El Blog de Puebla Deportes escribe Antonio Abascal
Un equipo con una franja salta a la cancha en los escenarios mexicanos, sólo cumple con aparecer porque sus jugadores carecen de amor propio, porque el técnico es un improvisado que en Europa no podría dirigir en primera división porque su licencia UEFA (Tipo "A") no lo capacita para ello, pero en México a pesar de que se precia de ser una liga top sí puede aparecer como responsable; ese técnico se ha apropiado de la idea “crecer, duele” para tratar de que algunos incautos caigan, pero ni sus jugadores se tragan ese cuento ya.
Esto pasa en el actual Clausura 2026, pero los resultados son más graves que un simple torneo: 5 puntos en el Clausura 2024, catorce en el Apertura 2024, doce en el Clausura 2025, los mismos doce en el Apertura 2025; trece en el actual Clausura 2026. 56 unidades ganadas de 249, período en el que Ricardo Carbajal, Fernando Aristeguieta, Andrés Carevic, Chepo de la Torre, Pablo Guede, Martín Bravo, Hernán Cristante y Albert Espigares se han sentado en el banquillo, algunos técnicos serios como Chepo y Cristante, algunos de la categoría sub 20 como interinos como Aristeguieta y Bravo, uno que fue inconcebible que le dieran tanto tiempo como Guede y ahora alguien sin los merecimientos para dirigir a un equipo de Primera División, pero a pesar de ello sí hay un común denominador: El hombre que ostenta el cargo de director general, Gabriel Saucedo cuya llegada coincide con estos pésimos números y la triste imagen que transmite semana tras semana: Desde que se hizo cargo de la institución los equipos que llevan el nombre de Puebla entraron en una espiral que no parece terminar, mientras él escondido en su postura de no aparecer ante los medios porque no le gusta aparecer, cómodamente ve cómo otros se llevan las críticas y él sigue tan campante cobrando un sueldo por ser un buen administrativo.
Los pésimos resultados y la aburrición que transmite el equipo amenazan con matar la pasión que la franja todavía despierta en algunos aficionados de hueso colorado; justamente cuando diseñaba esta columna pensé titularla “herencia maldita” porque el cariño a la franja se ha transmitido de padres a hijos durante generaciones y todavía así hay algunos que se resisten a dejar al equipo que lleva el nombre de la ciudad y del estado; es cierto que cada vez más cuesta trabajo encontrar a personas jóvenes que le vayan al Puebla, pero hay algunos escasos que honran la tradición aunque no son alimentados con otro tipo de resultados y de orgullo. Al final cambié el título porque ninguna tradición transmitida de padres a hijos tendría que ser calificada como “maldita”, todo lo contrario.
Por eso hay que señalar sin mayor rubor a los Saucedo, al grupo del Ajusco que ha permitido este desplome, a directores deportivos que han traído extranjeros de medio pelo que sólo en México reciben tantas oportunidades como Angelo Araoz o Pablo Gamarra, a los técnicos que se han burlado de la afición como Guede y el actual, a jugadores que más allá de la poca o mucha calidad que atesoran se han convertido en burócratas del deporte, jugadores que se ponen un uniforme que no honran, saltan a la cancha a intentar competir y a la primera en contra se dejan ir, regalan opciones a los rivales, tarjetas ya que son irrespetuosos ante los árbitros, y tras fallar al compromiso que es lo mínimo indispensable que se le tendría que pedir a un profesional ya hablamos de su pobre nivel futbolístico salvo algunos casos muy contados.
Sin embargo, el Puebla es mucho más que este compendio de malos resultados y triste imagen. De antemano, una disculpa por escribir en primera persona, pero hoy la ocasión lo vale: Yo le voy al Puebla por su historia, por su tradición, por su franja que fue diseñada para dejar libre el lado izquierdo a la altura del corazón para que ahí se colocara el escudo del equipo que en esos primeros años y mucho tiempo después fue el de la Ciudad de Puebla, por lo que no era uno cualquiera, le voy por el color azul de la talavera poblana en su uniforme tal y como lo ideó don Joaquín Díaz Loredo un amante del futbol que le dejó a Puebla, no un equipo sino una manera de representar el orgullo poblano, por más que los actuales dirigentes, técnicos y jugadores no entiendan dónde están parados y con sus actuaciones parezcan enterrar el orgullo poblano, que al final siempre encuentra resquicios para sobrevivir.
Le voy al Puebla tanto por lo que he visto como por lo que he leído y me han contado, le voy por su historia riquísima, llena de anécdotas y de páginas que van de lo sublime a tiempos oscuros (nunca como los de hoy), le voy por los jugadores que sí han honrado su playera por “la Changa” y sus goles, por los hermanos Cuburu, por Lupe Velázquez, por Vicente González quien primero defendió su arco y su playera evitando los goles de Chivas y tras el juego rompió a llorar porque con sus atajadas evitó el primer campeonato de los tapatíos siendo él oriundo de Jalisco, le voy por sus extranjeros que amaron Puebla como Pepe Iborra, Bruno Rodolfi y Eladio Vaschetto, entre tantos otros. Le voy por su vocación internacional desde los primeros años y por su solidaridad tras el terremoto de Ambato, Ecuador. Le voy por sus copas ganadas, una al América y otra al poderoso León bajo la dirección técnica de una gloria del futbol internacional como Isidro Lángara; le voy porque fue capaz de levantarse de un incendio que acabó con su primer estadio, uno en el que los conocieron siempre destacaron su sabor y la forma de ser de la sociedad poblana de la época.
