Una bocanada, un año menos de vida

Una bocanada, un año menos de vida
Jatzume Hernández de García
Jat escribe

Jat escribe por Jatzume Hernández Romero

La lucha por dejar el cigarro

Una bocanada... y exhalas.

Dos... tres...

Y en cada una de ellas se escapa algo más que humo: se nos va un poco de vida.

En México existen entre 14.3 y 17.3 millones de fumadores, según cifras de la Secretaría de Salud y el Instituto Nacional de Salud Pública. Cada año, alrededor de 64 mil 400 personas mueren a causa del tabaco, principalmente por cáncer de pulmón.

Los números son contundentes. Sin embargo, la pregunta ya no es por qué fumamos. La verdadera pregunta es por qué seguimos buscando refugio en aquello que sabemos que nos destruye.

Vivimos en un mundo acelerado. Un mundo que exige productividad constante, que mide nuestro valor en "likes", en resultados, en apariencias. Y en medio de esa carrera interminable buscamos pequeñas treguas, aunque muchas veces vengan disfrazadas de hábitos que terminan cobrándonos un precio demasiado alto.

Redes sociales, exceso de trabajo, relaciones desgastantes, la necesidad permanente de aprobación. En medio de todo ese ruido, el cigarro suele aparecer como una promesa de calma.

Recuerdo mi primer cigarrillo. Tenía apenas 13 años.

Alguien podría preguntarse cómo lo conseguí. La respuesta es simple y triste al mismo tiempo: para los vicios siempre aparecen caminos.

Lo hice para sentirme aceptado. Para verme interesante. Para encajar.

La presión social tiene una fuerza silenciosa que pocas veces reconocemos. Lo que comenzó como un intento de pertenecer terminó convirtiéndose en una sombra que me acompañó, de forma intermitente, durante más de veinte años.

Con el tiempo encontré mil justificaciones. Decía que me ayudaba con la ansiedad. Que me relajaba. Que era consecuencia de una vida llena de estrés.

Nunca me detuve a pensar que tal vez era justamente al revés.

Que aquello que creía aliviarme también alimentaba el malestar que intentaba apagar.

Y ahí apareció otra contradicción.

Siempre me he preocupado por la ecología, por el bienestar colectivo, por encontrar maneras de aportar algo positivo al mundo. Pero ¿de qué sirve preocuparnos por salvar bosques enteros si somos incapaces de cuidar el pequeño ecosistema que existe dentro de nosotros?

Mientras hablaba de conciencia ambiental, seguía contaminando el aire con humo y las calles con colillas.

Tal vez el problema nunca fue únicamente aquello que destruimos afuera.

Tal vez la batalla más difícil siempre ha sido contra aquello que llevamos años destruyendo por dentro.

Dejar de fumar no es simplemente abandonar un cigarro. Es enfrentarse a las razones que nos llevaron a encenderlo. Es preguntarnos por qué normalizamos el daño, por qué aprendimos a convivir con él y por qué tantas veces lo confundimos con consuelo.

Porque el tabaco no solo consume pulmones.

También consume tiempo.

Consume oportunidades.

Consume años que jamás volverán.

Y quizá la verdadera libertad comienza el día en que dejamos de buscar calma en aquello que lentamente nos roba la vida.