Navaja suiza en manos de cazador furtivo

Navaja suiza en manos de cazador furtivo
Carlos Miguel Ramos Linares
Ecosistema digital

Ecosistema digital escribe Carlos Miguel Ramos Linares

En 1992, un adolescente fotocopiaba fanzines de Star Trek en la biblioteca pública, clandestino, construyendo un archivo afectivo que ningún estudio había autorizado. Treinta y cuatro años después, otro adolescente escribe "Darth Vader baila reguetón con Spock en la playa de Copacabana" en Seedance 2.0 y, en treinta segundos, el vídeo existe. Los cazadores han cambiado las tijeras por prompts. Pero el conflicto sigue siendo el mismo: Disney vuelve a levantar el teléfono.

Henry Jenkins denominó "cazadores furtivos" (textual poachers) a esas comunidades que, en los márgenes de la industria cultural, tomaban los personajes y universos de sus programas favoritos para reescribirlos, resignificarlos y hacerlos circular en redes alternativas . Lo hacían con fanzines, con convenciones, con la energía del amor por un texto que sentían suyo aunque el copyright dijera lo contrario. Los fans nunca fueron meros consumidores pasivos: fueron productores activos, hábiles manipuladores de significados, pioneros de una cultura participatoria que las industrias culturales tardarían décadas en comprender.

Lo que Seedance 2.0 ha hecho es entregarles la herramienta más sofisticada jamás imaginada para esa caza. La nueva generación de vídeos de ByteDance no solo genera imágenes: entiende la física realista, sostiene narrativas multi-escena, produce fotorrealismo. Los usuarios ya no escriben fanfiction en un foro: generan peleas imposibles entre Brad Pitt y Tom Cruise, enfrentan a Anakin contra Rey, y esos vídeos compiten en calidad con los productos oficiales . La "física realista" que promociona Seedance permite un nivel de apropiación que Jenkins no podía ni vislumbrar cuando estudiaba los primeros fanzines Kirk/Spock.

Disney ha respondido como siempre: con el teléfono de los abogados. Acusa a ByteDance de tratar sus personajes como si fueran "imágenes de clipart de dominio público" . La metáfora es involuntariamente precisa: para los fans, para los cazadores furtivos, los universos narrativos siempre han funcionado como bienes comunes. La diferencia es que ahora Disney ha firmado un acuerdo de 1.000 millones de dólares con OpenAI para que Sora pueda usar 200 personajes "autorizados" . Es decir: la caza furtiva es aceptable cuando se paga una licencia millonaria; cuando la hacen comunidades por amor al arte, es "piratería".

Esta paradoja revela la hipocresía de la industria. Los mismos estudios que criminalizan a los usuarios construyen su negocio sobre la creatividad popular que después reciclan. Los vídeos virales de Seedance no matan a Mickey Mouse: lo mantienen vivo en la imaginación colectiva. Son la misma pulsión creativa que llevó a alguien, hace medio siglo, a escribir el primer fanfiction de Kirk y Spock en un mimeógrafo .

En lugar de litigar, los estudios deberían aprender de sus fans. La cultura participativa no es enemiga de la industria; es su cantera de innovación narrativa, su termómetro de vitalidad cultural. Los cazadores furtivos no quieren destruir los personajes: quieren jugar con ellos, expandirlos, llevarlos a territorios que los estudios nunca explorarían. Seedance 2.0 no ha inventado la caza furtiva. Solo le ha regalado a los fans la navaja suiza definitiva.

El bosque, sin embargo, también tiene sus claroscuros. La propagación masiva de vídeos generados con Seedance 2.0 está alterando el ecosistema de la imaginación colectiva de una manera que ningún fanzine fotocopiado podría haber anticipado. Lo que antes era un territorio de narrativas diversas, con sus nichos locales y sus especies raras, empieza a homogeneizarse bajo el peso de lo inmediato.

Los usuarios exploran mucho, sí, pero sobre todo resemantizan lo ya conocido: toman los mismos personajes, las mismas franquicias, los mismos rostros famosos, y los recombinan hasta el agotamiento. La herramienta de caza se ha vuelto tan eficiente que la presa simbólica corre el riesgo de extinguirse por sobreexplotación. Y frente a esto, Disney no es un mero guardián del cercado: es un agente de depredación activa. Su estrategia de saturar el mercado con productos propagables —series, películas, merchandising— no solo coloniza el presente narrativo, sino que contamina el futuro: cuando cada claro del bosque hipermedial está ocupado por sus personajes, la biodiversidad de relatos se asfixia.

Los estudios han entendido que no basta con poseer los territorios; hay que ocupar todos los espacios posibles para que ningún otro imaginario pueda germinar. Y ahora, paradójicamente, persiguen a los fans que, con sus herramientas de caza furtiva, intentan hacer exactamente lo mismo que ellos: mantener vivos esos personajes. La diferencia es que los fans los mantienen vivos desde el amor; Disney, desde el control de la maleza.

Quizá la pregunta no sea solo quién tiene derecho a cazar, sino qué clase de bosque queremos habitar: uno donde todas las historias posibles sean variaciones de las mismas veinte especies intelectuales, o uno donde la imaginación todavía pueda encontrar brotes nuevos. Seedance 2.0 no inventó la caza furtiva, pero ha puesto en las manos de los cazadores la navaja suiza definitiva. El problema es que, en este ecosistema saturado de depredadores corporativos, hasta la herramienta más sofisticada puede terminar contribuyendo a la tala del bosque que pretendía explorar.

 

@cm_ramoslinares