Hasta por amor propio, carajo

Hasta por amor propio, carajo
Alejandro Páez Varela
Historias de unos días

Historia de unos días escribe Alejandro Páez Varela 

¿Cómo sucedió que ahora la derecha mexicana se hace pasar por “defensora de causas” como la de los desaparecidos o la de las madres buscadoras? ¿Cómo fue que ahora aparenta ser “la mejor aliada” de principios que históricamente nunca les interesaron, como los derechos de las mujeres o de los indígenas o de los jóvenes o de las familias o de las comunidades que se oponen a prácticas abusivas de explotación de recursos naturales (minería, fracking, saqueo del agua, etc.?

Lo hizo básicamente porque es hipócrita y descarada, aunque el por qué no explica el cómo. Mueve a risa que las empresas Televisa y su hermana más fea, TV Azteca; que Lilly Téllez, Felipe Calderón, Ricardo Salinas Pliego, Enrique Krauze, Diego Fernández de Cevallos, Claudio X. González, Margarita Zavala, Ricardo Anaya y otros salgan ahora en defensa de los desaparecidos y sus familias. Son causas que nunca les interesaron. Miles y miles han marchado por décadas para exigirle al Estado que devuelva con vida a los que se llevó con vida. No tienen declaraciones, ni textos, ni ensayos de décadas anteriores que respalden un mínimo compromiso con ellos. Pero ahora están “muy preocupados” entre comillas. Es hipocresía pura, como digo: vil interés político; del más mezquino.

La izquierda tiene mucho que aprender en el cómo fue que la derecha se montó en esas causas. Debe entender ese proceso porque no puede, ni debe, por ninguna razón, abandonar a las familias que siempre, históricamente, ha acompañado. Hay lecciones urgentes qué aprender y acciones coordinadas que debe emprender. Y no puede ser, y que esto quede bien claro a la izquierda, por razones electoreras. Debe ser por convicción; porque históricamente la izquierda y las organizaciones de resistencia o las de desaparecidos fueron una sola fuerza. No fue por votos, como lo hace la derecha ahora: fue por supervivencia.

Por eso la izquierda debe analizar cómo fue que las fuerzas más oscuras de México hallaron “un nicho” contaminando causas justas. Protestar por el asesinato de Carlos Manzo es una causa justa; utilizarlo políticamente, no. Pero la derecha lo hace y lo seguirá haciendo porque busca que la izquierda sea un proyecto fallido en el Gobierno, el día en que se le perciba como distante de las mayorías.

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Ver a Televisa o TV Azteca hablar de feminismos mueve a risa; ambas empresas han promovido durante décadas las peores prácticas discriminatorias por razón de género; han sido un brazo operativo de gobiernos represores, racistas, clasistas y homofóbicos, y corruptos y saqueadores, y no dudarán en unirse a las peores causas si eso les deja poder y dinero. Pero, por ahora, se trata de promoverse como aliadas de causas que nunca le han importado. Y lo hacen porque quieren que la izquierda se vea como que “no le importa” y eso es delicado. La traducción lógica es: claro, ahora que están en el poder, a los “zurdos de mierda” no les importan los de abajo.

Y ojo: Televisa es más astuto que Azteca. Hay más inteligencia, desde hace muchas décadas, en los televisos que en los teveaztecos. Azteca puede gritar que “los zurdos de mierda” y demás; Televisa, en cambio, se mostrará como aliado, como amigo; se sentará con los líderes de izquierda con rostro amable y seductor, aunque esté activa en guerras sucias tras bambalinas.

Por eso, la izquierda debe retomar en serio donde se haya desviado. Darse la oportunidad de dudar de sí mismo y de sus operaciones políticas, con el único afán de recomponer. ¿Fue sabio confrontar a grupos radicales que se dicen feministas? Debe razonarlo, porque lo que está claro es que esa confrontación, con ayuda de los medios de derecha que son casi la totalidad, hizo ver al Gobierno de Andrés Manuel López Obrador como distante del feminismo y, por lo tanto, de las mujeres; no de esos grupos radicales, ojo: del feminismo y de las mujeres. Porque así se contó la historia y nadie se opuso realmente a la narrativa.

