El mesón del Cristo: Un secreto enterrado en Puebla

El mesón del Cristo: Un secreto enterrado en Puebla
Jatzume Hernández de García
Jat escribe

Jat escribe por Jatzume Hernández Romero

La pala golpea de pronto contra algo duro bajo la tierra. Pareciera que el suelo se aferra a aquel objeto y se niega a dejarlo salir. El hombre aparta la herramienta y comienza a escarbar con las manos. De pronto, el horror lo invade.

—¡Oh, por Dios! ¡Son restos humanos!

Esta es una de las escenas que, según cuenta la leyenda, habrían ocurrido hace casi 500 años en esta misma ciudad por la que hoy caminas.

El Mesón del Cristo es uno de los inmuebles históricos que aún se conservan en Puebla. Su historia se remonta al siglo XVI, cuando los viajeros que recorrían el camino entre Veracruz y la Ciudad de México necesitaban un lugar donde descansar, comer y reabastecerse antes de continuar su trayecto.

Con el paso del tiempo, el mesón se convirtió en un importante punto de referencia comercial. Allí, los viajeros podían encontrar hospedaje y alimentos, entre ellos carne y pan. Su ubicación también lo vinculó con el crecimiento de la naciente ciudad y con la actividad de quienes llegaban a probar suerte en el Nuevo Mundo.

Pero la historia de este inmueble no se limita a su importancia arquitectónica y comercial. Entre sus muros también sobrevive una leyenda de amor, celos, traición y muerte.

Cuenta la tradición que, cuando la ciudad apenas comenzaba a tomar forma, el dueño de aquella posada tenía una hija llamada María, una joven hermosa que se enamoró perdidamente de un español llamado Fernando de Aguilar. Él había llegado a estas tierras en busca de un nuevo futuro y, en el camino, le prometió amor a la muchacha.

Sin embargo, el destino de María comenzaría a cambiar una noche en la que vio a una mujer cruzar los campos, cubierta por un velo blanco y lanzando alaridos desgarradores. La aparición la dejó aterrada, así que corrió a contar lo sucedido a quienes se encontraban en la posada.

Entre ellos estaban fray Toribio de Benavente, conocido como Motolinía, y Juan de Salmerón, personajes que la leyenda vincula con los primeros años de la ciudad.

Conmovido por el miedo de María, fray Toribio le entregó un crucifijo para darle consuelo y protegerla de aquello que tanto la inquietaba. Fernando, en cambio, decidió buscar una explicación por sí mismo. Convencido de que no había motivos para temerle a un fantasma, montó su caballo y salió en busca de aquella misteriosa figura.

Lo que encontró fue muy distinto de lo que imaginaba.

Al seguirla hasta una cueva, descubrió que no se trataba de un espíritu, sino de una mujer indígena llamada Citlali, cuyos lamentos expresaban el dolor por la pérdida de su pueblo y su cultura. La mujer, marcada por la violencia de la Conquista, encontraba refugio en aquella cueva, lejos de un mundo que ya no reconocía como suyo.

Fernando quedó impresionado por la escena, pero también por la belleza de Citlali. Pronto comenzó a visitarla cada noche, hasta que el interés se convirtió en enamoramiento y María quedó relegada al olvido.

Las ausencias de Fernando despertaron las sospechas de la joven. Cansada de las dudas, María decidió seguirlo. Y aquella noche descubrió la verdad: su amado estaba con otra mujer.

Herida por la traición, lo enfrentó y le reclamó sus promesas. La discusión hizo estallar la ira de Citlali, quien, cegada por los celos, tomó la daga de Fernando y apuñaló a María.

Fernando intentó salvar a la joven. La tomó entre sus brazos, la acomodó sobre su caballo y emprendió el regreso hacia la posada, con la esperanza de ponerla a salvo. Pero no llegó muy lejos. Un grupo de hombres que acompañaba a Citlali los alcanzó y terminó con la vida de ambos. Después, los cuerpos fueron enterrados en una sepultura profunda.

En el mesón pasaron los años sin que nadie supiera qué había ocurrido con María y Fernando. Su padre conservaba la esperanza de que su hija se hubiera marchado con el hombre al que amaba. Tal vez, pensaba, algún día regresaría.

Mientras tanto, el negocio prosperaba y llegó el momento de ampliar las instalaciones. Fue entonces cuando, durante los trabajos de excavación, los hombres encontraron restos humanos.

Al enterarse, el posadero acudió al lugar. Entre los huesos descubrió algo que le heló la sangre: un crucifijo que reconoció de inmediato. Era el mismo que fray Toribio le había entregado a María para darle consuelo aquella noche en que el miedo se apoderó de ella.

No había duda. Aquellos restos pertenecían a su hija y a Fernando.

El objeto que alguna vez representó protección se había convertido en la señal que revelaba una tragedia. Después de tantos años de incertidumbre, el padre finalmente comprendió que María nunca había regresado porque su vida había terminado de manera violenta.

Según la leyenda, aquel hallazgo dio origen al nombre de Mesón del Cristo, como recuerdo de lo ocurrido y testimonio de una historia que el tiempo no consiguió borrar.

¿Será solamente una leyenda? ¿O habrá ocurrido algo que, con los años, quedó resguardado entre las narraciones transmitidas de generación en generación? La respuesta queda en manos de quienes se atrevan a investigar y escuchar las historias de la ciudad.

Porque, aunque el día transcurra con normalidad, hay quienes aseguran que, al ocultarse el sol, este antiguo inmueble vuelve a llenarse de sonidos extraños, rechinidos, sombras y presencias que parecen desafiar toda explicación.

Puebla tiene muchas historias que contar. Algunas viven en sus edificios; otras, en la memoria de quienes las narran.

Y tú, la próxima vez que camines frente al Mesón del Cristo, recuerda que quizá no todos los secretos han salido de debajo de la tierra.

Ten cuidado… no vaya a ser que termines convirtiéndote en parte de la próxima leyenda.

 

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