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Domingo, 11 Febrero 2018 21:26

La culpa no es de Ochoa Reza, sino de quien lo hace compadre

  • twitter: @Olmosarcos

La plaza celebra las sandeces de un hombre ligado a un ominoso grupo de poder

Caracterizado por un discurso estridente con la oposición, el dirigente nacional del Partido Revolucionario Institucional, ha estado en la lupa de este colaborador por su cercanía a un grupo de poder que enarbola lo peor de nuestra clase política.

(Léase http://www.parabolica.mx/2017/columnas/mi-villano-favorito/item/113)

A Ochoa Reza le tocó convivir con tres, cuatro, seis u ocho gobernadores, cuyo legado es la violencia, la corrupción y la vergüenza. El dirigente ha salido al quite de las fotografías con tal grupo deleznable de políticos diciendo que 'una imagen no evidencia complicidad', pero en las imágenes tampoco lo vemos con su constante arrojo y contrapunto, siendo el patriota que encabeza la cruzada contra esta calaña de sátrapas. En cambio, Don Enrique se ve suelto, alegre, feliz y cómplice en cada imagen con sus 'amigos' ex gobernadores. 

(Léase http://www.parabolica.mx/2017/columnas/mi-villano-favorito/item/164)

Inició el silencio. 

Ochoa Reza se puso en el foco de la opinión pública nacional, cuando llegó a dirigir la CFE, en una transición por la Reforma Energética con ápices de desmantelamiento, con pinturas de saqueo. De esa misma institución recibió una millonaria liquidación la cual devolvió seis meses después cuando la propia sociedad lo exhibió como es, un dirigente de mucha forma y poco fondo. La plaza callada. 

Ochoa Reza también se volvió el centro de atención cuando se evidenciaron tranzas en contratos con IUSA para la compra de miles de medidores, de esos que dan dolores de cabeza a los usuarios de la Comisión. También fue señalado por el uso de una aeronave y automóviles de Iberdrola, empresa que beneficiaría la CFE con contratos con él al frente. Enrique también fue mencionado por darse una vida de lujos al frente de la Empresa Productiva del Estado que representa. Ochoa también fue exhibido caminando de la mano de Carlos Romero Deschamps, en millonaria fiesta de las que un mortal jamás soñaría. La plaza se hizo la que no vio. 

(Léase http://www.parabolica.mx/2017/columnas/mi-villano-favorito/item/2826)

Ochoa Reza, volvió a colocarse en el foco cuando fue exhibido como taxista, no por ganarse la vida en la ruleteada, sino por acaparar varias decenas de placas de taxi en Puebla, quitando oportunidad a otros, sin su suerte, para labrar un patrimonio. Hubo nuevamente mutis. 

Ochoa Reza volvió a poner el ojo de la opinión pública, cuando mandó al diablo a 15 millones de mexicanos por una sencilla razón, no piensan políticamente como él. ‘¡Qué se vayan a Venezuela!’, grita a los cuatro vientos sobre quienes piensan votar una opción política distinta a la suya ante la risa burlesca de su corte priista. Fue escabrosa la complicidad del respetable. 

(Léase http://www.parabolica.mx/2017/columnas/mi-villano-favorito/item/7992)

Este fin de semana, Enrique Ochoa volvió al lenguaje estridente y cruzó la línea, se encueró frente a millones, luego de soltar el golpe volvió a esconder la mano. Al intentar hacer una de esas bromas argumentales que tratan de conseguir el aplauso fácil de la plaza Quique se quedó preso de sus palabras. 'A esos prietos desde aquí les decimos: les vamos a demostrar, son prietos pero ya no aprietan’, en referencia nuevamente a quienes no piensan como él. El hombre que lidera la estrategia de evitar que llegue Venezuela a nuestro suelo, el que asegura que en todos los partidos menos en el suyo existe enriquecimiento inexplicable, se desnudó. La plaza lo aclamó, le pidieron más. 

Pero la culpa no es de Enrique Ochoa, sino de quien ‘lo hizo compadre’ a sabiendas de lo que debía representar en la teatralidad priista, un papel ominoso. La culpa también es del que lo aplaude y le solapa cada baladronada, cada gesto de bravuconearía mal lograda, cada segregación de quién no piensa como él.

Ochoa repudia a quien tiene los pies puestos en el suelo y no habita la tierra de las maravillas llamada PEÑALANDIA.

Mientras tanto, a cientos de mexicanos apena lo que representa el Señor Ochoa. No es tanto el estigma de lo que dirige, sino el cansancio de la complicidad institucionalizada. Habría que decirle a Enrique, que es vergonzoso tener en la clase política a personajes intolerantes disfrazados de demócratas como él, con un elevado nivel de cinismo de ese que ofende, de ese que es solapador, cinismo cómplice del que irrita, pero que también nos avergüenza.

Pero también hay que reclamar que sus insinuaciones xenófobas encuentren eco en la plaza pública, que incite a mexicanos a que lo secunde, a que salgan los racistas de clóset, que se normalice este comportamiento. 

Enrique Ochoa Reza, hombre de todas las confianzas del presidente Peña Nieto, es el que encabeza esa cruzada pírrica anticorrupta contra un mal que vive dentro de su partido, contra una posible intervención extranjera. Ochoa y sus aplaudidores, saben que hay algo que huele, hiede a podrido en esa campaña sin coherencia alguna. Ochoa sabe que sus expresiones nada abonan al clima electoral, lo enrarecen, sabe que sus gritos solo atinan a dividir y también sabe que segregando es quizás la única forma en que su partido pueda luchar contra el rechazo de millones y la barbarie del sexenio.