Una de mis mayores lecciones de los últimos años fue entender que el Bloque Negro en México opera como en muchas otras partes del mundo. Para empezar, no es un bloque, sino muchos bloques; una fuerza que se activa como en la década de 1970 en Europa contra la represión, y que luego se movilizó con las protestas a favor de la vivienda o contra las detonaciones nucleares, en la década de 1980, tanto en Estados Unidos como en el viejo continente. Esas fuerzas son marginales y utilizan “eventos” para salir. En México, cayendo en la trampa de los “feminismos radicales” y arrastrados por el discurso finamente tejido de la derecha a través de sus medios, se castigó a las familias de los 43 normalistas desaparecidos como si fueran el Bloque Negro. Es apenas un ejemplo. Cuentas en redes, supuestamente de izquierda, algunas de ellas muy poderosas y anónimas, atacaban a las madres de los 43.

Y entonces se creó la tormenta perfecta: como ya me consideras un grupo radical, como le haces más caso al Bloque Negro por radical, entonces me robo una camioneta y la estrello contra una puerta de Palacio Nacional. ¡La causa de los 43 es la causa de la izquierda! ¿Por qué pareciera que el Gobierno de AMLO buscó distanciarse de ella? Fue por la operación fina de la derecha en los medios y por torpeza de algunos en Palacio Nacional. La derecha diseñó ese distanciamiento y algunos en el poder cayeron en la trampa. La izquierda debe reconocer los errores que se cometieron y debe enmendarlos a la voz de ya, sin dilación.

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Todas las causas justas son prioridad para una izquierda social. Están dentro de su ADN.

Por eso me impacta que la izquierda no recurra a las imágenes de su Presidenta; a los videos que detallan el ADN de izquierda. Son los videos donde una niña que toca música latinoamericana porque es de protesta, pero es también la estudiante que grita en las movilizaciones estudiantiles. Ese es un retrato valioso de una izquierda social.

Quizás, y eso no se comprende del todo adentro, la mejor campaña está frente a sus narices. La campaña no es ella, no es Claudia: es el ADN de izquierda social. Es Rosario Ibarra, Heberto Castillo, Lucio Cabañas, Lázaro Cárdenas, Rubén Jaramillo, Ramona. Y no hablo de una campaña de medios con ella como motivo, que eso era para 2024: hablo de una campaña para los que están en el poder; para el equipo más cercano.

Todo aquél que tiene una función dentro de un Gobierno de izquierda debería entender su vocación y para entenderla, debe conocer su ADN. Si no se tienen esos valores, se comprende por qué alguien maltrataría o desatendería un reclamo de una madre de desaparecidos.

La derecha sabe que las historias de izquierda social inspiran, que allí hay un buen material genético. Y lo que quiere es que ese material genético se borre porque entonces hace ver a la actual izquierda como un accidente de la Historia. Sin una razón para sentirse orgulloso, a algunos les pesará que Salinas Pliego use su fortuna para difundir que hay algo que se identifica como “zurdos de mierda”. Yo, Alejandro, que vota izquierda desde siempre, no soy una mierda. Soy un ciudadano mexicano que vota izquierda, más digno que cualquier individuo que ha vivido de la mentira y de la explotación. A alguien de izquierda nunca le ha dado vergüenza decirse de izquierda, en cambio a los de derecha y ultraderecha les molesta que se les identifique como tal.

Para los feminismos y las mujeres, para los desaparecidos y sus familias; para los padres de los 43 y diría: para Carlos Manzo y su familia; para los que sufren un injusticia y los que lloran la muerte de alguien, siempre, siempre debe estar la solidaridad del ADN de la izquierda. ¿Por qué a veces se siente lo contrario y a veces cuesta incluso decir que se siente lo contrario?

