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Lunes, 13 Abril 2026 20:04

Virginidad

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Machomenos escribe Israel León O’Farrill 

Palabras clave: machismo, incel, virginidad, valor, retroceso.

Hace poco escuché en Instagram que una activista se quejaba del concepto de “virginidad” argumentando que no sólo es obsoleto, sino terriblemente absurdo en los tiempos que corren. De inmediato me pregunté si la virginidad tendría todavía el mismo valor “utilitario” de otras épocas, es decir, que una mujer que no hubiera “probado varón”, como se decía en mi pueblo, tuviera infinitamente más valor que otra que ya hubiera tenido una experiencia sexual (vaginal, que conste). Bueno, como dice la socióloga Miriam Lastra, entrevistada por El País, estamos “ante un movimiento reaccionario que podemos ver sobre todo en redes sociales. Entre mujeres aparecen términos como el de tradwifes y entre los hombres conceptos como el bodycount o el de wife material, que buscan ese rol de la mujer más tradicional. Y con ellos, se está tomando la virginidad como un valor a apreciar hacia las mujeres sobre todo”. Si a eso le sumamos el incremento de feligreses en iglesias de todo tipo, quizá el “valor” de semejante antigualla adquiera nuevos bríos y próximamente veremos en redes chicas que lo presuman. Ya en la machósfera hay contenidos en este sentido, como apunta Lastra.

Julia Feldman-DeCoudreaux, por su parte, entrevistada para un reportaje de la BBC, afirma que tenemos “que dejar atrás la virginidad como un concepto problemático. El problema es la noción de que nuestra sexualidad comienza, que hay un momento en el que de repente se vuelve real. Eso es invalidante: ¿qué pasa con el resto de nuestras vidas? ¿Y el resto del placer que experimentamos? ¿Qué hay de las otras experiencias reveladoras que hemos tenido? ¿Esas no cuentan?” En efecto, supongo que ahí radica el problema, en esta obsesión narrativa occidental, convertida en universal, de que todo tiene que iniciar en algún momento y en algún lugar. Es lo que los antropólogos han llamado un “rito de paso”, muy prácticado en numerosas culturas. Esto es que existe un estadio anterior a cierto acontecimiento, esencialmente de importancia colectiva, y, otro, resultado de tal acontecimiento. El ejemplo clásico es el del matrimonio. ¿Pero, siempre ha estado relacionado con este ritual, en todas las culturas de la historia de la humanidad, la virginidad de la mujer? ¿No será esa una perversión del pensamiento judeo-cristiano (también el musulmán, derivado de este) impuesto a la humanidad vía las múltiples conquistas desarrolladas por Europa y aderezado por el cine de Hollywood? Además, tal concepto viene necesariamente aparejado con la práctica de la penetración y no contempla muchas otras experiencias relacionadas con la sexualidad, incluso la más temprana, y que tiene que ver con nuestra autosatisfacción. Está más que comprobado que el himen no necesariamente se rompe en la primera penetración, que no siempre sangra, que en muchos casos es flexible, o se rompió con antelación debido a múltiples circunstancias. Por si fuera poco, la “virginidad”, como valor, no sólo se aplica a las mujeres, también se convierte en un estigma o marca de virilidad para los varones. 

En este sentido, una de las expresiones más peligrosas de la machósfera de los últimos tiempos es el movimiento denominado incel, del que ya me he ocupado en otra entrega, y del que vimos en Michoacán su expresión más salvaje con el asesinato de dos maestras a manos de un adolescente autodenominado incel. En un artículo publicado en Letras Libres, Naief Yehya nos dice que los “incels tienen nostalgia por un tiempo que no vivieron, en que las mujeres no tenían poder sobre su propio cuerpo. En realidad, no buscan tener sexo ni mucho menos la justa distribución del mismo, sino dominar a las mujeres y convertirse en héroes de sus fantasías pueriles de represalias. Este es un movimiento de nihilistas solitarios, de víctimas del bullying y de pacientes con problemas mentales severos que enfatiza la miseria existencial al insistir en que el origen de sus deficiencias es genético y físico”. Desafortunadamente, la falta de sexo o la virginidad misma, entendida en términos machos -con penetración vaginal que garantice la “posesión”-, es la constante en los discursos de estos sujetos célibes involuntarios. Al no poder relacionarse sexualmente con las mujeres, no pueden comprobar su hombría y se consideran hombres incompletos. Y claro, las mujeres y, en especial las feministas, son las culpables de tal virginidad o celibato. Como se ve, el valor de mujeres y hombres está en buena medida focalizado en su sexualidad y la manera en que la ejercen -o no-. Para muchas y muchos, todavía es criticable y sospechoso, el que una mujer tenga o haya tenido numerosas parejas sexuales y, por el contrario, es deseable que haya llegado virgen al matrimonio. De hecho, leí un comentario de una mujer en un grupo de género, que decía que las mujeres debían tener noviazgos sin sexo incluido pues “la sexualidad era la causante de muchos problemas y malentendidos que, eventualmente, llevaba a la separación de la pareja”. ¡Vaya! Francamente leer eso me hace preguntarme qué año es este, ¿2026 o 1926? Lo cierto es que, a estas alturas, la virginidad, como umbral con fuerte carga axiológica, es un auténtico sinsentido. Volver a la discusión de algo tan arcaico implica un retroceso lamentable.  

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Israel León O'Farril

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