Historia de unos días escribe Alejandro Páez Varela
"Una lección: no puedes soltar el control de algo que te afecta directamente. Por eso López Obrador intervino la interna de 2023-2024".
1. Las cicatrices
El verano de 2021 fue amargo para la izquierda de la capital mexicana. En el amanecer del lunes 7 de junio quedaba claro que el gran bastión se había partido en dos. Gráficamente se veía como el yollotl, el glifo del corazón azteca, dividido justo a la mitad: a la derecha las alcaldías de Morena y a la izquierda, las del PRIAN. Un descalabro mayúsculo… provocado desde adentro. Nadie buscaba los culpables porque estaban claros. Tampoco quién pagara, por el término malentendido conocido como “la unidad”. Sólo Andrés Manuel López Obrador se atrevió a confrontar a uno de los traidores. Se lo dijo en su cara: traidor. Ricardo Monreal no volvería a levantar desde entonces (y Pedro Haces es un chiste) mientras que la principal víctima de la traición, Claudia Sheinbaum, se convertiría en Presidenta.
La República va, ahora, a una cita electoral muy parecida. En 2027 serán las federales intermedias, seis años después de aquél golpe en la Ciudad de México. Algunos habrán aprendido su lección, pero sospecho que no todos porque la traición es una maña difícil de apartar. Es importante entender qué significará la cicatriz de aquella batalla en la ahora Presidenta. Entenderlo desde su perspectiva. Ella ve el bordado fino pero va sobre un avión y observa los pliegues en las faldas de los cerros.
Antes de meterme a lo del PT y el Verde, o particularizar en la capital, o hablar del PRIAN o del nuevo partido de Claudio X. González o del cada vez más reducido Ricardo Salinas Pliego o de los enanos que lo acompañan, es necesaria una toma aérea. México y Estados Unidos, México y Brasil y Colombia, México y la iniciativa que llamaron en Washington “Escudo de las Américas” y que bien podría llamarse el “Club de un solo hombre y sus perritos de compañía”.
¿Hay riesgo de que la Casa Blanca quiera meter la mano en la intermedia del próximo año o en la presidencial de 2030? Yo diría: ya están bien metidos en eso. Sin embargo no siento, por más impulsos que tengan, por más bestias que sean, que el Presidente de Estados Unidos y sus asesores quieran destruir al país o desestabilizarlo. Conocen las consecuencias inmediatas que tendrían (menciono tres: en comercio, en migración y en narcotráfico) dentro de su propio país. En todo caso querrán garantías de que México tenga un gobierno con el cual entenderse. Y México debe darles esa garantía.
El Gobierno mexicano debe empujar a que Trump y a sus halcones se preocupen en los siguientes seis meses por las consecuencias de la terriblemente mal planeada guerra en Irán y por el desastre provocado en Oriente Medio. Que vean a México como una mero trámite: que salga bien la renegociación del TMEC, que salga bien el Mundial, y listo. Si se ganan esos seis meses, en septiembre Trump estará metido en sus elecciones intermedias. En noviembre votan allá. Que México no sea su preocupación este año, ni en el arranque de 2027, que es cuando seguramente iniciará el impeachment contra Trump, porque perderá la mayoría en el Congreso. Eso podría dar espacio, si todo corre por carriles normales, para que se desarrollen las elecciones de 2027 en México sin mucha turbulencia externa. “Con Trump nunca se sabe”, dirá alguien. Cierto. Por lo mismo se debe trabajar en darle certezas a Washington para que nos saque de su ecuación.
Y aunque tenga un ojo en la ventanilla del avión y otro en los focos de la cabina, la tranquilidad con la Casa Blanca permite a la Presidenta atender el tablero en casa. El verano de 2021 fue amargo para la izquierda; no puede permitir que ese gran bastión que hoy es México amanezca partido en dos el lunes 7 de junio de 2027.
2. El control
Una primera lección del pasado: no puedes soltar el control de algo que te afecta directamente. López Obrador intervino la interna de 2023-2024 por lo mismo. Estoy seguro de que la Presidenta tiene clara su tarea en los siguientes meses. Si la izquierda “pierde” algún territorio es porque nunca fue suyo. San Luis Potosí o Chihuahua no son suyos; lo mejor sería que Morena se instale en ambos estados, pero si no gana no tendrá tanto impacto como perder, por ejemplo, Zacatecas.
