Fondo y Forma escribe Yani López
La estructura detrás de tu tranquilidad financiera.
Hay cosas que asumimos que nuestros hijos aprenderán simplemente porque algún día serán adultos. Administrar un sueldo, usar una tarjeta de crédito, distinguir entre una deuda conveniente y una que puede convertirse en un problema, ahorrar, invertir o entender que no todo lo que podemos comprar necesariamente deberíamos comprar. Esperamos que llegado el momento sepan hacerlo, aunque pocas veces nos preguntamos quién se los va a enseñar.
Y quizá ahí tenemos una tarea pendiente como padres.
Durante años nos preocupamos por su educación. Elegimos escuelas, revisamos tareas, pagamos clases, buscamos actividades que desarrollen sus habilidades y pensamos incluso en la universidad que algún día podrían estudiar. Sin embargo, hay una materia que tendrá presencia prácticamente todos los días de su vida adulta y que difícilmente aparece con suficiente profundidad en su formación: aprender a manejar el dinero.
Lo interesante es que la educación financiera no tiene que comenzar cuando reciben su primer sueldo ni requiere sentarnos frente a ellos para explicarles conceptos complicados. Puede empezar mucho antes y de una manera mucho más natural, cuando un niño entiende que no podemos comprar todo lo que queremos, cuando aprende que algunas cosas requieren esperar o cuando descubre que gastar hoy significa tener menos disponible mañana. Detrás de esas experiencias aparentemente pequeñas están aprendiendo sobre prioridades, ahorro, presupuesto y planeación.
Claro que hablar de dinero con nuestros hijos no significa trasladarles las preocupaciones económicas de los adultos. Un niño no necesita conocer nuestras deudas ni sentir culpa porque algo resulte costoso para la familia. La diferencia está entre preocuparlos por el dinero y enseñarles a comprenderlo. Podemos explicarles, de acuerdo con su edad, por qué comparamos precios, por qué ahorramos antes de realizar una compra importante o por qué algunas veces decidimos no gastar aun cuando tenemos la posibilidad de hacerlo.
De hecho, buena parte de lo que aprenderán sobre finanzas probablemente no vendrá de lo que les digamos, sino de lo que nos vean hacer. Ellos observan cómo reaccionamos cuando llega una cuenta, escuchan nuestras conversaciones sobre dinero y perciben si en casa éste siempre representa preocupación, conflicto y escasez o si también puede hablarse de él como una herramienta para planear, construir y alcanzar objetivos. Sin darnos cuenta, ya les estamos dando educación financiera; la pregunta sería qué tipo de educación les estamos dando.
Una manera sencilla de comenzar es permitirles tomar pequeñas decisiones. Si reciben dinero por su cumpleaños, por ejemplo, podemos ayudarlos a dividirlo: una parte para gastar ahora y otra para algo que quieran conseguir más adelante. Si desean un juguete, un videojuego o alguna compra especial, pueden establecer una meta y observar cómo poco a poco se acercan a ella. Lo importante no es cuánto dinero acumulen, sino que comprendan una idea que será fundamental durante toda su vida: el dinero que no gastamos hoy puede tener un propósito mañana.
También tenemos que permitirles equivocarse. Como padres resulta natural querer evitarles cualquier mala decisión, pero gastar todo el dinero que recibieron y descubrir días después que ya no pueden comprar algo que deseaban puede ser una extraordinaria lección. Ahí aparece, sin necesidad de utilizar términos financieros, el costo de oportunidad: elegir una cosa significa renunciar a otra. Es mucho mejor descubrirlo administrando una cantidad pequeña a los diez años que con una tarjeta de crédito a los veinticinco.
Esto también implica reconocer que darles todo lo que podemos no siempre significa enseñarles todo lo que necesitan. Cuando tenemos la posibilidad económica de comprarles algo, hacerlo puede resultar muy satisfactorio, pero conforme crecen también podemos invitarlos a participar en algunas decisiones: ahorrar una parte para algo que desean, administrar un presupuesto para una salida o decidir entre varias alternativas con una cantidad determinada. No porque nosotros no podamos pagarlo, sino porque algún día ellos tendrán que hacerlo.
Hay otro concepto que vale la pena enseñar desde pequeños: de dónde viene el dinero. Para un niño puede parecer que pagar consiste simplemente en acercar una tarjeta o un teléfono a una terminal. Relacionar el dinero con trabajo, tiempo, conocimiento y esfuerzo ayuda a darle valor, pero también podemos enseñarles algo que generaciones anteriores no siempre aprendimos: que el dinero no sirve únicamente para comprar cosas. También puede utilizarse para estudiar, emprender, invertir, construir patrimonio, ayudar a otros y generar tranquilidad.
Quizá entonces valga la pena hacernos una pregunta: ¿qué quisiera que mis hijos supieran de dinero antes de salir de casa?
Me gustaría que entendieran que ganar más no necesariamente significa vivir mejor si gastamos todo lo que recibimos; que una tarjeta de crédito no es una extensión del sueldo; que ahorrar e invertir son cosas diferentes; que antes de poner dinero en cualquier lugar hay que entender qué estamos haciendo; que comenzar temprano puede hacer una enorme diferencia y, sobre todo, que administrar bien no significa dejar de disfrutar, sino aprender a decidir.
No necesitamos enseñarles todo de una vez. Estas conversaciones pueden crecer junto con ellos. A los seis años será aprender a esperar para comprar algo; a los diez, administrar una pequeña cantidad; durante la adolescencia podremos hablar de presupuesto, ahorro o tarjetas y, cuando comiencen a generar sus propios ingresos, de inversión, impuestos y retiro. La educación financiera también puede acompañar las diferentes etapas de su vida.
Como mamás y papás dedicamos buena parte de nuestros años a preparar a nuestros hijos para que algún día puedan caminar sin nosotros. Queremos que tengan educación, valores, herramientas y oportunidades suficientes para construir su propia vida. La independencia financiera también debería formar parte de esa preparación.
Quizá algún día podamos dejarles una propiedad, un ahorro, una inversión o algún patrimonio, pero mucho antes de recibir cualquiera de esas cosas ya habrán heredado algo de nosotros: nuestra manera de relacionarnos con el dinero.
Por eso proteger su futuro no consiste solamente en reunir recursos para ellos. También implica enseñarles a administrarlos, respetarlos, disfrutarlos y utilizarlos para construir la vida que quieran.
Porque llegará un momento en el que ya no podremos tomar las decisiones por ellos y, cuando llegue, una de las mejores herramientas que podremos haberles dejado no será simplemente dinero en sus manos, sino criterio para saber qué hacer con él.
Y tú, ¿Has pensado cómo te relacionas con el dinero?
Yani López
Asesora Profesional de Seguros
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