Hay algo más con las causas justas. Y esto va directamente para Morena. Con la misma velocidad con la que abrace a los que sufren, con esa misma velocidad distanciará a sus opositores, y marcará distancia de los parásitos Verde y PT. Si un Yunes hubiera sabido que tenía que marchar por los desaparecidos de Veracruz; si un Germán Martínez se entera que debe gritar que Felipe Calderón causó la peor crisis de desaparición y desaparición forzada del mundo; si a una Lilly Téllez se le invita a ser candidata, pero antes a ser solidaria con mujeres que quieren ejercer derechos, quizás ninguno de esos sapos habrían saltado del pantano hasta los campos de la izquierda.

Abrazar es de izquierda. Es la izquierda la que debe brincar en automático, desde el Gobierno y desde su partido, como una sola fuerza de tarea, para abrazar a una víctima o a un conjunto de víctimas. Acompañar DEBE SER una tarea de Estado y para la izquierda, hasta un tema de amor propio, carajo: ¿Cómo que ahora la derecha dice que “abraza” a los desparecidos, a los humillados, a los necesitados sólo porque los usa en sus mítines políticos? La única Rosario de la derecha es Rosario Robles, no Rosario Ibarra de Piedra.

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Una de los impulsos de supervivencia más importante de la izquierda mexicana en décadas ha sido mirar hacia adentro. Distraerse lo básico en lecciones del exterior sin desviar los ojos de la identidad en su propio suelo.

Una manifestación ordinaria en las calles de México, de casi cualquier movimiento social de izquierda, podría levantar una manta con la imagen de Emiliano Zapata y difícilmente una de Lenin. Eso lo explica bien. Las clases obrera y campesina organizadas han decidido sus iconos con relativa naturalidad (aunque nada nunca es natural) por lo poderoso de sus luchas (como las guerras de Reforma y el levantamiento de 1910) y al mismo tiempo, a veces por intuición y otras por gracia, estas definiciones que le dan autenticidad les ofrecen protección contra el imperio del norte.

Estados Unidos no sobrevive nada más por su linda cara. Es un gobierno que sentencia a muerte a las disidencias, dentro y fuera de su propio territorio, y los ejemplos sobran (de Malcom X a Martin Luther King y hasta Salvador Allende). Entonces, en medio de la Guerra Fría o ahora mismo, con Trump, cualquier simpatía con China o Rusia habría atraído la atención de un país que se autorizó a sí mismo el derecho de matar a los que piensan distinto. Hasta por eso, la izquierda mexicana tiende a ser además muy mexicanista.

La Revolución de 1910 no tuvo una sola identidad ideológica. Recogió inquietudes e intereses de sectores en teoría muy distantes entre sí. Venustiano Carranza era un burgués; Zapata, un campesino que representó demandas centenarias de justicia social. Carranza no es favorito de la izquierda, pero Zapata sí. Y frente a la poderosa huella de Zapata hubo poco qué hacer. Los gobiernos de PRI tuvieron que asimilarlo para hacerse pasar por izquierda, y los del PAN –seis años ganados en las urnas y seis arrebatados en un fraude electoral– no pudieron borrarlo de la conciencia nacional.

La izquierda tiene una herencia tremenda. No se puede permitir perderla. Debe reconstruir la historia de su memoria genética para que sirva de guía moral a las generaciones que se incorporan.

Vivimos un mal momento para la crítica y aún así, o justo por eso, creo que es el mejor momento para hacerla. La televisión asomó la cabeza y le asustó la luz: volvió a las cavernas. Una mayoría en la prensa –arrastrada por el odio, la ansiedad y el desaseo– dejó de reflexionar hace tiempo y prefirió acomodarse al formato de moda: el escupitajo. Por eso la crítica es más valiosa que nunca. Aunque raspe, aunque algunos reviren.

Me parece que el Gobierno debe reflexionar sobre varios temas en estos días y, para ser competitivo, encontrar soluciones. No se si Rosario Piedra Ibarra hace bien al país. No se si la muerte de Notimex o de la Comisión Nacional de Derechos Humanos hacen bien al Estado. No quisiera particularizar. Simplemente quisiera que se preguntaran las personas correctas cómo sucedió que ahora la derecha mexicana se hace pasar por “defensora de causas” que son de izquierda. Esa reflexión vale oro. Y otro oro al que se atreva a expresarla, y tres oros al que convierta esa reflexión en algo práctico.

 

@paezvarela