¿Los Monreal son capaces de permitir que Zacatecas brinque a la oposición antes que soltarlo? Por supuesto. Dos ejemplos recientes, entre muchos otros: la Alcaldía Cuauhtémoc y el golpe de 2021 en la capital. La traición es una maña difícil de renunciar. Claudia Sheinbaum debe estar muy atenta en Zacatecas como debe estar en la capital del país. Los candados que puso a la familia caciquil no son suficientes. Ella, a través de alguien muy cercano a ella, debe operar ese proceso interno.
No siento a Clara Brugada atenta a la intermedia. Si es así, cuidado. La Presidenta no va a soltar la capital y no puede caer en terreno nadie o, peor, en el de los malentendidos. En 2021 confió en que Morena operaría la CdMx y eso permitió el golpe. No puede repetirse. El diablo viste de guinda, muchas veces. Adrián Rubalcava, para quienes no lo conozcan, es sucio y apuñala por la espalda. Van dos veces que me dicen que está operando ¡para ser el candidato a Jefe de Gobierno en la capital! Imagínense. Sería el fin de la izquierda. Pero usa el Metro para promoverse día y noche adentro de los vagones. Y no tarda en salir colocado en las encuestas. Es alarmante. Su especialidad son las campañas negras, la difamación y el acoso judicial. Y agrego en esa ecuación a Alessandra Rojo de la Vega porque trae cerca a calderonistas y prianistas (en ese orden) pero hizo amarras con varios adentro de Morena. Así se tejen las traiciones. Cuidado.
Lo anterior es apenas un cultivo para el análisis. Un imperativo mayor para la Presidenta es traer anotada en la palma de su mano cada una de las candidaturas. Todas las candidaturas. Lo que falló en 2021 no se va a repetir a nivel nacional, faltaba más. Control. Control. ¿El papel de Luisa Alcalde? Operar en campo la visión de Claudia. Y Claudia debe multiplicar a las Luisas, si fuera preciso. Pero el control meticuloso (que puede ser una de sus virtudes) es necesario hoy más que nunca. Es la clave para navegar el periodo que viene.
3. El recambio
López Obrador gobernó el primer trienio con muchos que se encumbraron durante la segunda mitad del sexenio de Enrique Peña Nieto. Claudia Sheinbaum ha gobernado con muchos que se encumbraron al final del periodo del Presidente López Obrador. Algunos continuaron y continuarán y otros simplemente tomaron o deben tomar su camino, por decirlo de manera elegante. Es una regla no escrita aquí y casi donde sea.
Ese recambio es inevitable y garantiza la gobernabilidad. Por eso Lázaro Cárdenas exilió a Plutarco Elías Calles, que es un caso extremo del siglo XX pero no el último ni el único. AMLO mismo lo entendió. En cambio Carlos Salinas no lo entendió e hizo el ridículo, aunque aparezca en diez documentales donde Denise Merker parece reivindicarlo.
Quien tiene el poder está obligada/obligado a pensar en el tramo de cierre, pero también en el sexenio que viene. Gobernará pleno el último trienio y algunas inercias se mantendrán cuando no esté. Y es saludable que ahora la Presidenta tenga todas las facilidades para disponer del tablero.
Peones serán alfiles, alfiles serán peones o alfiles otra vez, y las torres harán de caballo pero ninguno cambiará de color, si es que se respeta a sí mismo. Ninguno que crea en un proyecto saltará a otro color. Sólo los advenedizos. Y advenedizos o advenedizas sobran, ya lo sabemos. La Presidenta debería dejarlos ir. Si se van, nunca se sintieron parte de algo. Su proyecto es ellos mismos. Mejor que se vayan.
