bajar el mito a la realidad.
Pérez Velázquez no llega como salvador de causas ni como estratega infalible. Llega como lo que es: un oportunista de alto nivel, de esos que huelen el dinero y el conflicto desde lejos, y que suponen que por venir de las grandes ligas pueden imponer condiciones en cualquier plaza.
Tehuacán, para él, parecía una plaza menor.
Un territorio donde —según su lógica— podía llegar, imponer narrativa, intimidar a funcionarios, sobajar a autoridades locales y convertir un litigio en un espectáculo a su medida.
Como si viniera a conquistar, pues. Como si esto fuera una tierra sin ley.
Como Hernán Cortés moderno, listo para colonizar el conflicto, apropiarse del discurso y salir fortalecido.
El problema es que la realidad no le respondió igual.
En su primer movimiento, en su primera gran aparición, el operador incómodo no brilló: se exhibió.
El pasado 15 de abril, el juez de la causa dictó la vinculación a proceso de los imputados y fijó un plazo de tres meses para la investigación complementaria. Se impusieron medidas cautelares: firma periódica —quincenal para el notario Ramiro Rodríguez Maclub y mensual para Estela Romero—, además de la entrega de pasaportes y documentación notarial.
Y no solo eso.
En esa misma audiencia, la defensa fue sancionada por alterar el orden público.
Sí, sancionada. Multada. Exhibida.
El debut del supuesto operador de alto nivel terminó no con un golpe maestro, sino con un jalón de orejas institucional.
El error no fue solo jurídico.
Fue de forma. Fue de actitud. Fue de soberbia.
Porque mientras el proceso avanzaba, desde su entorno se impulsaba una narrativa en redes sociales donde prácticamente se anunciaba su llegada como si fuera la del conquistador. Como si viniera a “poner orden”. Como si el caso ya estuviera resuelto desde su escritorio.
Demasiado ruido. Sobrada arrogancia.
Y prisa por capitalizar un conflicto que apenas comienza.
Y eso, en política y en tribunales, suele salir caro.
Porque este no es solo un expediente. Es un campo minado.
Por un lado, una Fiscalía encabezada por Idamis Pastor Betancourt que decidió actuar —de pronto y con contundencia— en un caso que llevaba años congelado. Por otro, una dirigente estatal de Morena, Olga Lucía Romero Garci-Crespo, directamente vinculada al origen del conflicto.
Y ahora, en medio de ese tablero, un abogado que apostó a que podía llegar, imponer condiciones y doblar el proceso desde el primer día.
No ocurrió.
Ahora tiene tres meses para intentar recomponer.
Un trimestre para demostrar que su fama no es solo marketing.
Un plazo perentorio para sostener en tribunales lo que en redes intentó vender: una victoria anticipada.
Pero también son tres meses para la Fiscalía.
Tres meses para demostrar que no actuó con prisa, que la carpeta está bien integrada y que no será desarmada por errores básicos.
Porque si eso ocurre, entonces sí: el oportunista encontrará su momento.
Y entonces el ridículo inicial se convertirá en ofensiva.
Mientras tanto, otro actor mandó un mensaje claro.
El Poder Judicial.
Un poder que —según versiones que corren en pasillos— habría sido objeto de presiones, intentos de negociación y ofrecimientos económicos para cerrar el caso anticipadamente.
Si eso es cierto, la respuesta fue contundente:
No.
Hoy, al menos en este episodio, el mensaje es que el juzgador no se dobla.
Pero eso no garantiza el desenlace.
Porque en esta historia nadie juega limpio del todo.
Aquí todos miden, negocian, presionan… y esperan.
Este caso apenas comienza su segunda vida.
Y lo que está en juego no es solo una herencia.
Es poder.
Es control.
Es reputación.
Y también, egos.
Porque al final, más allá del dinero, hay algo que pesa igual o más: quién logra imponerse.
Y quién termina exhibido.
Por ahora, el supuesto conquistador llegó… y tropezó.
Falta ver si se levanta.
O si Tehuacán le recuerda que no todo territorio se deja colonizar.
@FerMaldonadoMX