Le voy porque supo defender la tradición de una franja en segunda división en el Estadio Ignacio Zaragoza, le voy por ese ascenso en la Ciudad de México aprovechando una promoción tras el mundial lo que generó un multitudinario recibimiento incluso en la autopista, le voy por esos años de consolidación en los setenta, le voy porque se atrevió a retar al todopoderoso América y escenificó batallas memorables, aunque algunos testigos en video convenientemente se hayan perdido tal y como constató Manolo Lapuente cuando buscó los tres goles que le hizo a los capitalinos; le voy por las leyendas de Nacho Trelles en el banquillo camotero; vaya le voy al Puebla por su sobrenombre de “camoteros” tan cercano a la tradición poblana incluidos sus dulces.
Y es que el Puebla siempre ha sido mucho más que un equipo de futbol: Ha sido una forma de llevar al futbol, las riquezas, tradiciones, gustos y hasta contradicciones de la sociedad poblana, por lo que transmitir el amor a la franja de una generación a otra no es una herencia maldita, es mantener el cariño a la ciudad y los significados de ser poblano.
Le voy al Puebla porque fue capaz de juntar a glorias del futbol español, a uno leyenda del Real Madrid y a una del Barcelona, tan importantes que hoy por hoy siguen representando a sus clubes, “Pirri” como Presidente de honor del Real Madrid y Juan Manuel Asensi como Presidente de la asociación de jugadores del Barcelona; le voy porque tuvo el honor de jugar en el Camp Nou donde otras figuras del futbol español se reunieron para reconocer la carrera de Asensi; le voy porque cuando la devaluación amenazaba con llevarse al equipo, hubo un esfuerzo extraordinario de varios personajes como el Gobernador Guillermo Jiménez Morales, don Enrique Montero Ponce, y luego hombres inteligentes que habían impulsado la cultura en Puebla peto que amaban al futbol como don Pedro Ángel Palou, empresarios pujantes como Emilio Maurer, don Rafael Moreno Valle Sánchez y otros tantos para no sólo salvar al equipo sino para darle su primer campeonato al armar un equipo veterano, pero lleno de buenos jugadores.
Le voy por Muricy y su sabiduría en la media cancha, le voy por la habilidad de Paúl Moreno, por Arturo Álvarez un adelantado a su tiempo como un lateral que se incorporaba con mucho criterio al ataque, le voy por el “Mango” Orozco, por la carrera desenfrenada de Luis Enrique Fernández, le voy al Puebla porque fue capaz de tumbar a un América soberbio que ya se sentía en semifinales en la 86-87, le voy por los goles de Poblete llenos de fuerza y pundonor a tal grado de rifarse el físico, le voy al Puebla por los cañonazos de Aravena, el talento del Chepo, de Marcelino Bernal, por Gustavo Moscoso y por Edivaldo por la izquierda, le voy por sus arqueros desde Iborra hasta Larios, pero también por Siboldi y Rabajda, le voy por el esfuerzo del “Pony”, por aquel Puebla de la 94-95 que fue capaz de transmitir a su afición a pesar de que las vacas flacas ya asomaban.
Le voy porque en medio de esas vacas flacas hubo espacio para oasis con los goles de Carlos Muñoz con todo y franja naranja, para el Puebla de Mario Carrillo cuyo equipo se quedó tan cerca de la final en el Verano 2001 o para la versión que ascendió y que se quedó en semifinales en el Clausura 2009.
Seguramente estoy siendo injusto con tantos y tantos jugadores que han honrado la playera camotera, pero la intención hoy es mostrar que la grandeza no sólo se explica en los títulos obtenidos sino en la capacidad de transmitir emociones y en llevar la representación de una de las ciudades más importantes del país. Es cierto, hoy es difícil irle al Puebla, un equipo que cada fin de semana transpira mediocridad, que aburre con su propuesta en el campo, que demuestra una abulia total y que tampoco goza de mucha calidad en su plantilla; es difícil irle al Puebla cuando la directiva se ha escondido unos en el Ajusco y otros en un punto de la zona conurbada de Puebla sin salir de su oficina; es difícil irle al Puebla cuando se dan actuaciones tan penosas como la del sábado ante Chivas. Es difícil irle en tiempos ya no de vacas flacas sino de famélicas, pero ante cada momento penoso vuelven las páginas de orgullo, de identidad.
Hoy no hay razones para ser optimistas, hoy lo que queda son las páginas doradas de la historia, pero esas páginas son algo que no podrán quitar los futbolistas burócratas, los técnicos cuida chambas como Guede y Espigares; el orgullo de ser poblano no lo podrá quitar Gabriel Saucedo con su ineficacia, hoy sólo queda respirar profundo y acudir a esas páginas doradas para saber que cada vez que todo parece perdido el Puebla es como un ave fénix que se levanta de las cenizas como sucedió en 1964 tras el incendio de “El Mirador”; claro que duele ver a la Franja sumida en la mediocridad absoluta, pero su historia es tan grande que todavía permite destellos de orgullo, y eso es algo que los tristes operarios de hoy no le podrán quitar a la afición poblana porque ese es su máximo activo.
@abascal2