4. El futuro
A principios de febrero, la Presidenta fue captada regañando a legisladores. La entiendo. Debe ser frustrante ir a una ciudad, a un pueblo, y encontrarse con compañeros de trabajo (deje de lado lo de “compañeros de lucha”) que abandonan sus puestos pero piden selfis con ella para su “Face”, como decía AMLO. Y es más frustrante todavía que muchos morenistas no entienden que antes que ellos, familias de izquierda fueron perseguidas, acosadas, maltratadas; y sus hombres y mujeres violados, encarcelados, torturados, asesinados. Si se sintieran mínimamente cercanos a Lucio Cabañas, a Rosario Ibarra, a Valentín Campa o a Rubén Jaramillo no harían el ridículo. “¡Presidenta, Presidenta!”, gritan, por una foto. No la frieguen.
Hay mucho de fondo en eso.
Cuando viajo a presentar libros me toca (nos toca, a Álvaro Delgado y a mí) advertir muchas cosas. Nos encontramos con 200, 300 personas o más en una sola presentación; es un muestrario interesante. Y lo primero que notamos es que la gente no se identifica con sus dirigentes locales. Claudia Sheinbaum viaja mucho, como AMLO, pero no es suficiente y no se quedan allí. Físicamente es imposible que la Presidenta abarque más territorio.
Lo segundo que es notorio es el hambre de una identidad: papás, mamás, hermanas, hijas e hijos que no tienen herramientas para defender su proyecto de vida y para enseñar a otros qué significa ser de izquierda. Hay, por supuesto, muchos que entienden bien el término, y es muy notorio porque son gente orgullosa. Pero hay muchos que no. Y es un pena que no sepan que su linaje se remonta a Zapata, a Villa, a Lázaro Cárdenas, a Genaro Vázquez Rojas, a Heberto Castillo, a Vicente Lombardo, a Elvia Carrillo Puerto o a la comandanta Ramona. Y es una pena porque es un linaje vivo, porque sus antepasados son vibrantes y sus ideales de justicia mantuvieron viva la esperanza para un pueblo con profunda desigualdad y abandono.
Luego tengo que preguntarme para qué quiere Morena tantos afiliados: ¿para elecciones? Luego entiendo por qué Morena acepta que Pedro Haces o Adrián Rubalcava acarreen gente y mantas al zócalo: ¿qué Morena no tiene a millones? Luego entiendo por qué se traen gente de otros partidos; gente que traiciona porque alguien que se siente de izquierda no puede renunciar: ¿a dónde se va? Quizás para políticos deshonestos es fácil chapulinear, pero para alguien que defiende su causa en el barrio es algo imposible: ¿a dónde se va?
Luego me pregunto por qué si la Presidenta sufre agresiones en las redes (como antes AMLO) y son los de siempre los que meten la mano y, claro, no pueden con tanto rabioso. ¿Y el ejército de morenistas? ¿Y las cuentas personales de tanto dirigente de izquierda que disfruta la alberca pero no se remanga para sacar la mugre cuando se le requiere? ¿La militancia no se mueve orgánica? Si es así, ¿por qué? ¿Ser militante es simplemente tener una credencial y nos vemos en elecciones? El compromiso, abajo, allí está, ¿y el compromiso de su partido? ¿Y el compromiso de sus líderes?
El amanecer del lunes 7 de junio de 2021 fue amargo para la izquierda porque hubo traición. Y esa traición la operó gente sin convicciones, en distintos estratos. En los meses que vienen, Claudia Sheinbaum tiene que meterse a la panza de la bestia. Su obligación es cuidar al movimiento que encabeza de los traidores. Porque si se gana, será por ella y si se pierde, también. Así se leerá. Y debe hacer lo que tanto han postergado ella y López Obrador: debe ayudar a desprender a aquellos sobre los que hay dudas; y si se van, que se vayan pero si se quedan, ver la manera de compensar su lealtad.
Al mismo tiempo, creo, la Presidenta debe urgir a que Morena se vuelva realmente un movimiento de movimientos, no una estructura burocrática al servicio de momentos electorales. La izquierda debe ganar la batalla cultural en los barrios y en los pueblos; en las familias mismas y hasta con sus diputados que no entienden sus prioridades. Creo que allí está la batalla más grande. Y si se gana, habrá izquierda para rato. Y si se pierde, lástima: la derecha se quedará en el poder otros dos siglos, como ya lo hizo.
@paezvarela