Las madres que cambiaron flores por fichas de búsqueda

Las madres que cambiaron flores por fichas de búsqueda
Jatzume Hernández de García
Jat escribe

Jat escribe por Jatzume Hernández Romero

La voz de los desaparecidos sigue vigente

Hay cifras que uno escucha y procesa como números. Las lee, las repite y siguen su camino. Pero hay otras que pesan distinto, porque detrás no hay estadísticas: hay sillas vacías, habitaciones intactas, cumpleaños sin festejo y madres que un día salieron a buscar a sus hijos y nunca pudieron regresar a la vida que tenían antes.

Puebla, de acuerdo con cifras oficiales del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, suma cientos de reportes cada año. Solo en los primeros meses de este año ya se hablaba de decenas de personas que continúan sin aparecer. A nivel nacional, la cifra supera las 130 mil personas desaparecidas. Ciento treinta mil. Es una cantidad tan grande que parece imposible imaginarla. Pero lo verdaderamente complicado no es el número: es entender que para muchos colectivos las cifras oficiales no cuentan toda la historia.

Y ahí comienza una de las discusiones más incómodas: la diferencia entre lo que dice el gobierno y lo que sostienen las familias buscadoras.

Porque mientras las autoridades hablan de registros, categorías y actualizaciones de bases de datos, colectivos como Voz de los Desaparecidos en Puebla señalan otra realidad: casos que no aparecen, expedientes mal clasificados y personas que cambian de estatus en el sistema. Desaparecidos que pasan a convertirse en “no localizados”.

La diferencia puede parecer una palabra. Solo una. Pero una palabra cambia recursos, atención y hasta percepción pública.

Las familias llevan años denunciando que los números no cuadran. Que la realidad que ven en reuniones, marchas y búsquedas es mucho más grande que la que muestran los informes.

Y quizá lo más doloroso es que muchas veces ellas mismas terminaron haciendo el trabajo que correspondía al Estado.

Aprendieron a leer expedientes sin haber estudiado derecho. Entendieron procesos forenses sin ser especialistas. Se volvieron investigadoras, rastreadoras y buscadoras sin haberlo pedido jamás.

María Luisa Núñez Barojas lo conoce mejor que nadie. La fundadora del colectivo Voz de los Desaparecidos en Puebla comenzó la búsqueda de su hijo Juan de Dios y, como ocurre con muchas madres, el camino individual terminó convirtiéndose en una causa colectiva.

Porque cuando el dolor encuentra a otra madre con el mismo vacío, algo cambia.

Y así nacieron muchas de las mujeres que hoy recorren terrenos, pegan fichas, marchan y sostienen fotografías bajo el sol.

Lo más fuerte es pensar que nadie soñó con esta vida.

Ninguna niña dijo alguna vez: “Cuando sea grande quiero convertirme en madre buscadora”.

La violencia las puso ahí.

La ausencia las puso ahí.

La indiferencia también.

Y por eso cada año el 10 de mayo adquiere un significado distinto.

Mientras para muchos representa flores, restaurantes y celebraciones, para miles de mujeres en México la fecha se transformó en una jornada de protesta, memoria y exigencia.

Porque no hay regalo que sustituya una respuesta.

No hay pastel que calme la incertidumbre.

No hay felicitación que haga menos pesada una silla vacía.

El Día de las Madres dejó de ser una celebración para convertirse en una marcha.

Y quizá ahí existe una deuda enorme como sociedad.

Porque solemos llamarlas “madres buscadoras”, pero pocas veces reconocemos realmente lo que eso significa: mujeres que, además de cargar su propio dolor, salieron a buscar a quienes las autoridades no encontraron.

Mujeres que no eligieron esta lucha.

Mujeres que tuvieron que aprender a resistir.

Y quizá el reconocimiento más grande no debería llegar en forma de aplausos un día al año.

 Tal vez el verdadero reconocimiento sería que dejaran de buscar.

 Porque eso significaría que alguien más hizo su trabajo.

@Jatzume1