La segunda ola del poder ciudadano

La segunda ola del poder ciudadano
Pepe Ojeda
Desde las antípodas

Desde las antípodas escribe José Ojeda Bustamante 

En días recientes, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla fue sede del Congreso Internacional de Radios Comunitarias, un espacio donde comunicadores, académicos y liderazgos sociales de distintas regiones de México y América Latina se reunieron para reflexionar sobre el papel de la radio como bien común. Estos encuentros, más allá de su valor académico, demuestran que la universidad pública sigue siendo el lugar donde la sociedad piensa en voz alta.

Las radios comunitarias no son una curiosidad folklórica ni un residuo romántico del siglo pasado. Son infraestructuras vivas de gobernanza social. Lo demostraron durante la pandemia, cuando los canales institucionales colapsaron y las emisoras de los pueblos sostuvieron el hilo de la comunicación pública. En los momentos de mayor incertidumbre, ellas siguieron hablando, escuchando y organizando a la comunidad.

A partir de los estudios realizados en Oaxaca, Puebla y Guerrero, se ha identificado una nueva fase del fenómeno: una segunda ola del refacultamiento ciudadano, en la que los liderazgos comunitarios que surgieron en los márgenes comienzan a ocupar espacios dentro de las instituciones. Lo que antes era resistencia, ahora se vuelve presencia.

Este tránsito plantea un dilema central: ¿qué ocurre cuando el poder popular llega al Estado? ¿Puede institucionalizarse sin perder su raíz comunitaria? Dicho de otro modo: ¿cómo evitar que la cooptación borre lo que la autonomía construyó?

El concepto que propongo —refacultamiento institucional ciudadano— intenta responder a esa pregunta. No se trata de que el Estado absorba la energía social, sino de que las prácticas comunitarias infiltren humanidad en la institución. El objetivo no es integrar comunidades al aparato público, sino reconfigurar la comunicación del Estado desde adentro, con una gramática basada en la escucha, la horizontalidad y la deliberación.

En América Latina el panorama es diverso. Según Asociación Mundial de Radios Comunitarias (2023), existen más de 1,200 radios comunitarias activas en la región. En México, el Instituto Federal de Telecomunicaciones (2024) reporta 126 concesiones sociales comunitarias, un aumento del 47% respecto a 2018. Pero en países como Bolivia y Ecuador, donde los gobiernos incorporaron buena parte de la comunicación popular a la estructura estatal, las tensiones entre autonomía y control se multiplicaron.

A diferencia de esos casos, el proceso mexicano es más sutil: la comunidad se filtra, no se disuelve. Las radios locales, los colectivos y los comunicadores que antes operaban desde la periferia, hoy participan en políticas públicas, universidades y medios institucionales. Este refacultamiento institucional implica una mutación política: el ciudadano deja de ser receptor y se convierte en interlocutor estructural del Estado.

Por eso, es tan valioso que la universidad convoque estos diálogos. Porque la transformación del Estado no ocurrirá sin la pedagogía cívica que brota de las comunidades. Las radios enseñan lo que las instituciones olvidaron: que escuchar también es gobernar.

En el fondo, esta segunda ola revela algo más profundo: el Estado está aprendiendo de las periferias. La reciente transformación del Canal del Poder Judicial en Plural TV o los esfuerzos de algunos medios públicos por incorporar contenidos indígenas y comunitarios son signos de ese aprendizaje. Las instituciones comienzan a entender lo que las radios comunitarias han hecho siempre: la pluralidad no es algo que se decrete, sino que parte de la escucha.

Si algo ha demostrado la historia de las radios comunitarias es que la democracia no se sostiene solo con leyes o elecciones, sino con espacios donde la palabra se vuelve común. En cada transmisión, en cada mesa colectiva, se ensaya una pedagogía cívica basada en la confianza y la participación.

De ahí que sostenga que las radios son escuelas de ciudadanía. Allí se aprende que la libertad no es hablar sin límites, sino escuchar con responsabilidad. Allí, la comunicación deja de ser un servicio y se convierte en una práctica de cuidado mutuo.

El refacultamiento ciudadano alcanza su madurez cuando la voz colectiva ya no se agota en el reclamo, sino que transforma las estructuras desde dentro. En ese sentido, las radios comunitarias son mucho más que medios: son territorios emocionales donde la esperanza se vuelve política y la política, escucha.

Mientras haya una radio encendida en algún pueblo, y una institución educativa dispuesta a escucharla, la democracia seguirá teniendo a quién responderle.

@ojedapepe