Jat escribe por Jatzume Hernández Romero
¿Estamos formando estudiantes preparados para competir con los mejores del mundo o únicamente estamos distribuyendo recursos sin transformar la calidad de la educación?
Planteo esta pregunta porque recientemente la presidenta Claudia Sheinbaum anunció la ampliación de becas para estudiantes, independientemente de su desempeño académico. Es decir, el apoyo ya no estará condicionado al mérito, al esfuerzo o a las calificaciones, sino que buscará llegar a un mayor número de jóvenes bajo un esquema de cobertura universal.
Aclaro que no estoy en contra de las becas. Por el contrario, considero que representan una herramienta valiosa para que miles de estudiantes permanezcan en las aulas cuando enfrentan dificultades económicas. Sin embargo, también creo que una sociedad progresa cuando enseña a sus jóvenes que el conocimiento abre puertas, que el esfuerzo tiene recompensas y que el mérito tiene valor. Cuando el apoyo económico sustituye al reconocimiento del trabajo y la dedicación, corremos el riesgo de transmitir el mensaje de que todos los resultados son iguales, independientemente del empeño que cada estudiante ponga en su formación.
Además, existe otra realidad que pocas veces se menciona. En muchas escuelas públicas hay alumnos que permanecen inscritos únicamente para conservar distintos apoyos sociales, pero su asistencia es irregular o prácticamente nula. Algunos dejan de acudir durante semanas, otros son llevados a trabajar por sus familias y, aunque estas situaciones son contrarias a la ley, siguen ocurriendo en muchas comunidades del país. Si el objetivo es fortalecer la educación, también deberíamos preguntarnos cómo garantizar que esos estudiantes realmente permanezcan aprendiendo dentro del salón de clases.
Tampoco se puede ignorar que, en muchos hogares, el dinero de las becas ayuda a cubrir gastos indispensables como transporte, alimentación o útiles escolares. Ese uso es completamente válido, pues finalmente beneficia al estudiante y facilita su permanencia en la escuela. El problema surge cuando ese recurso deja de destinarse a la educación del joven y termina utilizándose para fines ajenos a ella o, incluso, para el gasto personal de algunos adultos. En esos casos, el propósito original de la beca comienza a desvirtuarse.
Porque una beca no debería limitarse a ayudar a llegar a fin de mes. Su verdadero propósito es abrir oportunidades para construir un mejor futuro. Si el apoyo económico no va acompañado de una formación académica sólida y de incentivos para superarse, difícilmente lograremos formar jóvenes capaces de competir a nivel nacional e internacional.
Esta discusión no es menor. Basta con escuchar expresiones como "México siempre pierde" para preguntarnos por qué seguimos obteniendo resultados poco favorables en distintos ámbitos. Con frecuencia exigimos mejores resultados, pero pocas veces reflexionamos sobre el valor que damos a la educación. Pareciera que el estudio ha dejado de ser una prioridad y que puede sustituirse fácilmente por soluciones inmediatas.
Vivimos en una cultura donde muchas veces se privilegia la inmediatez. Incluso hemos normalizado frases como "que se preocupe mi yo del futuro", como si las consecuencias de nuestras decisiones pudieran posponerse indefinidamente. Lo preocupante es que esa forma de pensar termina permeando en distintos aspectos de la vida, incluida la educación.
Existen países que demuestran que otra realidad es posible. Corea del Sur, Singapur y Finlandia no destacan únicamente por invertir recursos en sus sistemas educativos, sino porque han construido una cultura donde el esfuerzo, la disciplina, la preparación y la exigencia académica ocupan un lugar central. El dinero importa, sí, pero por sí solo nunca ha sido suficiente para alcanzar la excelencia educativa.
Entonces vale la pena preguntarnos: ¿cómo mediremos dentro de diez o veinte años si estas políticas realmente elevaron el nivel educativo del país? ¿Cómo sabremos si los apoyos económicos lograron mejores estudiantes y no únicamente un mayor número de beneficiarios?
Los datos también invitan a la reflexión. De los 46.5 millones de personas que integran la población de entre 3 y 24 años, el 27.6 % ya no asiste a la escuela. En contraste, durante 2024 alrededor de 8.2 millones de estudiantes recibieron algún tipo de beca, lo que equivale al 24.2 % de quienes permanecían inscritos. Para 2025, el número de beneficiarios aumentó a 13.6 millones. Sin embargo, el abandono escolar continúa siendo uno de los principales desafíos del sistema educativo, lo que demuestra que ampliar la cobertura de las becas, por sí solo, no resuelve el problema.
La educación no mejora únicamente porque se entregue más dinero. Mejora cuando se forman mejores estudiantes, cuando existen docentes mejor preparados, planes de estudio de calidad, familias comprometidas y un sistema educativo capaz de generar aprendizaje. Se trata de un esfuerzo conjunto; no basta con distribuir recursos.
Si todos reciben exactamente el mismo apoyo, independientemente de su desempeño, inevitablemente surge una pregunta: ¿qué incentivos existen para esforzarse más? ¿Vale lo mismo desvelarse estudiando para obtener excelentes resultados que no mostrar interés alguno por aprender?
Los apoyos sociales son necesarios, pero también deben incentivar la responsabilidad, el compromiso y el deseo de superación. Porque combatir la pobreza no consiste únicamente en entregar dinero, sino en ofrecer las herramientas para que las nuevas generaciones puedan salir de ella por sus propios méritos.
@Jatzume1