El Rincón de Jorge A. Rodríguez y Morgado
“El calor no puede ser separado del fuego, ni la belleza de lo eterno”
Dante Alighieri.
José Emilio Pacheco Berny (1939-2014), escritor y poeta mexicano, hace especial énfasis a ese elemento que ha sido considerado como el principal descubrimiento realizado por los ancestros humanos -el “fuego”-. Inicialmente el Homo, principalmente el Homo erectus hace unos 2 millones de años, aprovechó para obtenerlo de los fenómenos naturales como rayos o volcanes, antes de aprender a producirlo mediante fricción o chispas y posteriormente controlarlo.
En su poema extenso “El reposo del fuego”, (1966), José Emilio Pacheco utiliza el fuego como símbolo de transformación, purificación y desastre universal que consume todo, nos dice¹: “…Y el reposo del fuego es tomar forma/con su pleno poder de transformarse. /fuego del aire y soledad del fuego. /al incendiar el aire que es de fuego. /Fuego es el mundo que se extingue y prende/para durar (fue siempre) eternamente…”
La metáfora del fuego en la obra de José Emilio Pacheco, simboliza el tiempo destructor, la constante transformación de la materia, la destrucción universal y, a la vez, la purificación y el origen de la vida, inspirada en la filosofía de Heráclito.
Para Heráclito de Éfeso, el fuego es el arjé (principio material básico) y la metáfora central de su filosofía, representando el cosmos como un "fuego eterno" y vivo que se enciende y apaga ordenadamente. Simboliza el cambio constante, la transformación incesante (devenir) y la unidad de los contrarios.
Lo anterior, en concordancia con la frase "Igne Natura Renovatur Integra", interpretación oculta y alquímica del acrónimo tradicional de la cruz INRI, que significa "Por el fuego se renueva completamente la naturaleza". Esta máxima simboliza la purificación, transformación y regeneración de la vida, indicando que el fuego (literal o simbólico) elimina lo viejo para permitir el renacimiento.
El culto al fuego se derivó del culto al Sol, pues aquel representaba la fuerza y el calor del astro. En todas las religiones antiguas, mantener el fuego era vital. Para los romanos, las vestales eran las guardianas del fuego de la ciudad de Roma, y este jamás debía apagarse. Pero, así como el fuego purifica, también destruye.
En la teoría de los cuatro elementos propuesta por el filósofo presocrático griego Empédocles de Agrigento alrededor del año 450 a.C., consideraba que la materia no venía de un solo elemento, sino de la mezcla de fuego, aire, agua y tierra, y los llamó: “raíces inalterables y eternas” que, al combinarse y separarse por fuerzas cósmicas (amor y odio), forman toda la materia física del universo.
Según el relato bíblico del Génesis, la creación se llevó a cabo en seis días, dedicando el séptimo al descanso. En el primer día de la creación se hizo la luz, “Dios separó la luz de las tinieblas, creando el día y la noche”. En la inmensa mayoría de las tradiciones religiosas, teológicas y místicas, la luz es considerada un símbolo fundamental y una manifestación de la presencia de la divinidad. Representa la santidad, la verdad, la vida, la sabiduría y la guía divina que disipa las tinieblas.
Se observa que la relación entre la luz (verdad) y el fuego (presencia de la divinidad) es fundamentalmente causa-efecto, donde el fuego actúa como una fuente emisora de energía lumínica a través de la combustión y la incandescencia, generando luz y calor.
En el siglo XVI, el médico y alquimista suizo-alemán Paracelso popularizó, en 1566, el concepto de seres elementales específicamente en su obra “Un libro sobre sílfides, salamandras, gnomos y ondinas y otros espíritus.
Paracelso definió a los elementales como seres que habitan en los cuatro elementos y forman parte del mundo natural, con características físicas similares a los humanos. De acuerdo con la clasificación siguiente: Salamandras (Fuego): Entidades asociadas a la energía, transformación y renovación. Sílfides/Hadas (Aire): Espíritus volátiles relacionados con el intelecto. Ondinas/Ninfas/Sirenas (Agua): Seres ligados a la fluidez, emociones y ríos o mares y el viento Gnomos/Duendes (Tierra): Espíritus asociados a la estabilidad, bosques y cuevas.
El fuego ha sido incluido en varios símbolos, uno de ellos es la Estrella Flamígera que consta de una estrella de cinco puntas con una llama en el centro y la letra G en medio de la llama. Otro, es la Espada Flamígera, arma histórica y simbólica caracterizada por una hoja ondulada o zigzagueante que imita la forma de llamas en movimiento, posee un profundo significado oculto, y bíblico, representando protección o juicio. Simbolizando la autoridad, la protección y la difusión de la virtud, verdad y el conocimiento hacia todos los puntos cardinales.
Su significado bíblico y mítico cuando aparece en el Génesis 3:24, como el arma del ángel que guarda la entrada del Edén tras la expulsión de Adán y Eva. También es asociada con el Arcángel Miguel y se encuentra en mitología nórdica como arma del gigante de fuego Surt. Debido a su simbolismo de luz y sabiduría, esta espada flamígera no lleva funda, indicando que el conocimiento debe estar siempre disponible.
El fuego en general, amable lector, ha simbolizado a lo largo de la historia, la luz del conocimiento, la purificación, el fervor espiritual y la transformación interior. Es un elemento central en los rituales que representa la chispa divina, la verdad y la pasión por la búsqueda de la virtud.