México y un narco menos

México y un narco menos
Jatzume Hernández de García
Jat escribe

Jat escribe por Jatzume Hernández

La muerte de un líder, no significa menos violencia

Ante los recientes hechos de violencia relacionados con versiones sobre la captura de líderes del narcotráfico, México vive una reestructuración que vale la pena analizar.

Comencemos con entender que la captura de un líder no significa menos violencia para el país. Aunque para muchas personas es una luz de esperanza, imaginando que con ello termina toda una organización delictiva, la realidad es que para erradicarlas tendrían que desaparecer todos sus integrantes para acabar de raíz con el problema.

La prueba contundente es que el domingo pasado se sentía un ambiente ríspido en el aire: miedo, una preocupación latente, derivado de actos delictivos en carreteras, tiendas de conveniencia y muchos otros lugares como respuesta ante estas versiones. El mundo se colapsó por unas horas.

Aquí se pudo ver, aunque fuera parcialmente, la dimensión de estas organizaciones: la capacidad que tienen para trabajar en conjunto, la cantidad de personas que las integran y los puntos donde operan, evidenciando las limitaciones estructurales que enfrentan las autoridades ante organizaciones de esta magnitud. Y aclaro, no es una cuestión de capacidad individual, sino de proporciones y alcance.

Sin embargo, considero que lo más lamentable de este hecho es que palabras como “levantón”, “plazas” o “encargo” se han normalizado, se han convertido en lenguaje cotidiano; y convertir la violencia en cotidianidad es, por sí mismo, algo profundamente grave.

Nos hemos ido acostumbrando a poner horarios, a tener pláticas con familiares “por si alguna vez me pasa”, dejar estipulado qué hacer en “caso de que”, e incluso llevar armas, aunque no estemos seguros de cómo usarlas. Dejar de salir a ciertas horas o, mejor aún, dejar de ir a ciertos lugares por inseguros.

Ahí es donde me pregunto: ¿en qué momento empezamos a convivir con el miedo como si fuera parte del clima?

Y es que en un país donde consumimos narcocorridos, donde romantizamos historias de narcotraficantes como si fueran telenovelas, donde incluso se celebra que líderes delincuenciales escapen de prisión en repetidas ocasiones, adjudicándoles adjetivos como “chingón”, era previsible que con el tiempo se construyera una figura aspiracional.

Soñar con poder y dinero sin dimensionar las vidas que se arrebatan, el dolor que se deja en cada hogar y la inestabilidad que permanece en el país, se ha convertido en un ideal aspiracional para muchos jóvenes que crecen sin oportunidades claras. Y más allá de una crítica, vale la pena preguntarnos por qué sucede.

Con datos del INEGI, en México existen 38.5 millones de personas en situación de pobreza; personas con jornadas inhumanas por un sueldo insuficiente, pero con acceso constante a contenidos que presentan a “los jefes” como figuras exitosas, poderosas, casi invencibles, donde la vida parece fácil y la muerte, aunque trágica, termina romantizada.

Lamentablemente, este tipo de narrativas impacta especialmente a jóvenes que son reclutados con facilidad por organizaciones que prometen riquezas rápidas a cambio de una vida probablemente corta.

Lo cual no es más que la manifestación de una ansiedad social profunda, alimentada por contextos donde hay desapariciones forzadas, familias desplazadas y comunidades que viven bajo presión constante, obligadas a “colaborar” si quieren seguir habitando su propio territorio.

Entonces, para todos aquellos a quienes llegan estas palabras: ¿qué se consume? ¿qué se aplaude? ¿qué se normaliza? ¿a qué aspiramos? Porque este no es un tema donde solo las autoridades, sin importar el color de su bandera, sean responsables; es un fenómeno donde la sociedad, en distintos niveles, también participa al sostener dinámicas que perpetúan la violencia, el narcotráfico y la corrupción. 

No cabe duda de que la captura de un líder del narcotráfico puede convertirse en noticia mundial, pero el cambio profundo comienza desde lo cotidiano: en las decisiones que tomamos al dar o aceptar “mordidas”, en la música que escuchamos, en lo que consumimos y en lo que compartimos.

@Jatzume1