Fondo y Forma escribe Yani López
La estructura detrás de tu tranquilidad financiera.
Nadie se despierta por la mañana pensando que ese día tendrá un accidente, que recibirá un diagnóstico complicado, que dejará de trabajar durante varios meses o que aparecerá un problema capaz de alterar por completo las finanzas de su familia.
Y qué bueno. Sería agotador vivir pensando permanentemente en todo lo que podría salir mal.
Normalmente despertamos pensando en cosas mucho más inmediatas: llevar a los niños a la escuela, llegar a tiempo al trabajo, terminar un pendiente, organizar la comida, pagar la tarjeta, la colegiatura, la renta o la hipoteca, el coche, la luz, el teléfono, el súper...
La vida cotidiana ya tiene suficientes cuentas.
Por eso, después de pagar diez cosas durante el mes, difícilmente alguien piensa:
“Ahora quiero destinar parte de mi dinero a algo que me proteja de un problema que quizá nunca suceda.”
Preferimos utilizarlo para algo que podamos ver, disfrutar o aprovechar hoy, además de que muchas veces ni siquiera terminamos de integrar a nuestro presupuesto gran parte de los gastos que tenemos, y es perfectamente comprensible.
El problema comienza cuando confundimos “no estoy pensando en ese riesgo” con “ese riesgo no existe”, ahí hay una diferencia enorme.
Todos tomamos decisiones financieras pensando, de alguna manera, en el futuro. Ahorramos para unas vacaciones, pagamos una casa durante años, invertimos para generar patrimonio, destinamos dinero a la educación de nuestros hijos o intentamos construir recursos para nuestra vejez. Somos capaces de planear cosas que queremos que sucedan dentro de cinco, diez o veinte años.
Sin embargo, nos cuesta mucho más prepararnos para aquello que no queremos que suceda nunca.
Y quizá ahí está una de las partes menos mencionadas de la educación financiera.
Nos han enseñado que tener buenas finanzas significa gastar menos de lo que ganamos, evitar deudas innecesarias, ahorrar e invertir, pero considero que ahí falta una pieza: aprender a reconocer y administrar nuestros riesgos.
Porque nuestra situación financiera no depende solamente de cuánto ganamos o cuánto hemos acumulado. También depende de qué tan vulnerable sería ese patrimonio frente a un acontecimiento inesperado.
Imaginemos a una familia que durante años ha conseguido ahorrar e invertir. Tiene planes, objetivos y quizá incluso una buena disciplina financiera.
¿Qué sucedería si mañana aparece un gasto extraordinario equivalente a varios meses o años de ahorro? Probablemente podrían pagarlo, pero tal vez tendrían que utilizar el dinero destinado a la universidad de sus hijos, vender una inversión antes de lo planeado, endeudarse, disponer de recursos destinados al retiro o modificar algún proyecto familiar, es por eso que el problema no siempre es no tener dinero.
A veces el problema es tener que utilizar para una emergencia el dinero que estaba destinado a construir nuestro futuro.
Por eso me parece que existe una pregunta que todos deberíamos hacernos alguna vez:
Si mañana ocurre algo importante que no estaba dentro de mis planes, ¿de dónde saldría el dinero?
No es una pregunta pesimista, es una pregunta financiera y tal vez la respuesta sea: de mis ahorros, quizá de mi fondo de emergencia, de mis inversiones, de vender algún activo, de pedir un préstamo, del apoyo de mi familia o, quizá nunca lo hemos pensado.
Y precisamente de eso se trata la prevención financiera: de tomar ciertas decisiones antes de que una situación nos obligue a tomarlas.
No significa intentar protegernos absolutamente de todo. Eso sería imposible.
Hay pequeños imprevistos que podemos absorber perfectamente con nuestros ingresos. Otros pueden resolverse mediante un buen fondo de emergencia. Y existen situaciones cuyo impacto económico podría ser suficientemente grande como para justificar algún mecanismo de protección.
La clave está en distinguirlos y para eso podemos preguntarnos:
¿Qué riesgos puedo asumir tranquilamente con mis propios recursos?
¿Cuáles afectarían seriamente mis planes?
¿Y cuáles podrían poner en riesgo años de trabajo y patrimonio?
Responder esas preguntas también es educación financiera. Porque administrar bien nuestro dinero no consiste solamente en decidir dónde gastarlo o cómo hacerlo crecer.
También consiste en decidir qué queremos evitar que lo destruya, y esa conversación casi nunca parece urgente cuando todo marcha bien.
Cuando tenemos salud, trabajo, ingresos y estabilidad, protegernos puede parecernos un gasto que podemos dejar para después.
Cuando aparece el problema, probablemente entenderemos perfectamente su importancia, pero algunas decisiones ya no podrán tomarse en las mismas condiciones, por eso la prevención requiere conciencia, no miedo, no vivir imaginando tragedias.
Simplemente reconocer que la vida tiene una parte que podemos planear y otra que no podemos controlar.
Nuestra responsabilidad financiera está en prepararnos razonablemente para ambas, porque nadie se despierta pensando que hoy algo va a salir mal.
Pero tampoco deberíamos esperar a que algo salga mal para empezar a pensar qué habríamos podido hacer antes.
Yani López
Asesora Profesional de Seguros
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