Nelson Mandela, el hombre que luchó en silencio

Nelson Mandela, el hombre que luchó en silencio
Jatzume Hernández de García
Jat escribe

Jat escribe por Jatzume Hernández Romero 

 “La educación es el arma más poderosa

que puedes usar para cambiar el mundo”.

¿Qué pensarían ustedes si salieran de prisión después de 27 años por luchar a favor de los derechos de otras personas? ¿Buscarían venganza? ¿Caerían en la depresión? O, por el contrario, ¿continuarían la lucha sin odio y sin recurrir a la violencia?

Estoy segura de que más de la mitad pensó: “me vengaría”. Sin embargo, Nelson Mandela tenía una filosofía muy distinta a la de la mayoría de las personas, y todo estaba relacionado con la manera en que entendía la vida. Déjame te cuento.

Nelson Mandela nació en Sudáfrica con el nombre de Rolihlahla Mandela, que en su lengua puede interpretarse como “alborotador” o “el que causa problemas”, y quizá el destino le hizo honor a ese nombre. Desde joven se involucró en la lucha contra la injusticia racial que imperaba en su país.

Fue abogado, activista y político sudafricano que dedicó gran parte de su vida a combatir el sistema de segregación racial conocido como apartheid.

Precisamente esa lucha fue la que lo llevó a pasar casi tres décadas en prisión. Sin embargo, durante ese tiempo decidió aprender afrikáans, una lengua germánica derivada del neerlandés y hablada principalmente por los afrikáneres, grupo de ascendencia europea que dominaba el régimen que lo encarceló. Su objetivo era entender a quienes consideraba sus adversarios y poder dialogar con ellos en el futuro.

Pero lo más sorprendente es que, aun estando condenado a cadena perpetua, nunca dejó de pensar en el mañana.

Durante su encarcelamiento estudió Derecho mediante un programa a distancia de la Universidad de Londres. Además, participó en la creación de lo que los propios presos llamaron la “Universidad de Robben Island”, un espacio de enseñanza informal donde compartían conocimientos de historia, política, economía y otras disciplinas.

Y quizá lo más importante fue que jamás abandonó su espíritu de lucha. Organizó a los presos políticos para exigir mejores condiciones de vida y, con el tiempo, inició conversaciones secretas con representantes del gobierno para buscar el fin del apartheid.

Cabe destacar que se le ofreció la libertad condicional en seis ocasiones, pero rechazó cada una de ellas porque implicaban aceptar condiciones que contradecían los principios de su movimiento. Para Mandela, obtener la libertad individual mientras su pueblo seguía oprimido no era una verdadera libertad.

No fue sino hasta 1990 cuando salió de prisión de manera incondicional, gracias a una combinación de presión internacional, cambios políticos dentro de Sudáfrica y largas negociaciones. No salió como un hombre derrotado, sino como una figura capaz de conducir el diálogo que terminaría transformando a su país.

En 1993 recibió el Premio Nobel de la Paz por su contribución al fin pacífico del apartheid, y un año después se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica.

Durante su mandato continuó promoviendo la igualdad y la reconciliación. Su mensaje era sencillo pero poderoso: todos eran sudafricanos. Pudo haber utilizado el resentimiento para dividir aún más a una nación marcada por décadas de injusticia, pero eligió un camino diferente. Demostró que la grandeza no consiste en vencer al enemigo, sino en construir un futuro donde nadie tenga que ser enemigo de nadie.

Finalmente, falleció el 5 de diciembre de 2013, a los 95 años, en su casa de Johannesburgo, debido a complicaciones derivadas de una infección pulmonar recurrente.

CURIOSIDADES

Existe un poema que Mandela leía con frecuencia para mantenerse fuerte durante sus años de prisión. Se trata de "Invictus", de William Ernest Henley:

De la noche que me cubre,

negra como el abismo de polo a polo,

doy gracias a los dioses que pudieran existir

por mi alma inconquistable.

En las garras crueles de las circunstancias

no me he lamentado ni he gritado.

Bajo los golpes del destino

mi cabeza sangra, pero no se inclina.

Más allá de este lugar de ira y lágrimas

acecha el horror de la sombra,

y aun así la amenaza de los años

me encuentra y me encontrará sin miedo.

No importa cuán estrecha sea la puerta,

ni cuán cargado de castigos esté el pergamino,

soy el dueño de mi destino,

soy el capitán de mi alma.

De forma cariñosa se le conocía como “Madiba”, nombre de su clan y una forma de respeto y afecto utilizada por su pueblo.

También solía decir: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”, una frase que llevó a la práctica incluso en los momentos más difíciles de su vida.

Nelson Mandela fue un hombre de convicciones firmes, cuya historia debería servirnos de ejemplo no sólo para la vida cotidiana, sino también para enfrentar los conflictos con inteligencia, paciencia y humanidad.

Transformó la intolerancia en reconciliación, el rencor en diálogo y el sufrimiento en una oportunidad para construir un país mejor. Quizá esa sea la mayor enseñanza que nos dejó: que la verdadera fortaleza no está en devolver el golpe, sino en tener el valor de romper el ciclo del odio.

@Jatzume1